Dormían tranquilas las conciencias de quienes pregonaban tener la conciencia tranquila cada vez que les denunciaban o les imputaban por corrupción. Tanto se repitió la tranquilidad de las conciencias de los corruptos y culpables de delitos diversos, que acabó por aceptarse como absolución universal.
Tener la conciencia tranquila era síntoma inequívoco de que un acusado de algo era inocente -querían decir los aludidos-, obviando que esa tranquilidad, de ser sincera, puede ser también síntoma de que el culpable no tiene conciencia.
Pues bien, años vivimos los españoles gobernados por tranquilos que utilizaban el dinero público para vivir como ricos sin permitir que las necesidades de la mayoría, que vivía como pobres, alterara su tranquilidad. Hasta que un día, por razones seguramente más complejas de lo que supone el español del montón, una mayoría de diputados decidió echar al tranquilo Rajoy y a su gobierno. El partido conservador de lo de siempre se vio de pronto sin presidente del gobierno del estado y sin presidente del gobierno del partido.
Pero la dolencia, con ser grave, no parecía terminal. Para sustituir a Rajoy, se presentó una mujer en todo semejante al patriarca; conservadora de su ideología y heredera de su parsimonia. Con ella, el Partido Popular podía haber convencido a sus votantes de que la moción de censura había sido un accidente que se podía superar relegando sus causas al pasado y enfrentándose al futuro con la ilusión de seguir viviendo durante varias décadas en paz, sin experimentos, sin cambios, sin sobresaltos, flotando plácidamente en la balsa de aceite de la estabilidad. Pero no pudo.
Como si un espíritu maléfico, no contento con amputar unos cuantos miembros, se hubiera propuesto dejar al partido hecho añicos de modo que tardara décadas en reconstruirse, la heredera de Rajoy fue decapitada y se puso en su lugar a un joven de una ignorancia política incalificable. Con Pablo Casado se acabó la tranquilidad y llegó la histeria. Viendo y oyendo sus disparates y los de su equipo, propios y extraños se preguntan de dónde habrá salido tanto loco en tan poco tiempo.
En una sola semana, la semana que termina hoy, Casado, Dolors Montserrat, Tejerina, Hernando y García Egea han dicho y hecho tantas barbaridades como para que cualquier persona equilibrada se cuestione la sensatez de votar a esa gente. ¿Cómo es posible que los dirigentes de un partido conservador pongan a sus votantes ante la disyuntiva de cambiar su voto traicionando sus convicciones o votar por extremistas rabiosos que parecen sufrir un trastorno emocional que podría ser o no transitorio? ¿Será que esperan que en España se repita la inexplicable irresponsabilidad colectiva que llevó a la Casa Blanca a Donald Trump y al gobierno de Italia a los tarados de la Liga Norte?
En los meandros del alma humana todo es posible, pero los que se han decidido por la estrategia del disparate para salvar el Partido Popular deberían tener en cuenta que los votantes que anhelan no son americanos ni italianos; somos españoles, es decir, tan dados a copiar modas extranjeras como a llevar la contraria a quien aquí nos quiere liar.
Antes del cataclismo que arrebató el poder al PP, los votantes de la derecha contaban con otra opción; el joven líder de otro partido de derechas, pero aparentemente centrado, moderado y reformista. Varias encuestas le prometieron el gobierno. Tranquilo estaba el joven esperando que Rajoy se cayera del árbol tras el palo de una derrota electoral, cuando de una noche frenética a una aciaga mañana, al gobierno llegó otro, también joven, pero más guapo, más instruido, más bragado; enérgico, firme y con ganas de trabajar para reformar a fondo las estructuras del país tras la inmoralidad infrahumana de un gobierno entregado al gran capital que ignoraba las necesidades de los ciudadanos.
La joven promesa de los conservadores moderados se quedó con la boca abierta, las ojeras azules, los ojos vagando en la desorientación. ¿Ahora que hago?, va preguntando Rivera por la vida como un alma en pena. A la derecha, Pablo Casado, joven, bien vestido, con perpetua sonrisa de anuncio y dispuesto a exhibir sin miramientos cinismo, desvergüenza, ignorancia y lo que hiciera falta para dar titulares impactantes, empezó a atraer a todas las cámaras y alcachofas del país. A la izquierda, Pedro Sánchez, con planta de las estrellas de cine de los buenos tiempos y empaque de jefe de estado; irradiando sensatez y aptitud para el cargo; rodeado por el aura magnetizadora del poder que a todos fascina, se convirtió en protagonista de las noticias nacionales e internacionales.
Albert Rivera pudo haberse quedado en medio de los dos ofreciendo una alternativa entre el creciente desquiciamiento de Casado y las atrevidas reformas de Sánchez que asustaban al capital. Pero la moderación exige una gran inteligencia y habilidad estratégica si no quiere caer en la irrelevancia. Albert Rivera ha demostrado que carecía de ambas cosas. Alterado por su frustración y malaconsejado por su inexperiencia, el pobre chico decide correr más a la derecha superando a Casado en mentiras, insultos y disparates para arrebatarle la atención de la prensa sensacionalista.
Podría decirse que, con tanto alboroto, el español medio ha acabado aficionándose a la tila; pero no ha hecho falta. Con los dos candidatos de los dos partidos de la derecha metidos a ultras, compitiendo por darle los desayunos al personal titulando declaraciones frenéticas, al español medio se le están embotando las neuronas y las glándulas suprarrenales por simple saturación.
Miles de guionistas y programadores en el mundo entero se devanan la imaginación intentando descubrir nuevos modos de excitar la segregación de adrenalina. Famosos que se ponen a parir en la tele, detalles de crímenes sangrientos en todos los medios, fuego y sangre y coches disparados en las películas y en los vídeo juegos, hooligans que se pegan, futbolistas que se insultan, directivos de fútbol que no se pueden ver; sólo faltaba que los políticos de la derecha o sus asesores intentaran aportar otra dosis de emociones fuertes jugando a bárbaros con las porras en la lengua. Pero no se puede prolongar indefinidamente la excitación sin que el cuerpo se rinda.
En casos extremos de trastorno mental, la adicción a la adrenalina puede llevar a un joven a arriesgar la vida en la azotea de un rascacielos por hacerse un selfie, pero la reacción a un acceso de adrenalina en una persona relativamente equilibrada es caer en un agotamiento mortal.
La gente normal, es decir, la mayoría, está empezando a hartarse de los histriones de la derecha, de Casado y Rivera y equipos por igual, por lo mismos motivos que las mentiras y los disparates de los histriones políticos independentistas están llevando a la mayoría de los catalanes al hartazgo. Esto, que podría ser beneficioso para la izquierda, no beneficia en absoluto a la democracia. Un gobierno de izquierdas exige una oposición responsable. Perpetuarse en el gobierno sin control produce los efectos indeseables que la historia ha recogido sobre las últimas legislaturas de González, con los líderes socialistas convertidos en beautiful people.
Los españoles necesitábamos desesperadamente un gobierno socialista que reparara los desastres de Rajoy. Ya lo tenemos. Ahora necesitamos desesperadamente una oposición responsable que deje gobernar, que aporte ideas y correcciones cuando haga falta, que entienda que hacer política es procurar el bienestar de los ciudadanos y que nada tiene que ver con las guerras de lodo. Los españoles necesitamos un partido conservador con unos líderes verdaderamente instruidos, eficientes y honestos para que España no siga renqueando hacia el futuro a la pata coja.
María Mir-Rocafort es analista sociopolítico y columnista.


























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