Vox no es ninguna broma. Sobrevienen cambios políticos importantes, trascendentales. A medida que se acerque 2023, encuestas en mano, el acelerón será terrible en cuanto a su magnitud. Y está por ver que los diferentes partidos sepan adaptarse, en tiempo y forma, a la nueva situación. Los aparatos tienden a lo estático, a la falta de movimiento interno y de oxigenación en aras de amoldarse a la transformación sociopolítica. Y eso se paga caro. En ocasiones, con su desaparición material.
La ultraderecha en España es la tercera fuerza en el Congreso de los Diputados. No es cuarta, ni quinta ni se sienta en el ‘gallinero’ de la Cámara Baja. Tampoco es Fuerza Nueva y Blas Piñar, que logró acta en los comicios generales de 1979 por Madrid, una sola. Son, en la actualidad, 52 escaños los de Vox. Y los sondeos atestiguan que va al alza. Por supuesto, no irrumpe de la misma manera por territorios. Es un partido mesetario, de la España profunda. Y es menor en las nacionalidades históricas y en Canarias. Pero en el conjunto del Estado no es testimonial.
Un Gobierno próximo en La Moncloa conformado por el PP y Vox ahondará en el resquebrajamiento del sistema del 78 y obligará al PSOE a posicionarse: o continúa en un sendero de partido dinástico y sistémico (propio del neoturnismo) o militará, de una vez, en el espíritu republicano. Lo único que puede salvar a la Segunda Restauración, prolongarla un tiempo, sería una victoria de Pedro Sánchez o una abstención socialista en la sesión de investidura a favor de Pablo Casado si este es el más votado. Pero eso dinamitaría al PSOE. O, al menos, una parte considerable de la sociedad lo vería de ese modo. Aunque fuese sacrificarse para evitar la entrada de la ultraderecha en el poder central. Es muy serio lo que puede acontecer en 2023.
En realidad, sería el segundo sacrificio socialista. El primero ha sido mantener a Felipe VI estos últimos años al calor de los presuntos escándalos de corruptelas, comisiones y cuentas en los paraísos fiscales de Juan Carlos I y que, al parecer, el resto de la familia no sabía nada de nada durante décadas… Ni la reina, ni el hijo, ni las hermanas del heredero. Nadie supo nada. Si Sánchez hubiese querido, Felipe VI hubiera sido depuesto y estaríamos abocados a un nuevo proceso constituyente. ¿Pero hasta cuándo y con qué intensidad puede seguir sacrificándose el PSOE para apuntalar a la democracia borbónica que se destartala desde la Gran Recesión de 2008 y el ‘procés’?
Santiago Abascal hipotecará al PP pero a la vez le carcome sus bases electorales. Vox no es Ciudadanos. El legado del franquismo sociológico revenido apuesta fuerte y es una amenaza para la izquierda y los nacionalismos periféricos. Tanto AP como el PP han jugado cómodos en su rol de centroderecha sobre el que pivota el sistema. Sin embargo, es otra dimensión a la que nos lleva la ultraderecha. Y el PP no impone un ‘cordón sanitario’ a Abascal al estilo de Alemania emulando a la democraciacristiana de Angela Merkel. La historia del siglo XX aún pesa, y mucho, en las democracias europeas. Unas vencieron al fascismo en la Segunda Guerra Mundial. Otras, como España, no solo tuvieron que aguantar décadas de dictadura sino que se estrenaron en un régimen democrático amén de una Transición que supuso, en definitiva, un pacto, un bendito pacto, eso sí, entre fuerzas desiguales.


























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