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Domingo, 01 de Marzo de 2026

Actualizada Domingo, 01 de Marzo de 2026 a las 13:37:02 horas

Rafael Álvarez Gil Rafael Álvarez Gil

El ‘gurú’ y el partido

TA ofrece la columna diaria de Rafael Álvarez Gil

direojed Sábado, 29 de Enero de 2022 Tiempo de lectura:

Que los partidos políticos contraten o tengan a mano a un ‘gurú’, no deja de ser un síntoma más de la descapitalización de cuadros de las organizaciones. Pedro Arriola lo fue antes de que se pusiera de moda Iván Redondo. Eso sí, el primero a diferencia del segundo trabajaba solo para el PP mientras Redondo lo hacía con cualquiera, algo que chirriaba en el aparato. Por eso Pedro Sánchez tuvo que obligarle a aceptar una cartera ministerial o irse de La Moncloa. Cada uno tiene sus razones, también profesionales, pero Redondo no quería implicarse más allá porque el cliente hoy es uno y mañana puede ser otro. No hay compromiso político, de partido. Y esto no es Estados Unidos. Mala señal.

 

Fue tan de confianza Arriola para el PP que José María Aznar le eligió como interlocutor con ETA en las negociaciones en Suiza, tras el presidente del Gobierno referirse a ETA en 1998 como el “movimiento vasco de liberación”. Trabajó para Aznar y para Mariano Rajoy, era de la casa. Redondo no lo era para Ferraz. Arriola se fue del cuartel general de Génova en 2018 junto a Rajoy. Redondo se salió del equipo de Sánchez mientras este sigue lidiando en primera línea de la trinchera.

 

Cuando uno piensa en la dirección política enseguida viene a la mente la serie de televisión ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ (1999-2006). Una obra ambientada en la nobleza de la gestión pública, de modo aristotélico, sin caer en las contradicciones maquiavélicas. El PP que le tocó asesorar a Arriola destronó en dos ocasiones al PSOE (1996 y 2011), pero fue un ciclo largo en el que el transcurso del calendario ha ido desgranando la multitud de casos de corrupción de aquella maquinaria que había que engrasar y dopar para competir en las elecciones. De hecho, le costó en 2018 a Rajoy una moción de censura.

 

Los partidos como mecanismos de intermediación entre los representantes y el electorado están en crisis. Son plataformas imprescindibles pero a la vez concentran un elevado rechazo ciudadano. Sin militantes, sin cuadros que potenciar, las siglas dependen del ‘gurú’ de turno que, como siempre, los hay buenos, malos y regulares. Pero estos no pueden suplir la ausencia de talento interno. Delegar en ellos esa tarea es constatar que no hay proyecto consistente y armado ideológicamente. La solidez partidista de antaño se ha desvanecido. La falta de dirigentes potenciales a iniciar trayectorias políticas en las diversas organizaciones es reemplazada por el todopoderoso asesor. Pero no deja de ser un parche. Sin cuadros no hay dirección y sin esta no hay liderazgo que se perpetúe un tiempo razonable. La soledad del líder, a veces buscada cuando no fomentada por el sectarismo que anida a nivel orgánico, es la primera señal de una decadencia anticipada. Por eso los políticos se queman cada vez más rápido, su paso por la vida pública se torna casi en fugaz.

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