La Iglesia católica de obediencia romana, las otras también, no pasa por su mejor momento; no es de ahora: viene de viejo. Aunque en estos momentos de oscuridad y aislamiento estén dando la talla moral que en su esencia llevan y hay cientos de sacerdotes y religiosos que han muerto acompañando a los que piden una mano para morir con la dignidad que precisan.
Pero al actual Papa Francisco, desde el minuto cero lo han cercado los lobos; la iglesia más conservadora y tradicional, la curia encumbrada en lujos y pederastia la han puesto a los pies de los caballos y aunque se intente detener el galope, está siendo casi imposible limpiar la casa y echar a los cambistas.
Cuando políticos que se llaman católicos, apostólicos y romanos, mixturan su discurso populista, demagogo y ultramontano -aquí utilizo el término para referirme a la posición de sectores católicos, que sostienen posiciones integristas dentro del catolicismo, como ocurrió con la praxis contrarias a la apertura del Concilio Vaticano II- con la religión que dicen seguir, se convierten en refugio de descontentos, dando como resultado una confusión de aspectos morales, doctrinales y de análisis que no hacen más que emponzoñar la vida política y pública.
Aparecen en los mítines con crucifijos y biblias que enarbolan como oriflamas que recuerdan un pasado demasiado doloroso para la propia iglesia, cuando se puso de parte de los dictadores latinoamericanos o en la propia España, y en su guerra civil. Así es ahora en Latinoamérica, con el desaparecido Chávez y ahora con Maduro con la biblia en mano, o con Daniel Ortega en Nicaragua.
El problema, la tremenda paradoja de todo esto, es que sus discursos son completamente contrarios a la más elemental centralidad de la praxis cristiana: el doliente, el marginado; el que llega en patera huyendo a meterse en la boca de otro lobo, en el peor momento en el que podía llegar y a los que están muriendo solos, a los que ahora más que nunca necesitan rentas básicas para vivir.
Arrecia la oposición a un Papa que apuesta por la apertura y la defensa de la libertad de conciencia, y la oposición está dentro de su propia casa, en prelaturas e institutos religiosos, donde impera la opulencia y la desidia hacia una sociedad necesitada. Desde los sectores más poderosos de la iglesia en EE. UU., que no le perdonan que entregara a los más altos jerarcas a la justicia por los abusos, y que no se arreglara todo con dinero, que es el común hábito norteamericano para dirimir cualquier cuestión, junto con la guerra; también en España o en Italia asistimos a la confesión a la carta que exhiben ciertos políticos de ultraderecha como Mateo Salvini en el norte, enfrentado al papa, y que se presenta en sus manifestaciones con la consabida cruz o en España donde el súbdito Abascal llama al papa ciudadano Bergoglio, con esa soberbia actitud desafiante, como si tuviera conocimientos profundos sobre teología y su confesión le permitiera elegir, de acuerdo siempre a sus antievangélicas ideas, la opción que sea la horma a su política de enfrentamiento.
Hace falta conciencias libres y solidarias, faltan compromisos y adhesiones a los que peor lo pasan y lo va a pasar; no nos hacen falta filibusteros que nos interpreten, motu proprio, lo que ya hace el que debe hacerlo, porque una religión a la carta jugando con la sensibilidad de las gentes y apoyada por lo ultracatólicos, es una calamidad que trae una de las formas más sutiles de violencia y enfrentamiento, la imposición y el autoritarismo, con la consiguiente degradación comunitaria.
Sergio Domínguez-Jaén es poeta y escritor.


























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