¿Nos sirven los partidos políticos tal como los conocemos para los enormes cambios que sobrevienen? ¿Son creíbles los aparatos tradicionales caídos en la obsolescencia de cara a atender las demandas de una sociedad sin clases medias, precarizada y que sufre una creciente desigualdad? ¿No es un impedimento la sobreprofesionalización que atestiguan las organizaciones para recabar la oxigenación interna necesaria en aras de armar siglas que se adapten en tiempo y forma a las transformaciones? El abanico de preguntas es amplio. Pero todas coinciden en resaltar que la crisis de la democracia representativa que sufrimos no se entiende sin la presencia y el cuestionamiento último de los partidos fruto de las secuelas de la Gran Recesión de 2008 y el 15M.
Las estructuras políticas son imprescindibles. Vehiculan las inquietudes sociales a través de las ofertas electorales, defienden intereses colectivos, reverdecen identidades diversas… Sin los partidos no hay democracia tal como la entendemos. Sin embargo, el modelo actual decae frente al hartazgo ciudadano que siente que sus condiciones de vida han empeorado (la proletarización de las clases medias) y, mientras tanto, los denominados partidos tradicionales siguen en las mismas: surfeando cada instante sin proyecto de horizonte. Prima la gestión rutinaria sobre el proyecto. Y eso aleja a los ciudadanos con respecto a las diferentes siglas.
El riesgo de que sobrevenga la santificación de tecnócratas de turno en detrimento de los líderes es real. Es el máximo deseo del neoliberalismo. El mismo que está encantado con que los aparatos cada vez sean más reducidos, obsoletos e incapaces de regenerarse. Cuanto mayor sea el hastío de la sociedad hacia los partidos, más fácil lo tendrá el mercado pontificado para que no hagamos política.
El siglo XX fue el de las ideologías. La Guerra Civil (1936-1939) fue una confrontación bélica de contraposición ideológica. La Segunda Guerra Mundial fue la liberación por parte de los países democráticos de aquellos estados sometidos al nazismo y fascismo. Aunque la Unión Soviética pagó un alto coste (o el mayor) del conflicto. Y por eso no hay duda posteriores de quiénes fueron los buenos y los malos cuando las películas estadounidenses han retratado lo acontecido en el Viejo Continente entre 1939 y 1945. Si el consenso de posguerra (el pacto entre capital y trabajo) se ha desmoronado desde la crisis de 2008, irrumpe irreversiblemente la desigualdad y la pugna de clases sociales. El marxismo histórico es un instrumento analítico.
Donald Trump no fue un hecho aislado. El ‘trumpismo’ conforma un legado de amenaza hacia las instituciones y el Estado de Derecho. La ruptura del monopolio del bipartidismo en España no se concibe sin la quiebra de 2008. Aparecieron nuevas formaciones, algunas de las cuales han perdido musculatura y otras van camino de desaparecer. Con todo, se rompieron las molduras preexistentes y se activaron nuevos actores. Lo mismo podrá suceder en este ciclo de la pospandemia. Los partidos que sigan recluidos en el quehacer cotidiano, sin proyecto, sin ideología, ceñidos a gestionar las administraciones, serán sobrepasados por los vientos de la historia.





























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