Nada enseña más que la experiencia. Se educa con el ejemplo y la empatía, y esto ya lo sabían los romanos hace ya unos cuantos siglos, cuando comprendieron la importancia del teatro y construyeron maravillosas edificaciones que aún se conservan en todo su esplendor, como el teatro romano de Mérida que visito estos días.
Paseando por sus calles, asistiendo a las representaciones, reflexiono sobre la poca significación que se le ha dado a este arte en nuestro país, y lo poco que ha sido comprendido por nuestros gobernantes. Oyendo a Rafael Álvarez el Brujo, uno de los grandes en la escena teatral española, disertar sobre las grandes cuestiones existenciales y hacer pedagogía en escena, he vuelto a pensar en la importancia de este medio para educar a nuestros jóvenes, y no puedo más que sumarme a todas aquellas voces que demandan mayor financiación pública para esta disciplina a camino entre el arte y la educación.
Porque el teatro es la palabra llevada a la vida a través del juego de los personajes. Probablemente si los jóvenes de la manada hubiesen aprendido a través del teatro a ponerse en la piel de una mujer violada, jamás hubiesen llegado a hacer lo que hicieron.
Pero ya sabemos la poca importancia que se le ha dado en este país a la cultura y el desprecio al que se la ha sometido durante años. Su abandono ha ido en paralelo con la pérdida de valores de nuestra sociedad.
La acción teatral en la escuela ha quedado relegada a la buena voluntad de los amantes de este medio y algunas profesores arriesgadas que lo llevan al aula, sin medios y sin apoyo por parte de las instituciones. En cambio, nuestros niños y niñas, nuestros jóvenes, aprenden religión.
Deberíamos recordar que una de las funciones principales del teatro es hacer preguntas, mientras que la religión enseña dogmas incuestionables. El drama cuestiona el dogma. Porque el teatro es acción, pensamiento que impele a la acción y, por lo tanto, al compromiso y al activismo. Por esta razón, nuestros gobernantes han alejado el teatro del aula, y su lugar lo ocupa la religión.
Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura.


























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