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Mi familia angloparlante

direojed Domingo, 07 de Marzo de 2021 Tiempo de lectura:

El motivo de esta unión de letras es el de una despedida agradecida. El de recién abrir una puerta de salida. Concretamente, la salida del número 58 de la Avenida del Cabildo.

 

Tenía yo apenas once años la primera vez que subí por las escaleras. De aquellos iniciales días recuerdo con mucho cariño a los que fueron mis primeros compañeros. Solamente me basta decir que con alguno de ellos, incluso después de tanto, aún mantengo la relación y el contacto. Por aquel entonces la mayoría estudiábamos sexto de primaria —algo ha llovido— y éramos unos expertos totalmente inexpertos en el inglés. Hoy ya no lo somos tanto.

 

Me pregunto que cómo podría resumir tantos años, tantas horas y tantos minutos en estas cortas palabras. Con la sonrisa de Elvira en la entrada. Con la moneda de la suerte de Gordon. Con los amigos que allí he hecho. O con los profesores que han ido y venido. Pero también con haber aprobado tres exámenes oficiales y el gran suspiro después de conocer la calificación final. «La felicidad del esfuerzo», dicen muchos. «El esfuerzo», destaco yo.

 

Nunca he sido de despedidas. No me ponen nervioso, a ser sincero. Simplemente activan la zona que se encuentra alrededor de mi lagrimal. «No os diré no lloréis, pues no todas las lágrimas son amargas», comentó una vez el actor inglés Ian McKellen. Y bien cierto que es: no se trata de una amargura, pero en el adiós uno se inunda de recuerdos; como ese resumen de la vida que algunos dicen que vemos cuando vamos a morir, como una nostalgia repentina que nos impide avanzar.

 

El miércoles me despedí del fuero de Cormac —mi profesor durante los últimos años—. Él entiende los motivos de mi marcha, que no son más que aquellos tan justificados como los agobiantes estudios de segundo de bachillerato. Le sucede todos los años con otros alumnos. Aún así, esto último lo dice apenado. Lo entiendo. Yo también echaré de menos nuestras conversaciones en clase sobre política americana —ojalá lo supieran Trump y Biden— y lo mucho que disfrutábamos riéndonos con acento irlandés.

 

Al fin y al cabo, The English Centre ha sido una segunda familia donde poder crecer. Mi familia angloparlante. Nosotros, los alumnos, siempre hemos puesto nuestro toque teldense, y los otros, nuestros queridos profesores, ese toque británico —aunque a veces sueco, irlandés o estadounidense—. Llevan desde 1990 ubicados en el corazón de Telde. Y desde hace unos pocos, también en el mío.

 

Julio C. Ruiz Aguilar es estudiante de Bachillerato.

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