Hemos llegado a ese punto de la legislatura actual (o mandato local) en el que ya solo toca aguardar con reposo y dejar que los resultados electorales, mediante la voluntad ciudadana libremente expresada en las urnas, ordenen la situación política para los próximos años. Que la suma de PP y Vox en las elecciones generales alcancen la mayoría absoluta o se quede a las puertas generando la oportuna frustración entre ellos, determinará el sendero. Otro tanto le ocurrirá al PSOE: cuanto más nacionalismos periféricos deba sumar (junto a la plataforma de Yolanda Díaz) para reeditar la estancia de Pedro Sánchez en La Moncloa, mayor será la factura territorial en modo de descentralización que tendrá que costear. Eso sí, en el primer caso, el de PP y Vox, si triunfan, la problemática catalana se recrudecerá y, entonces sí, con el rebumbio de separatismo y aplicación de otro 155 desde Madrid, el PSOE tendría una situación muy incómoda.
Si tuviera que hacer una quiniela, sostendría que los comicios generales serán antes de los autonómicos y locales de mayo de 2023. Dos son las razones que me llevan a ello. Primera, si el PSOE obtuviese un mal resultado entonces, en mayo de 2023, Sánchez sabría que su suerte quedaría sentenciada, como José Luis Rodríguez Zapatero en 2011, tras la cita local de mayo de aquel año. Sánchez, por ende, se quedaría sin margen de maniobra. Segunda, y quizá la clave más aguda, convocando antes de mayo de 2023 el jefe de filas socialista se asegura que toda la organización territorial se empleará a fondo para que saque el mayor número de escaños posibles. De ser así, lo que acontezca en Madrid será el desenlace de los barones territoriales. Por tanto, la cronología, a mi juicio, sería similar a la de 2019. Primero, elecciones generales, después, locales y autonómicas. Hacerlas coincidir en un ‘superdomingo’ electoral no es aconsejable.
Hay quien considera que a La Moncloa le interesa agotar la legislatura por aquello de hacerla casar con la presidencia rotaria de la Unión Europea que le correspondería a España en el segundo semestre de 2023. Lo que realzaría la candidatura presidencial de Sánchez. A estas alturas, a la ciudadanía esto le es indiferente. En la época de Felipe González, François Mitterrand y Helmut Kohl, estas cosas tenían su empaque. Hoy por hoy, digitalización y redes sociales mediante, el argumento de autoridad (la impresión irradiada por el mandamás desde un púlpito) apenas existe, apenas crea efectos.
Por último, se nota ya las inquietudes de las listas. Pero previamente los partidos deberían ir pensando en cómo contagiar ilusión en una sociedad que está hastiada del estado de revista de la cosa pública. Son años de crisis. Y el confinamiento domiciliario supuso un antes y un después. Los aparatos irrumpen con actos antes de tiempo, hasta el punto de que en un mismo fin de semana han coincidido varios de diferentes siglas, casi como si estuviéramos incluso en la campaña propiamente dicha. Despertar interés en el votante tras meses y meses de pandemia, mascarilla y distanciamiento social, no será nada fácil. Este será el principal reto de las siglas. Aunque algunos políticos, por desgracia, estén ofuscados solo en cuestiones más particulares, en su propio porvenir.




























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