GREGORIO VIERA
Estamos acostumbrándonos a la retórica de la política, discursos medidos, creados expresamente para contentar a la galería, discursos llenos de datos, de compromiso personal, de anécdotas, ideológicamente armados, estructurados, pero discursos impostados, que tan solo buscan el refrendo de quienes te escuchan, vacíos del ingrediente más importante, la emoción. Cuando el discurso no emociona, no emociona, y por mucho que lo adornes no deja de ser eso, un discurso.
En política nos esforzamos mucho por el relato, por el análisis concienzudo de los hechos, por poner punto sobre punto las acciones que hacemos, las que hicimos, las que haremos. Repetimos hasta la saciedad las bondades de nuestras acciones, construimos el relato acorde a nuestros intereses utilizando siempre las coletillas “por el interés general”, “por el beneficio de la ciudadanía para la que trabajamos”, y no nos arrugamos en ello. Sin embargo hemos dejado atrás la emoción, no nos emocionamos en lo que hacemos, en lo que construimos, en lo que relatamos y lo que es peor aún, no emocionamos.
No se trata de anteponer las emociones a los argumentos. Estos tienen que ser, no solo creíbles, sino que tienen que ser ciertos, no engañar en la exposición; no se puede utilizar la emoción para manipular, para hacernos ver otra realidad, para acallar en la ciudadanía el sentido crítico de las acciones políticas. No hablo de la emoción narcisista que utilizan algunos líderes políticos para tocar la vena sensible de las masas, a la que intentan manipular bien sea por un sentimiento de pertenencia, por la lengua, el territorio, el color de la piel, la identidad, etc. Por el contrario, no podemos perder la esperanza de ilusionarnos con propuestas que nos emocionen, arrinconando la prepotencia y la vanidad.
Hay que valorar la gestión de las emociones para transmitir un determinado mensaje en óptimas condiciones. Nuestra exposición de la idea, del proyecto o el resultado de nuestras metas se ensombrecen con la contradicción entre la emoción y el gesto en una comunicación a la ciudadanía. No se trata tan solo de palabras, de promesas, se trata de aspecto y de actitud, ambos factores juegan un papel decisivo. Y en ese papel decisivo en la política está la inteligencia emocional, nuestra capacidad para desarrollar habilidades de autocontrol, empatía, perseverancia, entusiasmo y otras que se moldean o vienen ya en nuestro ADN, lo que implicaría una mayor dosis de humildad, moderación y modestia cuando exaltamos nuestros logros, obviando el coste que representa no solo lo conseguido, que está bien, sino aquello que dejamos por el camino.
Hay mucha literatura sobre las emociones y la política, que demuestra que las emociones están presentes en los procesos políticos. Sin embargo, y aunque parezca contradictorio, en las manifestaciones de los hombres y mujeres que hacemos política las emociones suelen estar ausentes. Hay que superar este vacío que se ha producido en el conocimiento de las influencias de las emociones en la política. Hay que emocionar no solo con las palabras, también con los hechos, que sirvan como ejemplo en ese discurso que cale en la ciudadanía. No hay que sobreactuar, hay que combatir la superflua visión que proyectamos en determinadas situaciones dejando al descubierto la sensibilidad, la emoción, la alegría y la tristeza que también tenemos.
Tanta retórica en la política nos conduce a vivir en ella sin emociones, y estas juegan un papel importante en los proceso de decisión del voto. La gente es emocional y no racional en la toma de decisiones… Con la pluma del Faycán.
Gregorio Viera Vega es concejal en la oposición del Ayuntamiento de Telde por el PSOE.



























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