Sin ERC no hay legislatura. Se acaba, finaliza, no da más de sí. Pere Aragonès, por ahora, mide las palabras y espera gestos contundentes por parte de La Moncloa para aclarar el espionaje masivo e ininterrumpido durante años al sector independentista catalán (y vasco).
Un espionaje a los teléfonos móviles que ha sucedido, presuntamente, tanto en el tiempo de Mariano Rajoy como en el de Pedro Sánchez. Un Centro Nacional de Inteligencia (CNI), sufragado con nuestros impuestos, que ya no solo estuvo al servicio de los amoríos de Juan Carlos I sino también para vulnerar derechos fundamentales. La privacidad rota sin autorización judicial. Es un escándalo mayúsculo que pone en jaque a la democracia.
Ahora bien, ¿realmente qué hará Sánchez? ¿Piensa Aragonès, en serio, que Margarita Robles o Fernando Grande-Marlaska van a ser cesados? El espionaje que apunta que fue decretado por alguien en el poder central y perpetrado por el CNI concierne a las cloacas profundas donde asola más podredumbre de la que la opinión pública podía rumiar. Y el presidente del Gobierno, a duras penas, removerá a sus ministros por un asunto lindado a Catalunya. Evidentemente, ERC no puede seguir en una mesa de diálogo sobre el conflicto catalán cuando se rompe la buena fe entre los interlocutores. Por no mentar las numerosas largas que La Moncloa propina a Aragonès y que el espacio político que encarna Carles Puigdemont trata de recordarle semana tras semana.
Al final, decantará la balanza el factor electoral. Ni ERC ni el PSOE querrán que Vox entre en el Ejecutivo del Estado. Y ese es el mejor señuelo, sostiene Sánchez, para que ERC se aburra a cuenta del espionaje o Unidas Podemos haga lo propio a son del volantazo en el Sáhara Occidental. Nadie rompe, por tanto, masculla Sánchez, hago y deshago. Presidencialismo en una huida hacia delante. Escapismo rentable.
Eso sí, a medio plazo blandir el miedo a Vox dejará de ser útil. El PSOE, en vez de instrumentalizarlo para frenar presiones y denuncias de sus socios del Gobierno o parlamentarios, tiene que interiorizar que la ultraderecha crece, ha sido blanqueada mediáticamente (numerosos medios están a lo que están: salvar el pellejo) y disfruta de un PP cautivo y atrapado por una extrema derecha presente institucionalmente en Castilla y León y, probablemente, próximamente en Andalucía. En última instancia, aquellos que propiciaron la compra del programa espía Pegasus desde el poder son los mismos que intentan preservar, al precio que sea, la democracia borbónica y el bipartidismo dinástico y sistémico resquebrajado desde los comicios europeos de 2014 y las elecciones generales de diciembre de 2015. Si Sánchez esclarece, de verdad, lo que empezó con Rajoy y continuó con él, estará inquietando a unos resortes muy oscuros que le harán la guerra (aún más) al jefe del Ejecutivo. Aspiran a un PSOE dócil, manso, monárquico. Sin embargo, este mismo PSOE se las verá y deseará para retornar al poder cuando antes o después lo pierda: ¿con qué aliados pretenderá ser investido y gobernar? ¿Con los mismos que ahora son relegados? Vox es una amenaza democrática que requiere ser rebatida, pero no en un horizonte lejano sino ya, ahora. Y eso es lo que el PSOE no quiere o puede asumir de una vez. Y entenderse con el PP, como chaleco salvavidas, desataría la implosión electoral del centroizquierda.

























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