La alcaldesa teldense ha solicitado una reunión a la Delegación del Gobierno a son de los últimos acontecimientos en el valle de Jinámar. El nivel de seguridad del municipio, en términos técnicos, es algo que solo podrá saber Carmen Hernández y su círculo gubernamental más cercano, los mandos policiales ubicados en la comisaría de la Policía Nacional a la entrada de Telde y lo que puedan informarle a Anselmo Pestana en la plaza de la Feria. Otra cosa es la inquietud ciudadana, que la hay, y mucha, a raíz del tiroteo, el asesinato dentro de una familia y las maniobras propias de clanes y mafia que ocupan angustiosos titulares.
En Canarias hay un rechazo implícito a hablar abiertamente de clases sociales. Por supuesto, no es casualidad. A los medios de comunicación isleños les cuesta, por acción o por mera inercia, afrontar semejante asunto: las clases sociales existen, vaya que sí existen, y la desigualdad en el archipiélago es elevada. Entre el valle de Jinámar, de escasos posibles por lo general, y la zona residencial de Bandama y alrededores, con una elevada renta per cápita, apenas hay unos kilómetros. Se puede ir andando. Y en coche son solo unos minutos. Dos realidades sociales antagónicas tan cerca y tan lejos la una de la otra, dos caras de la misma moneda.
Desde diversos puntos de Telde se puede visualizar enseguida el pico de Bandama, omnipresente, punto estratégico para atisbar lo que se acerca a la isla por la mar. La respuesta pronta sería establecer dependencias oficiales de la Policía Nacional en Jinámar, que la comisaría cerca de la rotonda de Daora se ve (hipotéticamente) desbordada y llega tarde a patrullar cuando es reclamada por los vecinos. Y podría ser parte del arreglo. Pero este tiene que ir más allá. Debe ser de naturaleza integral. Primero, porque si no le endosarán a los responsables públicos que solo piensan en magnitudes de seguridad. Segundo, porque de nada vale el paliativo policial si no va acompañado de servicios sociales, educación, espacios comunales donde compartir…
Me temo que apenas pasen unas semanas y el tiroteo y demás secuelas que atenazó al valle de Jinámar formen parte del olvido, la historia se diluirá. Claro está, el drama humano y familiar ya quedó para siempre. Y será así hasta que dentro de unos meses o unos años se vuelva a las andadas. Invertir para evitar que núcleos poblaciones se conviertan en guetos (aunque fuesen camuflados) no otorga votos. Ojalá en Canarias no tardemos en encarar la realidad social, tan desigual. Los programa de humor, emitidos incluso en la Televisión Canaria, que estigmatiza a los isleños del extrarradio de las dos capitales para servirse de ellos en aras de rebuscar unas risas fáciles no deja de ser una forma de blanquear una problemática enquistada pendiente de resolver. Los orilla, aunque no sea su intención. Mientras tanto, al calor de reproches institucionales y buenas intenciones, el pico de Bandama seguirá ahí como testigo fronterizo de dos mundos socioeconómicos opuestos. A saber si en la campaña electoral de 2023 la seguridad pública será o no un tema de discusión entre los partidos. Para entonces puede que estos se hayan olvidado. O solo lo instrumentalicen para recabar los votos que se tercie, hasta el siguiente tiroteo, hasta el próximo crimen.


























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