Estamos aquí con Juan, fueron las palabras que acertó a decirme María cuando recibí la llamada. Estamos aquí con Juan acompañándolo, ahí está dolido y sin pesar. Se fue, siempre estuvo buscando a dónde-, en silencio, humilde silencio el de Juan Jiménez, no nos quiso molestar ni durmiendo como quedó junto a la que inspiró gran parte de su vida y su obra: seria, sobria y comprometida.
Juan fue, es y será necesario en la poesía española, ni que decir de la canaria; porque su perspectiva de la historia, su lectura de la realidad tenía surcos, como los de las tierras del sureste de la isla, donde pasó su infancia y aprendió aquello de la justicia y la verdad; una justicia y una verdad que se escondía o se mentía, y él salió a buscarla y la encontró en los rostros y las cicatrices de una generación de hombres y mujeres que se deslomaron en las tierras de otros. Y entendió que la historia no era antojadiza sino cumplimentada por los victimarios.
Elevó la voz, cuando pudo, que fue siempre, y quiso poner su parte de cordura en esta historia, la de las islas, la de su isla, la de su lugar que no era otro que el prójimo. Porque la fórmula para redimir la historia y sus subproductos, aquellos que terminan siendo barbarie, le preocupaba enormemente. Él sabia que todas las instituciones que el ser humano intenta hacer a su medida tienen su trampa, que es más importante el ser humano que grita en silencio que el que vocifera a tientas y no entendía una poesía que aparte de ser un fruto estético fuera también político, para intentar despertar a un pueblo que en muchos hechos de su historia ha sido servil y acomodaticio, acongojado y sufriente.
Así, su inmensa capacidad de análisis y después de haber estudiado historia, periodismo, -dos ejemplos de sus intereses-, encontró en el desastre de la Segunda Guerra Mundial, en el Holocausto, en el mal industrializado, un campo semántico tan amplio que lo llevó a ser un investigador del marxismo y el nazismo como pocos han arañado. De esta premisa: historia, justicia, verdad se sumergió por años en la entraña judaica, estudió hebreo y su conocimiento de los hombres y mujeres que empeñaron su vida en la denuncia lo terminó por convencer de que no hay mayor mensaje y acción política que aquella que dejó la profética en el judaísmo. Buscó la raíz y encontró que sin la teología política de los profetas, ni el judaísmo ni todas las sectas emanadas de él, como el cristianismo, existirían; pero también tenía claro que una vez ese discurso fue manipulado, jerarquizado e institucionalizado se alejaba cada vez más de su propósito primigenio.
Su biblioteca sobre esta materia, su documentación sobre el Holocausto y el pensamiento contemporáneo, sus cientos de cintas de video y sus miles de libros, son una columna vertebral para entender la protohistoria y la historia de los que la existencia escoge para decirnos que todavía se puede redimir al ser sufriente de la existencia.
Escribió poemas tan hermosos e importantes como la carta a una madre y libros extraordinarios: Itinerario en contra; Para bajar con las palabras hasta la humillación o No es por el peso del sol por lo que cae y por supuesto La canción necesaria con Maria C.
Fue vehemente en su dialéctica, directo, sin ambages; consiguió que muchos que andábamos por ahí fuéramos sus amigos y atentos oyentes de su verso y nos animó a dejarnos escuchar, a escribir, a publicar, a salir al paso de tanto atropello. En ocasiones bajó la guardia, cansado, harto del ninguneo y lanzó papeles al aire de la justicia; muchos de esos papeles están en mi camino, en mi memoria y en mi poesía y digo con dolida franqueza que fue hermano de sus amigos. Desde muy pronto se le puso el itinerario en contra, pero tenía a María como necesaria; y ahora nos toca a nosotros María, que la historia no repita otra de sus trampas.
Sergio Domínguez-Jaén es poeta y escritor.

























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