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Quizás nos equivocamos con nuestros ancianos

direojed Domingo, 26 de Abril de 2020 Tiempo de lectura:

Los que pasamos de sesenta, nuestra generación, se fue construyendo a poco con retazos de pensamiento diseminados en muchas doctrinas que se tomaron como dogmas o al menos alguno así se lo tomaba.

 

Nos quitamos de encima cuarenta años de dictadura, construimos una sociedad más equilibrada, pudimos posicionarnos políticamente y decidir por nosotros lo que queríamos; muchos fuimos padres muy jóvenes y nos sumergimos en una bacanal de hedonismo, individualismo y trabajo, construimos una liturgia para un cuerpo perenne, nos miramos al espejo de nosotros mismos y en muchas ocasiones nos gustaba lo que veíamos.

 

Nacimos en medio de revoluciones, en el intermedio del mayor movimiento musical del siglo, el pop y el rock, que si bien eran tributarios de otras fuentes originarias, sensiblemente afroamericanas, asistimos a la discusión posmoderna de la cultura, a la construcción del habitáculo perfecto para proyectar nuestras vidas, a su déficit comunicativo, crítico y social, a las filosofías y el psicoanálisis; en fin a un pensamiento que ya andaba por las facultades en los años sesenta entre el marxismo y la socialdemocracia: había que intentar el estado del bienestar, un bienestar común y expansivo, que llegara a la mayor cantidad de personas posible.

 

Y en este país se asentaron las premisas desde las que partir en asuntos tan importantes como el matrimonio homosexual, la defensa de los colectivos LGTB, leyes sobre la violencia de género, la contención de la sangría de mujeres víctimas de abusos, una mirada más atenta y reflexiva sobre los animales, la alimentación o la educación los niños y niñas, el dialogo como agente regenerador de pueblos asolados por la violencia política y otros problemas como la insalvable distancia que separa la riqueza de la miseria, para que el esfuerzo sigua dando frutos.

 

Es posible que pensáramos también que podríamos vivir en comunas, como así fue y se construyeron pequeñas edificaciones con espacios comunes donde la socialización se extendía hasta la elección de la educación de los menores. Algunas aún sobreviven, dejando por el camino utopías y desencuentros y otras simplemente desaparecieron porque aún no estábamos preparados para una intimidad compartida.

 

Decidimos luchar por el testamento vital y la eutanasia activa, reflexión que aún continúa y no queríamos ni queremos ser cargas para nuestros hijos, por ello dejamos instrucciones para consultar en caso de duda. Pero lo que nosotros pensábamos como el éxito de una sociedad del bienestar, sanidad, educación, trabajo y justicia universal, se nos fue también torciendo a medida que nuestros padres se hacían mayores y tuvimos que pensar- y actuar por ellos; y ellos venían de otro mundo utópico; ellos venían de la represión y la paz, de la convivencia y la discrepancia, de un concepto de familia más matizado y tradicional que obligaba al individuo a aceptar ciertas pautas de comportamiento.

 

Ese mundo colisionó frontalmente con el nuestro: se empezó con el gran negocio de las residencias de mayores, franquicias, que nos ofrecían, nosotros decidíamos, lo mejor para los últimos años de vida de nuestros padres. Ni que decir tiene que esto trajo consigo muchos sentimientos encontrados, entre la libertad individual y el compromiso con el mayor, y por lo que sé casi nadie ha salido indemne de tomar ciertas decisiones que en un principio creíamos acertadas, y hoy, en este momento, lo serian si fueran como las pensamos; pero no fue así y nos encontramos que el sentido de culpa, un dolor oculto y arcano, y con un duelo muy difícil de llevar.

 

Y algunos creyeron y aún creen en el pseudo concepto de la moral judeocristiana como plomo que lleva al fondo y te ahoga, como si desde milenios anteriores y en casi todas las culturas que han sobrevivido, el anciano ha sido siempre un importante nutriente para la familia y la comunidad. El razonamiento es simple: si yo me encuentro mal y mi conciencia me está desequilibrando, tengo un culpable histórico que no es otro que el judeocristianismo y su moral, -debe ser la calvinista o luterana que tenían al judío por gentes inmundas, como también Voltaire, Nietzsche o Hegel…--

 

Y ahora cuando hemos visto la realidad enfocada nítidamente, algunos no salen de su asombro y empezamos a embolsar ancianos de residencias que ni se sabían de su existencia. Aquellos que intentaron dejarnos algo más que bienestar material, que nos amaron y sufrieron con nuestras desdichas y que quisieron educarnos en el reconocimiento de la vejez como valor y transmisión emocional y de conocimiento, se han convertido en el centro de un dilema moral -y ético- que nos está empujando a pensar -otra vez- en ellos como en nosotros.

 

Cuando cotejamos cifras, cuando escuchamos estadísticas, cuando tenemos conocimiento de que se ha movilizado el Comité de Bioética, que fue fundamental en todos los centros hospitalarios del mundo y en la OMS, y cada vez más seres humanos se cuestionan sobre el mismo problema y la máquina de reflexionar, que estaba sin engrasar y a expensas del mercado, se ha puesto en verde, nos va a faltar tiempo para recuperarnos de una ida sin duelo, sin despedidas, sin cantos, sin liturgia, sin abrazos; en fin todo aquello que nos hace humanos que no es sino la compasión, ponerse en el lugar del otro e intentar comprenderlo, aunque medie la moral judeocristiana, pero es necesario que nuestros mayores no sigan saliendo por la puerta de atrás, sin una mirada de reconocimiento.

 

De eso se trata y estoy consciente de que estamos en un periodo terrible y desconocido, pero de otras hemos salido, pensando y actuando adecuadamente y que cada uno aporte lo que pueda para que no tengamos que plantearnos la mayoría de edad como un fardo que vamos pasando de uno a otro hasta que termina deshecho y perdido en el polvo.

 

Sergio Domínguez-Jaén es poeta y escritor.

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