I
Un docente ha empezado a sentirse culpable. No sabe muy bien por qué. Algo intuye. Algo. Pero no sabe qué es. Tengo la culpa. Dice. Verbaliza la sensación. Luego rectifica. No. No soy culpable. Piensa. ¿O sí? Duda. No soy el responsable de esta situación. No puedo serlo. No tiene sentido que lo sea. No estoy solo. En todo caso, no soy el único culpable. Otros y yo somos los culpables.
¿Lo somos? Sí, lo somos. Acepta la conclusión. En esto, si hay culpa, a todos nos toca. Pero, en realidad, de qué somos culpables. Se pregunta. Piensa: «toda culpabilidad emana de una acción reprobable». ¿Reprobable? Sí, reprobable. ¿He hecho algo reprobable? Insiste: ¿De qué somos culpables?
Un momento de silencio. Otro de inspiración. ¿Somos? ¿Hay un “nosotros” cómplice? Es absurdo, corrige. Niega con la cabeza. ¿Cómo voy a ser cómplice? ¿Cómplice? Pero, ¿de qué? No conozco a los otros. ¿Cómplices que se ignoran? Se pregunta.
Ahora se entretiene con la parte alicuanta o alícuota que le corresponde en el asunto. Una analogía le desconcierta: «como los que transmiten enfermedades». Los que contagian se desconocen entre sí, aunque propagan el mismo mal. Atroz analogía, piensa. Yo también lo pienso. ¿Somos agentes patógenos?
La sensación le agrieta la calma. Lo hecho, hecho está. Lamentable. Todo esto es lamentable. Soy culpable de lo que hago. También, sin saber muy bien cómo, de lo que no hago. Y de lo que quiero hacer y detesto. Y de lo que debo hacer y desdeño. Y de lo que no quiero ni debo hacer. La culpa es un poliedro de contradicciones. No sé adónde mirar. Yo tampoco.
II
La sensación apareció de repente. Fue durante la corrección de un examen. Era el último de una tanda que definió como decepcionante. Esa fue la palabra que utilizó. Decepcionantes. Así se lo dijo a su pareja en un receso. Los exámenes son decepcionantes. Los resultados son decepcionantes. No apareció la culpabilidad tras la confesión. Fue después, cuando tenía frente a sí el último examen. Y cuando contemplaba los que ya había corregido. Y cuando miraba las estanterías llenas de trabajos igualmente decepcionantes. Mi trabajo es decepcionante. Eso dijo.
¿Esperabas algo? La pregunta se enquistó en algún remoto lugar de sus atenciones mientras leía los testimonios manuscritos de los últimos examinandos. Perdió la concentración. ¿Esperabas algo? La pregunta se volvió omnipresente. Al volver la hoja grapada, ahí estaba. Y en la página tres. Y después de un párrafo con una falta ortográfica. Y en.
¿Esperabas algo?
Dejó la corrección. Se tomó un receso. Se levantó. Se estiró. Fue a la cocina. Se sirvió un café. Habló con su pareja. Decepcionantes. Así respondió cuando le preguntó por lo que había estado corrigiendo durante toda la mañana. ¿Te puede desengañar aquello en lo que no has depositado esperanza alguna? No. Responde. Supongo que no. Le responde. Nos responde.
Vuelve al despacho. Medita sobre qué es lo que no ha depositado esperanza alguna. ¿En qué momento me inundó la desesperanza? Se pregunta. ¿Cuándo dejé de esperar algo positivo en lo que hago? ¿En qué me he convertido? ¿Soy un cínico? Cínico. La palabra le ha asaltado. Ha sido una cachetada. No la buscaba. No la esperaba. Surgió. ¿Acaso, en el fondo, todo está peor de lo imaginable?
Mi profesión me gusta.
Todavía nos gusta, pienso.
Gestor administrativo de contenidos. Recuerda: «en eso es en lo que se convierten los docentes que siguen dando clases a pesar de que sus días laborales discurren sin ilusión ni expectativas de mejora». ¿Hoy me siento así, como un gestor administrativo de contenidos?
Texto publicado en Un docente y otros textos sobre educación (Mercurio Editorial, 2020).
Victoriano Santana es doctor en Filología Hispánica y profesor de Secundaria.


























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