Parte de España huele a pedo garbancero. Ya olía en 2011 cuando una mayoría muy mayoría votó a Mariano Rajoy sabiendo que entregaban el poder a un cuentista que nos trataba a todos como tontos soltándonos mentiras sin ningún empacho.
Esa mayoría muy mayoría decidió tragárselo todo: la plastilina del Prestige, las bombas de ETA en el Madrid del 11M, los muertos traicionados por Zapatero, las pensiones congeladas. Hay que conformarse con enumerar cuatro gordas porque una lista de las mentiras de Rajoy y los suyos llenaría varias páginas.
Casi ocho años después, con otras elecciones en las que la mayoría irredenta volvió a dar su voto al PP, la prensa de la Cofradía del Garbanzo Revenido volvió a echar ayer el pienso que llena barrigas y adormece conciencias para conseguir que la España rancia vuelva a tragar más mentiras de Rajoy, estas en sede parlamentaria y como testigo en un tribunal, y vuelva a votar a la derecha defensora de la España guarra y maloliente que tantos parecen añorar.
Sirvan de ejemplo tres portadas de diarios nacionales ─en sentido literal y figurado.
ABC: “Sánchez se entrega al separatismo para intentar echar a Rajoy”. ¿Dónde, cuándo, cómo? Es igual. La gente que echa de menos aquellos viajes en tranvía o autobús o metro que eran una tortura para olfatos delicados y un sentirse en su salsa para los detractores de la ducha diaria, no se hacen preguntas ni físicas ni metafísicas. Tragan lo que les echen con la feliz inconsciencia de los cerdos, y se acabó.
El Mundo y La Razón sacan al hombre del saco porque nada más efectivo que el miedo para amansar a los cobardes. Dice El Mundo: “La moción temeraria de Sánchez conduce al bloqueo. La incertidumbre política castiga los mercados”.
Y La Razón dice: “La moción de Sánchez dispara la prima de riesgo y tumba el Ibex”. En honor a la verdad, hace años que el Congreso está bloqueado por la defensa del PP y su socio bonito, Ciudadanos, sin árbitro que controle la barrera. En honor a la verdad, desde que gobiernan los paladines del libertinaje financiero, en este país no hay fuerza humana ni divina que castigue a los mercados. En honor a la verdad, ni la prima de riesgo se ha disparado ni el Ibex se ha ido al suelo. Pero claro, el que en este país se atreve a hablar en honor a la verdad o es que se ha caído de un guindo o es que se pitorrea o es que le sobran atributos para enfrentarse a lo que haga falta.
La verdad de la verdad es que Pedro Sánchez se ha ofrecido a hacer limpieza general y la derecha garbancera ha prorrumpido en gritos de terror ante la amenaza del cepillo y la lejía.
Albert Rivera está desolado. Las encuestas le prometían mudanza a La Moncloa para dentro de poco. Ya soñaba, con fundamento, empezar en palacio cuatro años de vacaciones de marqués dejando las farragosas tareas del gobierno en manos de los del Ibex, que saben mucho, y librándose de la desagradable colonia de lavanda en la que se bañaba cada día para tapar el olor a garbanzo al ajo viejo. ¿Qué hacer ahora ante la amenaza de los rojos? Es de suponer que está echando mano de las aspirinas porque a lo mejor ni Aznar se le pone, presa de su mismo desconcierto.
Pablo Iglesias está resignado. Tendrá que esperar un poco más para llegar a la gloria, pero el jardín con piscina de Galapagar alivia el estrés y calma las prisas. Su apoyo sin condiciones a la moción de censura le presentará ante la ciudadanía con nueva faceta de hombre de estado. Una vez patente su igualdad de condiciones con Pedro Sánchez, tendrá en las urnas todas las de ganar. Es mucho más fotogénico y mediático que el socialista, y en España ya se sabe que lo que no se anuncia en pantallas no se vende.
¿Y los políticos independentistas de los que parece que va a depender el éxito o fracaso del intento de limpieza general? Por lo pronto, azuzando a sus órganos de propaganda para que estos azucen a los hiperventilados para que estos siembren las playas de Cataluña de cruces amarillas convirtiéndolas en cementerios surrealistas para solaz de familias y turistas cultos. Si se oponen a la moción de censura imponiendo a su país y al país vecino dos años más de Rajoy y PP, quedan ante su electorado como el trasero en una estampa obscena. Y si votan a uno de los defensores de la unidad de España, también. Lo más probable es que se abstengan de forma simbólica en coherencia con su delirante afición a los símbolos. Sus incondicionales lo comprenden.
¿Y el PSOE? Más unido que nunca, todos con cepillos, mochos, cubos y lejía, dispuestos y con ganas de dejar a España como los chorros del oro. Los medios no dan crédito.
Ayer, una periodista entrevistaba en la radio a un alto cargo del PSOE retorciéndose cerebro y lengua para sacarle algo contra la moción de censura o contra Pedro Sánchez. No pudo. Susana Díaz declaró, ante otra alcachofa, estar incondicionalmente al lado de su Secretario General.
Es probable que a estas horas, directores y directoras de programas políticos de radio y televisión estén reunidos en comité de crisis decidiendo qué hacer si se quedan sin escándalos que les permitan competir con los programas del corazón. Seguro que Pedro Sánchez suelta un discurso técnico, desgranando las medidas de su programa de gobierno, y eso no le interesa a nadie. Seguro que Rajoy vuelve a repetir la sarta de mentiras sobre el bienestar económico del país, y eso ya está más oído que el “Despacito”.
¿Tendrán que ponerse a descubrir amantes y divorcios de políticos como periodistas de un sálvame cualquiera? Les espera un negro futuro inmediato devanándose los sesos o repitiendo en su programas que Pedro Sánchez está desaparecido y que el que aparece en el Congreso es un holograma.
En fin, que pronto empezará el Secretario General del PSOE, por la gracia de sus atributos y de los militantes, a correr muebles y levantar alfombras y explicarle al personal cómo piensa limpiar tanta mierda para que los ciudadanos de este país puedan acercarse al gobierno sin miedo a coger una infección.
¿Qué no consigue los votos necesarios para empezar la limpieza? Habrá conseguido de todos modos que la miseria en la que Rajoy y los suyos han convertido al país quede tan patente ante los ciudadanos, que a la mayoría se le caiga la cara de vergüenza y decida pensar antes de votar.
María Mir-Rocafort es analista sociopolítico y columnista.

























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