Antonio Pildain y Zapiain fue un personaje repleto de contrariedades que determinó la vida social de las islas al mando de la Diócesis de Canarias (1936-1966). Su estirpe vasco-navarra, fue diputado en Cortes durante la Segunda República, explicaría muchas de las cosas de este perfil que incomodó al franquismo dentro del franquismo.
Esto es, su moral conservadora era innegable, fuera leyenda urbana o no aún sobrevuela su idea de separar la playa de Las Canteras en una zona para hombres y otra para mujeres, pero también resuena cómo se enfrentó a las autoridades a cuenta de la represión de la dictadura ejecutada en la sima de Jinámar (a Agaete se le conoció como el ‘barrio de las viudas’) o el episodio de la visita de Franco a Canarias en 1950 que hizo que cerrase las puertas de la catedral (¿era un pretexto el baile en el Gabinete Literario?) y se recluyese en Teror.
Puede que esas peculiaridades y contrariedades reflejase sus dudas ante el mundo dictatorial al que asistía que no encajaba con su tierra de procedencia; nació en Lezo, Guipúzcoa. Un universo con el que tenía que lidiar y aprovechó su poder (el ‘blindaje’ de la sotana) para aliviar las penas colectivas. Aunque su rechazo a lo galdosiano no deja espacio al pensamiento liberal. Con todo, Pildáin (junto a Ramón Echarren Ystúriz, otro vasco) han sido los dos obispos que más han influenciado en el devenir isleño.
Novelar todo esto es el logro de Juan José Mendoza: ‘A orillas del Guiniguada’ (Mercurio, 2021). Una historia bien escrita, y amena, que va jalonando la vida de Pildáin en Gran Canaria, coincidiendo asimismo con la presidencia de Matías Vega Guerra en el Cabildo (1945-1960). Y, entre otras cosas, permite testar la angustia que acompañó a la ejecución de Juan García Suárez ‘El Corredera’, perpetrada en la antigua cárcel aledaña a la carretera del centro y que hoy opera como el CIE de Barranco Seco. Y también cómo el obispo quiso conocer de primera mano el drama de la aparcería en el sureste.
La dimensión de Pildáin es, por tanto, compleja; llena de matices. Pero no acaba de despejarse si este obispo actuó como realmente era y pensaba o, a su manera, ejercía el ‘quintacolumnismo’. Mendoza arroja luz y ordena su trayectoria para el gran público. Un escritor que, encima, hay que reconocerle la discreción con la que se ha desenvuelto en una onda literaria donde se estila el autobombo recíproco y retroalimentado, no siempre merecido. Mendoza ha escrito su novela y la sirve al lector con sobriedad, lo que indica una señal de garantía.
Si después de leer la obra lo culminas con un paseo por la plaza de Santa Ana y el barrio de Vegueta, conjeturando aquellas décadas pasadas del siglo XX, en pleno franquismo, cabe imaginarse las dosis de estrechez intelectual que imponía un sistema de poder centralista y que rendía culto permanente tanto a lo eclesial como a lo militar. El viraje que supuso en la Iglesia católica el Concilio Vaticano II descolocó al dictador, que no entendió cómo le devolvían el favor otorgado desde el Estado. Pero ya antes el obispo Pildáin hizo de las suyas por el archipiélago.






























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