Hay silencios que matan. Después del estruendo de las balas y las bombas, de los gritos de los heridos, del llanto de los vivos por sus muertos y por el hambre, en España se hizo un silencio que duró cuarenta años.
La muerte del amo de todos los españoles, que a todos nos había impuesto el silencio, desató una algarabía de júbilo en quienes anhelaban la libertad, en quienes luchaban por la libertad, en quienes no recordaban o no sabían lo que era libertad, pero sí la conveniencia de seguir a los vencedores. Los vencedores en ese momento eran los que pedían libertad. Parecía que, muerto el perro, España recuperaba la salud democrática que había gozado durante el breve sueño de la República. La mayoría se unió a la fiesta convocada por los que mandaban o aspiraban a mandar.
Pero cuarenta años es tiempo de sobra para que a las mentes paralizadas por el miedo se les anquilosaran la razón y la lengua. Acabada la fiesta, se acabó el desmadre, y la mayoría volvió a su cotidiana vida gris, marcada por las indelebles cicatrices del miedo.
Nos ofrecieron una Constitución que imponía el silencio sobre cuanto pudiera poner en peligro el bienestar de los más poderosos. La mayoría la aceptó. El miedo había grabado en las mentes la certeza de que solo en silencio se puede vivir en paz.
Y en paz pudieron repartirse el poder, sus privilegios y sus beneficios, lícitos e ilícitos, del rey abajo casi todos los que estaban y los que consiguieron meterse en las altas esferas de la política. La mayoría había vuelto a proteger su vida y su hacienda con el silencio. No había peligro de se pusieran a gritar. Los cuarenta años de paz franquista habían entrenado a la mayoría a ocuparse únicamente del ruido de sus propias tripas.
Llegó la democracia y, con ella, un quebradero de cabeza para los políticos. Porque la democracia le dio a la mayoría permiso para hablar un día cada cuatro años, más o menos. Eso obligó a los partidos a diseñar y montar una propaganda que atrajera el mayor número de individuos con derecho al voto. No se trataba de exprimirse los sesos para ofrecer discursos con propuestas inteligentes. Se trataba de ofrecer imágenes y eslóganes espectaculares que consiguieran penetrar por la vía subconsciente en los cerebros anquilosados de la mayoría. Anquilosados por los cuarenta años de silencio impuesto por la dictadura y por cuarenta años más de silencio de la razón impuesto por el ruido del espectáculo.
Constatada la idiotización de la mayoría, la prensa escrita, la radio y la televisión se pusieron con empeño a captar audiencia ofreciendo entretenimiento idiota para divertir a la mayoría idiotizada. En los programas de humor se procura evitar cualquier apelación a la inteligencia de los espectadores. La farándula se amplía para dar cabida a todo tipo de famosos elevados a la fama por cualquier motivo ajeno a sus logros como actores, actrices, directores de teatro, de cine, etc. Los programas dedicados a esa farándula variopinta, convertida en museo de excéntricos y excentricidades, ofrecen al espectador el cotilleo y las escaramuzas con los que puede identificarse cualquier idiota de barrio, de pueblo. “Ostras, tú, ¿viste cómo Fulano puso a parir anoche a Sutana en la tele? Casi se pegan”. Razón por la cual –calculan los responsables de las audiencias- más miles procurarán no perderse el siguiente programa, a ver si se zurran de verdad; con suerte, hasta puede que haya sangre.
Pero esta cruzada en pro de la idiotización general no se limitó, no se limita hoy a programas y páginas de “vidas alegres”. También los supuestamente sesudos programas de política acaban sucumbiendo al cotilleo, al amarillismo, a lo que más idiotizados pueda atraer, porque de la audiencia dependen los anuncios y de los anuncios, la salud financiera de los medios.
La política, para fortuna de los magnates de los medios de comunicación, se ha convertido en un entretenidísimo espectáculo gracias a los guiones que aportan políticos y periodistas.
El día de hoy, 11 de septiembre de 2018, nos ofrece dos ejemplos meridianos de los esfuerzos de políticos y periodistas por idiotizar y captar a idiotas.
Empecemos por la profundísima crisis política que ha causado la Ministra de Sanidad. La prensa, la radio, la televisión proclaman a voz en grito –portadas, tertulias- que Carmen Montón cometió irregularidades para obtener su máster en la URJC. La terrible noticia ha hecho temblar los cimientos del gobierno, de la democracia, del país. ¿Está justificado semejante alboroto?
Por supuesto. Los periodistas, ejemplo de sensatez y preocupación por la ciudadanía, consideran su obligación destapar el escandalazo para hacer justicia a los pobres estudiantes que tienen que sacarse un máster sin la ayuda de ningún privilegio. Muy bien. ¿Y hacer justicia a los estudiantes que tienen que esforzarse para sacarse un máster justifica que se cause la crisis de un gobierno que lleva cien días intentando reparar los descalabros de libertades y derechos causados por siete años del gobierno de Mariano Rajoy y su PP? ¿Y hacer justicia a estudiantes que tuvieron que cumplir con sus obligaciones justifica cargarse lo hecho y por hacer de una ministra para devolver al país la sanidad pública, gratuita y universal que el gobierno anterior se fue cargando a base de recortes y privatizaciones? ¿No se enseña en las facultades de Ciencias de la Información el significado de la palabra prioridad? ¿No se enseña lo que significa la palabra criterio; el imperativo ético que debe informar el criterio sobre el orden de prioridades?
Hoy no hay periodista alguno que se moleste en investigar los proyectos, esfuerzos y aciertos hasta la fecha de la señora Ministra de Sanidad y en acompañar, al menos, esa información a las suposiciones y sospechas que se vierten para cuestionar la regularidad de su máster de 2010. Esa información resultaría aburrida para los miles de idiotizados que piden marro. Los idiotizados quieren ruido, sangre, y eso es lo que hay que darles bajo cualquier pretexto.
Los más encantados con el terremoto son los incondicionales del PP, por supuesto. No les preocupa que el escándalo mediático sacuda a la URJC y que la onda expansiva afecte el prestigio de la Universidad en general. No quieren saber nada del estado de la sanidad tras la debacle del gobierno de su partido. Como forofos alucinados, saltan y gritan de júbilo por el empate Casado-Montón. El estruendo causado por el gravísimo caso de la ministra evitará que la prensa se lance a analizar los discursos de un futuro candidato a la presidencia del gobierno que está cuestionando sin ambages valores y derechos humanos fundamentales. La ideología y la trayectoria política de Casado no interesa a la mayoría idiotizada y el interés de la mayoría idiotizada es lo único que importa a la mayoría de la prensa que, como resulta evidente, se ha idiotizado también.
Poco que decir sobre el segundo ejemplo que no se haya dicho ya. Como sabe cualquiera que viva en este país, hoy es la Diada independentista de Cataluña. Los catalanes no independentistas podrán aprovecharla saliendo por ahí, viendo una serie, una película. La gran fiesta en las calles es para aquellos idiotizados que se han venido tragando durante, por lo menos, cinco años, la propaganda y los discursos para idiotizados que les echan los líderes independentistas, un día sí y otro también, porque hay que tener bien alimentada a la tropa, y la tropa de idiotizados se alimenta con chutes de adrenalina.
Desde los tiempos del ínclito Artur Mas, se les dice a los idiotizados, desde tribunas y escenarios, que se tienen que movilizar. La libertad de los presos, la independencia de Cataluña, les dicen, no podrán conseguirla los políticos; solo depende de la movilización de la gente en la calle. Y allá van los idiotizados, en romería familiar, a gritar y a cantar y a saltar creyendo que con gritos y cantos y saltos van a conseguir que el mundo entero presione al gobierno del estado español para que les otorgue la independencia. Lo único que consiguen las movilizaciones es que los políticos independentistas puedan seguir montando el espectáculo sin peligro a perder protagonismo y sueldo.
Me llega un texto de Vilaweb informando a los manifestantes de que la manifestación de la Diada terminará derribando un muro con Felipe VI y con una rueda de hamster. Prometen explicar al personal cómo funciona. No creo que haya mucho que explicar. El muro llevará al rey en efigie, por supuesto, y no creo que Torra se preste a meterse en una rueda de hámster, aunque sería muy precisamente descriptivo de lo que, en realidad, ocurre. Hace años, los independentistas metieron a Cataluña en una rueda que los idiotizados no han sabido parar. Y los no independentistas, ¿qué dicen? Nada. Les han hecho creer que los independentistas son mayoría, y tienen miedo de hacerse notar. El recuerdo de viejas cicatrices impone a la mayoría de los catalanes, el silencio, al igual que al resto de los españoles.
Tan acostumbrado está este país al silencio, tan idiotizado está, que un acto tan racionalmente loable como la rectificación, se considera bandazo. En cien días de gobierno, Pedro Sánchez y sus ministros han manifestado su intención de transformar un país resignado a una realidad política retrógrada. Con una trasparencia insólita, el gobierno ha ido comunicando esperanzas, intenciones. Cuando la información les ha demostrado que ciertas intenciones no se pueden llevar o tardarán en poderse llevar a la práctica, el presidente y los ministros han rectificado y comunicado la rectificación. Bandazos, gritan periodistas y tertulianos. Sánchez no sabe lo que quiere. Los ministros están descoordinados. ¿En qué país se ha visto que un gobierno rectifique? En todo país que tiene la suerte de contar con un gobierno racional, transparente y honesto.
La protesta en regímenes totalitarios puede costar la vida. Pero el silencio también puede matar y mata en todas partes. No decir a alguien a tiempo cuánto le quieres puede costar la felicidad para siempre. No decir que hasta aquí hemos llegado puede suponer la desgracia a perpetuidad. Si seguimos callando ante la evidente intención de idiotizarnos, estaremos cometiendo un acto de egoísmo tan grave que podría calificarse de lesa humanidad. Porque el silencio que anquilosó la razón y la lengua de los que sucumbieron al miedo, acabará destruyendo la libertad y los derechos en el mundo que vamos a dejar a nuestros hijos. Un mundo infestado de políticos y periodistas que, además de idiotizar a la mayoría, procuran borrar de su criterio los valores que nos hacen humanos: la libertad, la justicia, la solidaridad.
María Mir-Rocafort es analista sociopolítico y columnnista.

























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.148