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Un docente (4/6)

direojed Sábado, 07 de Noviembre de 2020 Tiempo de lectura:

VIII

Peaje: para una vida buena, un título académico. «Debería ser un “buen” título académico». Piensa de entrada, luego se corrige: «un título». Luego vuelve a corregirse: «ningún título». Una buena vida no puede costar un título académico. Dice. Piensa en los que no han podido llegar hasta donde está Uno. O no han querido. Deberían tener también derecho a una buena vida. Como la de Uno. Puntualiza: «como la que presupongo que tiene Uno». No lo conozco. Puedo intuir cómo ha llegado hasta aquí. Lo que no sé es por qué ha llegado hasta aquí. Tampoco sé si tiene mucho sentido esta pregunta. «Ha llegado», dice.

 

Acaba de corregir su examen. El último de una tanda que definió como decepcionante. Esa fue la palabra que utilizó. Decepcionantes.

El joven titulará. ¿Por qué no habría de hacerlo? Llega al mínimo exigible. ¿Exigible? ¿Por qué se determina que el mínimo sea ese y no otro? Si bajase el nivel de exigencias, Uno tendría unas excelentes notas; si lo subiese, no. Eso dicta la lógica. Piensa. Pero la lógica está adulterada, concluye. Una lógica heterogénea deja de ser un producto razonable para convertirse en algo arbitrario. Dice. «¿Y si, en el ejercicio de mi libertad docente, lo que considero bajo es, en realidad, alto y lo alto, a ojos de otros docentes, no pasa de ser una desmesurada exigencia más propia de tiranos que de pedagogos?». ¿En realidad? ¿He dicho “en realidad”? ¿Por qué he dicho “en realidad” si estoy dudando de todo? ¿Hay alguna “realidad” a la que acudir?

 

Deja de hacer preguntas. Recuerda otra vez que no se interesaron por su experiencia. Ni quisieron saber si su currículo era el adecuado. Le llamaron de una lista de empleo. Eso debió bastarles. Recuerda. Probaron suerte llamándole. El motivo: una honda preocupación por poner una secuencia alfabética identificativa más en la celda vacía de un cuadrante. Recuerda.

 

IX

Vuelve a mirar la ficha del alumno. «Tiene derecho a tener una buena vida», dice. Se pregunta si el documento administrativo influirá en esa vida a la que tiene derecho. Quizás. ¿Qué hará cuando termine? Este es su último año. A partir de aquí, lo normal es que los años se contabilicen ya de otra manera: que comiencen en enero; que terminen en diciembre.

 

Cuando no haya un septiembre al que apelar, ¿qué será de él? ¿Qué hará? ¿Sentirá que ha valido la pena el trayecto escolar? No le podemos dar la seguridad de que, tras estos años de formación, su futuro será el que tiene que ser para que tenga una buena vida. No podemos. ¿Tiene él esta seguridad?

 

Piensa en un niño de tres años que tiene ahora veintidós. Ha compartido con él los últimos meses de su último curso. «¿Qué ha aprendido conmigo?». Duda de la influencia que haya podido ejercer sobre él. Soy uno más. Un cómplice más que ha irrumpido en el camino. ¿Cuánto de lo que me ha escuchado o leído porque se lo he propuesto se ha asentado en su intelecto? ¿Qué parte alícuota o alicuanta me corresponde de su título? «¿Qué le he ofrecido de manera singular y que, en otro lugar, en otro entorno, con otros medios, no hubiese podido conocer? ¿Dónde está la singularidad de mi intervención con Uno?».

 

¿Qué hará? Repite. Se acuerda de algo remoto. Años después de haber terminado sus estudios, hace ya tiempo, recordó una suerte de máxima que le habían dejado caer cuando a punto estaba de terminar su carrera: «La universidad te avala, la calle te forma». Piensa que algo de razón hay en la sentencia. Algo. Soy un avalista. Dice. Avalo un documento administrativo. Con mi firma, contribuyo a que Uno adquiera en el solar de su entendimiento una propiedad.

 

X

El último año comienza siempre con la esperanza de que se termine. A diferencia del curso anterior o de los iniciales, el final de cuarto representa el final de una etapa. En este caso, además, al final de una etapa se le une el final de un modus vivendi. El final de un camino de casi dos décadas. Rutina. ¿Ulises regresando a Ítaca? No. Mejor: Eneas hacia la fundación de Roma tras la guerra de Troya.

¿Llegaremos? Se preguntará el prudente. Pregunta tramposa. Pregunta inquietante. Es la pregunta del pasajero que, aproximándose el avión al destino, se cuestiona por la habilidad del piloto. ¿Y si no aterrizamos donde estaba previsto? ¿Y si no aterrizamos?

 

Un docente sigue con la quemazón de la culpabilidad. Un piloto prudente no aterrizará la nave en el lugar previsto si las condiciones no son las adecuadas para la integridad del pasaje y del aparato. Pero, ¿y si no queda más remedio? ¿Y si la supervivencia pasa por un intento de aterrizaje sea como sea ahí? Ante esta tesitura, un piloto prudente tendrá que asumir el riesgo. Evitemos el mal mayor si no podemos garantizar el bien absoluto. Repite esto último que acabas de leer.

 

Los pensamientos han adquirido una deriva catastrofista. Accidente. Emergencia. Supervivencia. ¿Por qué? Empezó hablando de culpabilidad, complicidad, corporativismo.

 

Otra imagen se proyecta en su mente. Un fonil. Entra mucho, poco sale. «Antes era así». Muchos llegaban, pocos salían. Pero el fonil se ha convertido en un cilindro. Prácticamente. Tantos entran como salen. Con lo que vinieron a buscar bajo el brazo salen. Como en un centro comercial. Entras sin nada; sales con lo que has ido a buscar. «Soy un cínico hiperbólico», dice.

 

Texto publicado en Un docente y otros textos sobre educación (Mercurio Editorial, 2020).

 

Victoriano Santana Sanjurjo es doctor en Filología Hispánica y profesor de Secundaria.

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