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Rafael Álvarez Gil/TA. Rafael Álvarez Gil/TA.

Eustasio López y el fuego amigo

TA ofrece la columna diaria de Rafael Álvarez Gil

direojed Martes, 14 de Diciembre de 2021 Tiempo de lectura:

A raíz del caso 18 lovas, en el que está implicado Eustasio López, se ha generado un debate sobre la calidad y el deber de los medios de comunicación de titularidad pública y privada en Canarias.

 

Es lógico pues atañe a una de las fortunas mayores del Estado, al empresario por excelencia en las islas y, a esos niveles, las ramificaciones son múltiples. Enseguida se han elevado listones de moralidad sobre el periodista que se tercie y se han erigido códigos sobre qué es y no periodismo. Es más, se han cruzado en ocasiones declaraciones a modo de azotes luteranos. Por cierto, un periodista habla sobre los temas que desee o le encarguen. No está obligado a hacerlo con todo. No es un sacerdocio. Ni es un superhéroe. ¿O es que acaso los que están en nómina en una redacción donde hay unos intereses que marcan la línea editorial son sujetos alienados a la espera de ser redimidos a las puertas del periódico como si fueran los obreros de una fábrica como reza la retórica marxista? Gran Canaria no es Kosovo ni se debe emular el halo de romanticismo del corresponsal de guerra, que tampoco es tal. El panorama de los medios de comunicación en Canarias, como otros sectores, como nuestro tejido productivo, es mejorable. No hay duda. Pero se ha avanzado. Hace veinte años, y menos tiempo aun, en un universo analógico y sin internet no abordaríamos el caso 18 lovas como se está haciendo.

 

Lo peor que pueden hacer aquellos que pretendan ayudar al hotelero, por los motivos que sea, o simplemente porque le aprecien, es establecer una narración periodística que apele a explicaciones enrevesadas, a alegatos sobre posibles condenas anticipadas o a intentos de hacer negocio por algunos medios de comunicación, una práctica que, por desgracia, existe tanto en el archipiélago como fuera y que Mario Vargas Llosa ilustró en su novela ‘Cinco esquinas’ (Alfaguara, 2016). Con todo, le es contraproducente a Eustasio López. No le ayuda sino que empeora su situación. ¿Por qué? La razón es sencilla: no estamos ante una controversia al uso donde el fuego mediático se oponga el uno al otro a ver quién gana. No es el caso. Aquí hay dos partes bien diferenciadas por edad, por poder y por contactos. Hay una diferencia abismal, notoria, patente, obvia… Dos realidades hegelianas separadas oceánicamente. Una desigualdad de naturaleza evangélica. Es lo que evoca el chalé de Ayagaures y la piscina para la opinión pública. Y alimentar este relato menoscaba al empresario. Aunque la intención fuera la contraria. A este solo le queda encajar los golpes al estilo de un boxeador. Y ya tendrá ocasión para el contraataque en el campo mediático. Porque en las redes sociales hay jauría, y mucha, pero también clamor de justicia. Es esa desigualdad manifiesta entre los adultos y las chicas, algunas menores y desamparadas, lo que motiva, y no otra cosa, la intensidad del escándalo. En las cafeterías y en la sobremesa de los hogares no se habla del tipo penal a aplicar sino cómo una persona que lo tiene todo, absolutamente todo, puede (podría) acabar así. Si a Eustasio López le embaucan en vías de defensa mediática como la descrita, es entonces cuando sí lo tendrá todo perdido. Habrá entrado en una espiral endiablada: justo en el campo de juego de su adversidad. A saber, en el marco mental del lenguaje que George Lakoff definió en su ensayo ‘No pienses en un elefante’ (Editorial Complutense, 2007). Procede la sobriedad y si es absuelto tendrá a su alcance publicarlo en portada a cinco columnas y abrir los informativos anunciándolo. Y, además, en dicho desenlace, hasta se convertiría en un mártir de la manada virtual y la justiciera tuitera.

 

Asimismo, ventilar que el juez instructor, Rafael Passaro, y la fiscal competente, Inés Herreros, no retrotraerán sus actuaciones porque la presión social es la que es, no solo no es correcto sino que denota una concepción de ambos como si fuesen menores a los que tutelar. Ni tampoco la documentación obrante es un jeroglífico indescifrable para el común de los mortales como si fuera un proyecto de energía atómica. Dejen trabajar a su abogado José María Palomino. Todo lo demás, ahora, perjudica al empresario. Y que se haga justicia.

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