En la mañana de hoy caminé el sendero más fantástico que jamás pensé que realizaría, durante una momento de reflexión y tranquilidad. Comencé el camino en el pasillo, donde pude recorrer las largas llanuras de Tatooine, y pude saludar a Luke Skywalker, sentado en un aerodeslizador, junto a R2D2, C3PO y su hermana Leia, quienes me dijeron que la suerte me acompañe. Y el eterno maestro Joda me animó con lo de la fuerza contigo estar.
Y me dirigí a la cocina jubilosamente, donde por un lado me encontré con el planeta de Hoth dentro del congelador, con su eterno frío, y no muy lejos pude hallar el ardiente planeta de Spock, Vulcano, quien junto al intrépido capitán Kirk me saludaron cordialmente, desde el puente de mando de la Enterprise, con el saludo vulcano de mano arriba y dedos separados de dos en dos y deseándome larga vida y prosperidad. Ambos estaban siendo teletransportados al sartén, que por un momento se había convertido en esta insigne nave interestelar.
Salí de aquel sistema solar mezcla entre Star Trek y Star Wars, con su inolvidable Darth Vader y aquello de Luke, soy tu padre. Los Klingons, mientras salía me saludaron en una lengua que me niego a aprender, para luego dirigirme a la habitación de mi pequeño, donde encontré una mezcla de colores entre Pocoyó, La Estación de Thomas, los bolos, música en colores, Cars y Aviones en puzles, y hasta un arcoíris hecho faro. Al fondo aún en su caja, estaba el Oso Yogui y Bubu, quién aún exponía aquello de: ¡Oye Bubu, vamos a robar una canastillas a los domingueros, hoo, hoo!
Pero sin embargo y a través de la ventana pude intuir un mundo de Warcraft mezclado con Doom. Sus grises colores de estos días no me llamaron y me decidí quedar para seguir mi casero sendero. Salí de aquel mundo infantil para buscar nuevas aventuras.
Y paseando llegué hasta una habitación donde aún se podía oler a Nueve semanas y medio, con sutiles toques de 50 sombras de Grey, y ciertos enfoques de Juego de Tronos y los corderitos del insomnio…
Al salir y siguiendo el sendero a mano izquierda me topé de bruces con la ciénaga de Shrek y su familia, quienes me invitaron a café y galletitas de jengibre, y me recordó lo que siempre mantenía, mejor fuera que dentro. Bajo la sombra del sauce llorón disfrutamos de las vistas de las hermosas cascadas del mundo de los Elfos del Señor de los anillos, donde el aroma afrutado del ambiente nos transportó a las verdes praderas de La Comarca de El Hobbit. Bajo la cascada Gollum acariciaba dulcemente el Anillo de poder susurrando: ¡mi tesoro! Y Gandalf, desde la ventana del patio me gritó ¡no puedes pasar!, para continuar con lo de ¡corred insensatos!
Cuando salí, vi al final del pasillo infinitas dunas, pero en esta ocasión me había trasladado a Dune, cabalgando sobre lomos de los enormes gusanos nadando en ellas, donde se encuentra el cruce de camiones entre el salón, el mismo pasillo y la alacena. Y junto a la puerta un jarrón con las dulces rosas rojas de Pretty Woman.
En la alacena pude entrever bajo la tenue luz, las herramientas del carpintero de Pinocho, las cajas con la barca de Tiburón y los aromas del pienso de El hombre que susurraba a los caballos. Aquel lugar era también el hábitat del canino Alien, el octavo pasajero. Y junto a él una escalera que me llevó a lo más alto de Las Rocosas para encontrarme con John Wayne en El Dorado. De allí me dirigí al salón, entusiasmado por la aventura, donde pude ver el mundo más diverso de todos.
Estaba el universo de Cybertrón y Los Transformers, quienes saltaban sobre el Capitán América y el resto de Los Vengadores, y escapaban de Los Minions quienes gritaban al unísono ¡bananaaaaa!, jugando a la Cogida, mientras La Liga de la Justicia esperaba su turno. Aquí vi el mundo del juego de mi hijo, quien con disfraz de Spiderman saltó repentinamente del sofá al suelo y correteó con risas y gritos, siguiendo mi camino. En la parte alta de una loma escalonada contemplé el mundo más mágico, de hojas y letras que llevaban a mundos tan diversos como Poe, Cervantes y molinos de vientos, Darwin, la Conquista de Canarias, los mundos de Reverte y el Capitán Alatriste, de Homero, César y La guerra de las Galias, Benito Pérez Galdós y Shakespeare.
Allí olí lo que seguro era el aroma de la Cultura. Y enfrente, encerrados en ordenador y discos duros, contemplé el increíble mundo de Tadeo e Indiana Jones, hechos trabajo de verdad. Y Sentado en el sofá, con su serio encanto, Vito Corleone en el El Padrino me recordó aquello de que la familia es la familia.
Todo el camino fue ambientado por las bandas sonoras de Carros de Fuego, Los Inmortales y Memorias de África, aunque me da que alguna melodía era de Rocky, La muerte tenía un precio, Mary Poppins, La Pantera Rosa, El último Mohicano, La Misión…
Y volví a echar un vistazo por la ventana. Allí me encontré al replicante Roy Batty de Blade Runner, quien con el rabillo del ojo me dijo aquello de Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de Puerta de Tannhäuser. Todos esos mementos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.
Mañana volveré a hacerme otro de estos apasionantes senderos de la mano de mi familia. Escogeremos el mundo de los cuentos de los hermanos Grimm. Y recuerden amigos y amigas que siempre quedará en el recuerdo el Cobi92, antes que con Covid19.
Abel Galindo Rodríguez es arqueólogo, historiador y ciudadano de Telde.


























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