Casi dos millones de ancianos viven solos en España. Siete de cada diez son mujeres. A nadie parece importarle esto. Ya no es extraño escuchar una noticia sobre el hecho de que se ha encontrado muerta después de tres días a una persona mayor que vivía sola y a la que nadie había echado de menos.
Algo ocurre en una sociedad cuando abandonamos a nuestros ancianos a su suerte. Abuelos, abuelas que sufrieron una época terriblemente dura en la posguerra, que pasaron hambre, penalidades, que incluso tuvieron que emigrar y que, con su esfuerzo y sacrificio, levantaron este país, son ahora desechados como material inservible.
La deshumanización empieza en casa. Se desprecia lo que no produce, lo que no tiene valor. A las personas mayores sólo se les recicla si sirven como sostén a muchas parejas o hijos a quien aún mantienen con su pírrica pensión; si no es este el caso, estos abuelos y abuelas, viudos o sin hijos que se preocupen de ellos, viven y mueren solos en el silencio de la soledad.
El abandono que hace la sociedad de nuestros mayores es un signo más de la deshumanización, la superficialidad y el vacío de esta era en que vivimos. Este rechazo es una prueba de nuestra capacidad de ingratitud. No valoramos ni agradecemos lo que han sido y hecho por nosotros como personas y como país. El mayor signo de desmoronamiento de una sociedad civilizada comienza con el desprecio del mayor potencial de sabiduría humana que tiene la gente mayor; en nuestra miopía no sabemos reconocer el caudal educativo que pueden aportar a la sociedad estas personas mayores.
La desconexión vital entre generaciones debe ser un hecho tratado con máxima urgencia. Corremos el riesgo de caer en la soberbia de quien se cree único, autosuficiente y sin obligaciones ni derechos con nuestro pasado. Somos seres sociales, vivimos en sociedad y necesitamos de los otros, por mucho que en nuestra potente juventud o egoísta madurez creamos no necesitar a nadie.
Aun si esto fuese cierto, que no necesitas a nadie porque te has hecho a ti mismo, sí hay alguien que necesita que le hagamos sentir importante, sentir que su aporte, su esfuerzo y su sacrificio han valido la pena, y que al menos han creado hijas e hijos agradecidos y solidarios.
Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura.

























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.147