Otro Primero de Mayo. Jornada de luces festivas de antaño que, al calor de la Transición, sacaban a relucir los sindicatos de clase su musculatura social en la calle. Un rugido colectivo que asustaba a los gobiernos, teniendo su máxima expresión en la huelga general del 14D montada contra Felipe González en 1988, hasta TVE se apagó.
Un éxito sindical que arrinconó al ‘felipismo’ que ya por entonces se codeaba con la 'beautiful people', dejando atrás el compromiso saharaui prometido en Tinduf (Argelia), la plurinacionalidad del Estado y la chaqueta de pana, ajada y postergada junto a la memoria republicana. La anestesia de las clases medias. Sin embargo, hoy, sobrevienen exóticas paradojas. Los sindicatos han perdido fuste, amén de las campañas en su contra orquestadas por el neoliberalismo y la prensa cortesana, y, por el contrario, son más necesarios que nunca.
Porque este domingo no saldrán a manifestarse los trabajadores de cuello blanco y de mono azul que, mal que bien, prosperaban con el tiempo, aunque no tanto como los ricos, gestando un relato de prosperidad que pensábamos inagotable hasta la Gran Recesión de 2008, sino el precariado conformado por unas nuevas generaciones que no atisban unos mínimos de certidumbre vital en el horizonte. En el presente, para muchos pensar a cinco años o menos ya es largo plazo.
En un tablero donde toca reivindicar subir los salarios, negar un pacto de rentas que esconde sacrificios para los que no tienen de todo y reclamar la creación de empresas públicas que frenen la especulación de las energéticas, todo esto no se hace con pancartas guiadas por las sonrisas de la ingenuidad. Las centrales sindicales deben prepararse ya no solo ante una desigualdad galopante y el paro estructural sino a la reivindicación permanente; se acabó el estar décadas atrincherados, perdiendo alegato político y guerra cultural desde Mayo del 68.
Hace tan solo unos meses mal contados el debate era si la reforma laboral de Yolanda Díaz, que derogaba parcialmente la del PP de Mariano Rajoy, era lo suficientemente ambiciosa. Pendía la duda pertinente de si, ostentando la mayoría parlamentaria precisa, no era la ocasión idónea (para disgusto de Nadia Calviño) para ir más allá, para recuperar todo lo perdido al compás de la austeridad.
Con todo, con el auge de Vox que sobrevuela como una amenaza creciente para las clases trabajadoras, puede que antes o después esta referida discusión a son de la gallega, se antoje un diletante capricho frente al desmantelamiento sin miramientos de un potencial Gobierno de coalición en Madrid protagonizado por las derechas mesetarias. Algunos, entonces, clamarán por rebuscadas fórmulas dinásticas y sistémicas en las que el PSOE y el PP (en función del orden, del más votado entre ambos) se entiendan de algún modo para congelarse mutuamente en el tiempo y, por ende, petrificar las mejoras, impedir el clamor de los votantes con menos posibles en las Cortes Generales. Las barricadas dialécticas regresan e invocan a una pugna ungida por un neofascismo afanado por ilegalizar partidos y sindicatos para que la apariencia de la degradada democracia borbónica perpetre las injusticias de las clases populares. Ojalá no asome una falsa moderación centrípeta que, en realidad, solo pretenda aplacar a la izquierda social.




























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