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La culpa es del demonio

direojed Sábado, 02 de Marzo de 2019 Tiempo de lectura:

Finalmente la cumbre papal contra la pederastia no ha complacido a nadie. Este primer encuentro para tratar la pederastia en la iglesia no ha sido abordado de forma franca, puesto que, en lugar de acudir al fondo de la cuestión y hacer una sincera autocrítica se ha quedado en la superficie.

 

La iglesia, con el Papa Francisco a la cabeza, ha demostrado que su intención no era otra que limpiar su imagen -ya bastante deteriorada, cada vez menos católicos en América y Europa-, pero sobre todo para dar respuesta a las miles de víctimas de abusos sexuales a las que ya no podía hacer caso omiso.

 

Se ha perdido, pues, una buena oportunidad para modernizar a la iglesia y expulsar a sus manzanas podridas, pero todo se ha quedado en recriminar a quienes comenten los abusos sexuales considerándolos monstruos, sin tomar medidas específicas contra esta lacra que carcome a la iglesia. Nada de mediadas ni de actuaciones concretas que demandaban las víctimas, silenciadas durante años y condenadas de por vida, y quienes aún confiaban en que el Papa les escuchara. Medidas tan racionales como la eliminación del silencio pontificio o la tolerancia cero como justamente demandan.

 

¿A quiénes no interesa que se llegue hasta el final?

 

Todo se ha volatilizado como los oropeles y fastos de esta iglesia que ha querido quedar bien con todos y no ha convencido a nadie. Al final , las conclusiones han sido tan inocuas como irreales: la culpa de todo la tiene Satanás.

 

La pederastia o el abuso sexual a los niños, que no sólo ocurre en la iglesia sino en el ámbito deportivo, familiar, o en cualquier espacio social donde haya un menor, es la consecuencia del patriarcado, es decir, de la histórica desigualdad entre hombres y mujeres. La consideración de la mujeres y niños como seres sin autonomía, de segunda categoría o propiedad del hombre, ha sido creencia generalizada durante demasiados lustros. Esta concepción ideológica y cultural, el patriarcado y no el demonio, es la que lleva a personas normales, prelados, curas, pero también a padres, hermanos y demás hombres corrientes, a cometer abusos contras seres indefensos, niños y niñas.

 

La pederastia, ese gran drama silenciado, no desaparecerá hasta que haya una igualdad real, y para eso no hay otra fórmula que el feminismo. Pero el Papa y toda la clerecía aún no se han enterado de qué va esto, o lo que es peor, le temen como se ha demostrado en las últimas declaraciones del Papa Francisco al comparar al machismo con faldas. Precisamente son los avances del feminismo los que han potenciado esta ola de denuncias; han sido precisamente estos avances los que han fortalecido a las víctimas, quienes se han atrevido a romper el silencio, al que la iglesia no ha sabido dar respuesta.

 

Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura.

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