Si hubiera un club de fans oficial de Benito Pérez Galdós, Almudena Grandes hubiera sido su presidenta o algo similar desde sus inicios. A él la escritora madrileña le debe su querencia por la lectura desde la primera edad, el canario poblaba una de las estanterías familiares que en la niñez o en la adolescencia se fisgonea en los días de tedio y aburrimiento como estreno imprevisto en el hábito lector. Y ayer, Grandes, con solo 61 años, falleció víctima de un cáncer.
En mi caso, me quedo como lector devoto de ella con dos impresiones que impregnan mi recuerdo. El primero, las escasas jornadas en las que devoré en el cuarto del colegio mayor en la Ciudad Universitaria de Madrid su novela ‘El corazón helado’. Me enganchó. Me atrapó. Quería leerlo velozmente y a la par deseaba que no se acabase. Una de esas sensaciones que siempre surgen cuando tenemos entre manos un texto que nos sumerge en otro mundo lleno de interés y emociones encontradas. La segunda impresión, es la tradición de leer los lunes su columna ubicada en la contraportada de ‘El País’. Aquí aparecía la Grandes que seguía la actualidad, la que denunciaba, desde sus convicciones de izquierda, la vida política de Madrid castigada por las privatizaciones y la especulación urbanística del PP. Defender sus causas en un territorio dominado por la hegemonía electoral de los populares durante tanto tiempo tuvo que resultarle agotador, aunque no asomó rencor ni nada que traspasase la sana crítica.
Escritora y una de las firmas que dio relumbrón al Grupo Prisa, se debatió internamente cuando irrumpió Podemos y quedó su corazón partido entre las afinidades de antaño por IU y la novedad de un fenómeno político que destartalaba el sistema bipartidista; su pareja, el poeta Luis García Montero, fue candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid en 2015 por IU. Una actitud aguerrida que siguió con los años. Hace unas semanas reconoció públicamente, negro sobre blanco, que padecía la enfermedad y que seguiría publicando a la par que luchaba contra el cáncer. No se iba a retirar. La parca ahora se la ha llevado.
Quiso hacer de la narración del siglo XX español su propia obra con vocación galdosiana. Ese era el objetivo de los ‘Episodios de una Guerra Interminable’. Varios tomos que anunció desde el comienzo a modo de una obligación que daría a los lectores como entrega de novela histórica secuenciada sí o sí. La Guerra Civil y el franquismo (la memoria histórica) fue uno de los ejes (por no decir el principal) que motivó su carrera literaria, combinando los hechos colectivos con las andanzas, desventuras y anécdotas intimistas del españolito medio; como de costumbre, todo muy galdosiano.
Sus ventas para el gran público vinieron mucho antes. ‘Las edades de Lulú’ (1989) fue un éxito al tratar el deseo sexual femenino sin los tapujos o cortapisas que, a pesar de la democracia, aún permanecían latentes en la sociedad. Lo leí mucho después y confieso que no me asombró el escándalo que entonces supuso, no encontré lo misterioso o atrevido de lo lejos que había llegado con la novela. Ya había pasado más de un par de décadas. Y, por fortuna, el feminismo ha ganado terreno; aunque queda todavía mucho por conquistar. En esta victoria testimonios comprometidos en su labor cotidiana, como fue Grandes, aportaron su grano de arena. Por eso, y por sus libros, entristece su marcha.





























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