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Dulce venganza

dojeda Sábado, 05 de Mayo de 2018 Tiempo de lectura:

Y de pronto la red ardió. O eso parecía en el mundo del twitteo, del que reconozco no soy seguidora. Pero los medios radiofónicos y digitales se hicieron pronto eco de la noticia. Dulce Xerach, alto cargo de la política de Canarias desvelaba haber sido víctima de abusos sexuales por parte de un político canario. No sólo confesaba el hecho ocurrido en 1991, sino aún más:  reconocía no poder revelar el nombre del político en cuestión porque temía represalias, “quien lo hizo aún tiene poder político y me cerraría más puertas de las que ya me cerró en su día por decir no”,  escribía.

 

No se hicieron esperar las respuestas de apoyo inmediato de los  twitteros seguidores. Pero sobre todo, llamó la atención la insinuación de la jueza Victoria Rossel quien, en forma de acertijo, apuntaba al nombre del abusador. La adivinanza era más que evidente. Todos los dedos señalaron a Ricardo Melchior, reducto perenne de los viejos dinosaurios de la política canaria.

 

¿A alguien le extraña esta declaración? A mí, desde luego no.

 

Si el abuso, si el acoso en el terreno laboral, si la violación hacia la mujer,  ha sido hasta hoy un hecho tan habitual como silenciado, no es nada nuevo.  Tampoco  lo es el hecho de que sucede en todas las capas sociales, en todos los estamentos y todas las parcelas laborales. ¿Cómo no iba a existir en las altas esferas de la política donde los intereses, favores y prebendas son moneda corriente?

 

Que Dulce Xerach  se haya decidido no sólo  a denunciarlo sino a hacerlo público no debe extrañar a nadie. Lo realmente preocupante es que no hayan salido más casos como estos. Por otro lado, es comprensible que la mayoría de las víctimas puedan sentirse como Dulce Xerach:  entre el deseo de contarlo o el #nopuedocontarlo por miedo a más represalias.

 

Por mi parte toda  mi admiración y todo mi respeto a quien se atreve a hacerlo aun a riesgo de las consecuencias que deriven. Hoy más que nunca denunciarlo se convierte en  un acto no sólo valiente y  sino necesario  para las víctimas y para la sociedad entera.

 

Si el movimiento #cuéntalo, aparecido después del caso de la manada,  ha servido para que se destapen  miles de casos, a buen seguro  algunos hombres, y no sólo políticos,  ya deben estar temblado ante la posibilidad de que estas brujas  a las que no pudieron quemar un día, a las que mandaban a la hoguera, o defenestraban si no se sometían a sus deseos,   puedan hoy al fin hablar sin más artilugios que la verdad y decir: me ha pasado, he sobrevivido y  estoy aquí para contarlo.

 

Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura.

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