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Política de guerra, política de paz

direojed Sábado, 05 de Noviembre de 2022 Tiempo de lectura:

 Carl von Clausewitz, que fue un militar prusiano de principios del siglo XIX, es considerado, por el tratado sobre la guerra que elaboró, un influyente teórico de la ciencia militar moderna. Uno de sus pensamientos más conocidos es el que dice que «La guerra no es simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de las relaciones políticas, una gestión de las mismas por otros medios».

 

Es incuestionable que hay una larga tradición en las relaciones de hostilidad entre los Estados y dentro de las naciones que hace buena su consideración de que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Las innumerables agresiones internas o externas de sojuzgamiento y de expolio de los perdedores a lo largo de la historia así lo acreditan. Y en la época contemporánea sus impactos y capacidad de destrucción no han dejado de incrementarse: nunca el mundo estuvo más armado y con mayor capacidad de extinción mutua.

 

Esta concepción de los enfrentamientos armados como parte de los medios legítimos de gobierno y organización de las sociedades humanas para la consecución de objetivos y la resolución de conflictos, proviene de una determinada concepción de lo político y, por ende, de la condición humana, que se define como de reaccionaria. Los orígenes de este modo de considerar el orden social desde el autoritarismo -desde el sometimiento absoluto a la autoridad encarnada en un jerarca y detentada por una clase dominante en pugna por sus intereses- puede rastrearse en la oposición a la Ilustración en el siglo XVIII y al lema de la Revolución Francesa “Libertad, Igualdad y Fraternidad” que asentó políticamente las bases del pensamiento ilustrado y dio origen a lo que, actualmente, se entiende por Democracia y Modernidad.

 

Desde entonces, en clara oposición a las libertades personales, al progreso democrático y al humanitarismo cosmopolita, el conservadurismo más descarnado no ha cejado en conseguir reinstaurar el viejo status. Aunque su beligerancia se ha adaptado, mientras no puede actuar impunemente, en sus pronunciamientos y en sus propuestas a la sensibilidad cultural contemporánea, arrogándose incluso, ser el verdadero garante del sistema democrático, de las constituciones sociales y de los anhelos populares. No obstante, a la menor ocasión, su taimada hostilidad se hace explicita en sus prácticas.

 

Desde la instauración del Neoliberalismo, edición actualizada del reaccionario darvinismo político decimonónico, los efectos están a la vista: nunca como ahora tan pocos seres humanos y organizaciones habían concentrado tanto poder político, social y económico; nunca se habían malversado tanto los recursos de la naturaleza y de nuestras comunidades y nunca tanta gente había sido arrojada a la incertidumbre, la inseguridad y la indefensión.

 

Y es que para quienes se consideran, personalmente y como colectivo, mejores que el común de los mortales, merecedores de privilegios y ajenos a la responsabilidad con la sociedad, la política es, sin más, parte de los medios alternativos para continuar la guerra de sojuzgar a las y los semejantes y expoliar los bienes de la Tierra. La máxima de la esclavista y conquistadora antigua Roma, «Si quieres la paz, prepara la guerra», expresa, también, la pobre concepción del estado pacífico como mera situación en que las guerras y las luchas no afloran.

 

Así las cosas, contemporáneamente, la lógica belicista no solo por su contumaz insolidaridad, se ha demostrado contraria a la naturaleza prosocial de nuestra especie; por su desaforado afán de acaparamiento de la riqueza de las sociedades, también es altamente injusta e ineficiente; y por el voraz expolio de los recursos de la biosfera, resulta inaceptablemente temeraria y biocida. Hay una política de paz, la que prioriza el sosiego y las buenas relaciones entre las personas, comunidades y naciones; la que se esfuerza por la distensión y el cuidado; la que asume la interdependencia como aspecto fundamental de las interacciones humanas y grupales.

 

Centrada en compartir, solidariamente, los esfuerzos y los frutos de nuestro mundo y del planeta, la política de la paz entiende que la profundización democrática es la vía política de concordia por excelencia, que la eficiencia económica debe ser inclusiva con las generaciones actuales de nuestra especie y responsable ante las futuras y que lograr la sustentabilidad de los ecosistemas y el respeto a sus especies es nuestro sentido último en la Tierra. Inmersos en graves perturbaciones climáticas por causa propia, responsables de severas mermas en la biosfera y sus especies y en riesgo cierto de un colapso general internacional, ahora es el momento de dar testimonio de nuestro compromiso por la vida y por la supervivencia en dignidad.

 

Esa es la única pugna que, legítimamente, debemos afrontar para que, con la reparación de los desastres causados, nos demos, entre las ciudadanías y las naciones del mundo, la paz. El tiempo para ello se agota.

 

Xavier Aparici es filosofo y emprendedor social.

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