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Mi encuentro con Diana de Gales

direojed Domingo, 28 de Marzo de 2021 Tiempo de lectura:

La madrugada del viernes 5 de septiembre de 1997 salí para Inglaterra en un avión de una compañía islandesa que llevaba pintado en la cola un casco vikingo. Pero no aterricé en Londres, como hubiera deseado, sino en Manchester, debido a que los vuelos a la capital británica estaban saturados. Me sorprendió el aeropuerto de Manchester. Tan grande y moderno que me recordó al de Gatwick.

 

Como era de esperar en este país, no tuve que salir a la calle para dirigirme a la estación ferroviaria pues estaba conectada al aeropuerto por una cinta transportadora. Así que a las ocho de la mañana ya me encontraba sentado en el tren y me sorprendió que no fuera hasta los topes. Me habían dicho que tal vez tuviera dificultades para dirigirme a Londres, pero no fue así para nada. En Londres pude comprobar que la mayoría de los ingleses que habían ido al entierro de Diana lo habían hecho en excursiones organizadas al efecto, en sus propios autobuses. Así evitaron el caos en carreteras y ferrocarriles.

 

Como en mi club de la calle St. James había overbooking opté por alojarme en un hotel próximo a Trafalgar Square y próximo, también, al palacio de San Jaime, donde se encontraba el cuerpo de Diana, y al Mal1, la céntrica avenida por donde iba a pasar el cortejo fúnebre al día siguiente.

 

El clima era muy agradable, ligeramente fresco, aunque soleado. Por la tarde se nubló y cayeron unas gotas sin importancia. Después de alojarme, ducharme y cambiarme de ropa me decidí a tomar el pulso al ambiente y me acerqué al palacio de St. James, lugar donde estuvo la corte de Inglaterra durante siglos.

 

El lugar, que conocía de sobra por estar a un tiro de piedra de mi club londinense, se encontraba rodeado de gente que portaba ramos de flores con dedicatorias a Diana, Princesa del Pueblo y Reina de Corazones. La pena de la gente por su pérdida parecía sincera y por ello me extrañó que no abuchearan a la reina Isabel cuando salió un momento a saludar al público. Y es que, a pesar de todo lo que se ha dicho sobre la monarquía británica, el pueblo sigue apoyándola en su inmensa mayoría. Es cierto que Diana quiso dotarla de aires nuevos, acercándola mas a su pueblo, pero también su actitud demasiado desenfadada no gustaba mucho en la Corte.

 

Tras mi visita al palacio de St. James, picando las siete de la tarde, volví a mi hotel por la elegante avenida de Pall Mall donde noté las primeras lloviznas. En aquel momento pensé que el cielo lloraba la muerte de una princesa de cuento de hadas. Ya en mi habitación pude darme cuenta que me encontraba justo en la trasera de la National Gallery. De hecho, había llegado al hotel bordeando la librería de la famosa pinacoteca. Puse la televisión para ver qué se decía sobre el funeral que iba a tener lugar el sábado, pero me venció el sueño y, cuando desperté, eran ya las siete de la mañana.

 

A esa hora del sábado los helicópteros de la policía no paraban de sonar sobre el Mall por lo que decidí ducharme y bajar a desayunar a fin de estar pronto en la calle. Sabía que a las 10:26 el cortejo fúnebre pasaría cerca de mi hotel. Decidí escoger este punto del recorrido para poder ver a los hijos de Diana, a su hermano, a Carlos y a Felipe de Edimburgo, que se unirían al cortejo al pasar por el palacio de San Jaime.

 

Y, efectivamente, a las 10:26 en punto apareció el Armón con el ataúd de Diana envuelto en una bandera, rodeado por soldados del regimiento del príncipe de Gales y, detrás, todos los varones de la familia real acompañados del jóven conde Spencer. Guillermo y Harry eran casi unos niños pero mantuvieron el tipo en todo momento. Fue una mañana emocionante, en la gue lucía un sol radiante, como si las lágrimas del día anterior se hubieran convertido en la luz que emanaba Diana pues en ese momento reinaba en el corazón de la gente que abarrotaba las calles, plazas y jardines por donde pasaba el cortejo fúnebre. Eso sí, no observé histerimos, ni gritos.

 

Sólo un silencio respetuoso y algún gue otro gemido. demás, todo fue muy rápido. Una vez que la procesión funeraria se perdió camino de la Abadía de Westminster, la multitud fue disolviéndose tranquilamente, bajo la atenta mirada de los numerosos miembros de la policía metropolitana que estaban ese día de servicio.

 

Entonces me fui al hotel para ver el funeral por televisión ya que la la Abadía estaba estrictamente restringida a autoridades y cuerpo diplomático. A mediodìa tomé un tren para el condado de Kent, donde me esperaban unos amigos. Tampoco tuve problemas para sacar billete, así gue a las seis de la tarde ya me encontraba en casa de los Eddy. Allí pude enterarme que la hija de Mike, la pequeña Rachel, estaba mas preocupada por lo que pudiera ocurrirme entre las multitudes londinenses que por el funeral en sí, asunto que me sorprendió agradablemente.

 

El domingo por la mañana Mike, que era consejero de urbanismo y patrimonio histórico del condado de Kent, me pidió que le acompañara a Maidstone, capital del condado, para una pequeña reunión del Consejo político.

 

Tras la reunión en el palacio de gobierno, nos fuimos a almorzar al castillo de Leeds, un lugar de cuentos de hadas. El coche hay que dejarlo a la entrada de los jardines que rodean el castillo en sí, lo que te obliga a caminar un buen rato entre riachuelos, lagos, setos llenos de flores, prados con ovejas y manadas de gansos y cisnes. Al final del trayecto por fin, divisas el castillo en una loma verde, rodeada por un foso con agua. La visión es tan de película que me quedé unos instantes contemplando, extasiado, aquella bucólica escena.

 

Una de las curiosidades de aquellas tierras es que posee uno de los pocos viñedos que existen en Inglaterra y, dentro del castillo se pueden observar las bodegas con el único vino que se producido en esta isla. Se trata de un vino blanco, obtenido de una cepa del Rin, resistente a las heladas. En aquellos momentos recordé lo importante que fue para los ingleses, en el S. XVI, el Malvasía canario, cantado por Shakespeare.

 

Tras almorzar en el granero del castillo, convertido en restaurante, nos metimos en el laberinto y contemplamos la colección de pájaros exóticos. Al final, llegó la hora de dejar aquel maravilloso lugar para dirigirnos al aeropuerto de Gatwick para coger el avión de regreso a Las Palmas.

 

A las ocho de la tarde me despedía de Mike, en Gatwick, con pena de dejar a esta familia encantadora y de mi “encuentro” con Lady Di y la familia real británica en un momento tan delicado.

 

P.D. Este artículo es un extracto del que publiqué en 1997 en la prensa británica (en inglés). Lo mando ahora a Telde Actualidad a propósito del debate sobre la monarquía en España y del rifirrafe del príncipe Harry con la familia real británica.

 

Jaime Rubio Rosales es profesor, escritor y periodista.

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