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La Inmaculada Concepción. La fiesta de Jinámar y la caña dulce

direojed Viernes, 08 de Diciembre de 2017 Tiempo de lectura:

Para mí el mes de diciembre es un mes mágico, es el mes en que las calles y los hogares se alegran con ornamentos navideños, centelleantes, ramos de acebo y flores de Pascua, es el mes en que toda Europa celebra la llegada de Papa Noel. Es el mes que hacemos el Belén y recibimos aquellos Magos que siguieron una estrella para celebrar el Nacimiento del Niño Dios.

 

Por eso al llegar de nuevo, el ocho de diciembre, se festeja la ternura de la Virgen, que engalanamos con sus mejores joyas y su vestido azul. Le besamos sus manitas y contemplamos esos ojos suyos que nunca se cansan de mirarnos, y sin saber por qué evocamos los sueños.

Porque son los días en que el pueblo de Jinamar celebra la Festividad de su patrona, el dogma de fe que celebra la Iglesia. La expresión de amor y belleza de la Virgen, la obra de Dios predestinada a la Maternidad divina y será por eso, que recuerdo que mientras mi madre vivió, coincidiendo con la Festividad de la Purísima, como ella decía, se celebraba el día de las Madres.

El día más grande para los habitantes y vecinos del pueblo de Jinamar porque en definitiva es el día de la madre de todas y todos. El día en que festejan a su Patrona y a La Caña Dulce. Una fecha en que sus habitantes vuelven la vista atrás y evocan los ingenios de azúcar, el intercambio con Flandes, desde donde venían productos, tejidos, obras de arte que intercambiaban por el azúcar. Un hecho que modificó la estructura social y creó riqueza tanto económica como paisajística. Hoy seguimos recordando la huella que -en ocasiones- solo la arqueología puede reconocer.

 

Y sin olvidar que estos días son de maná y de hambre, de desigualdades, hombres, mujeres niños; años tras año repetimos las tradiciones, visitamos a Nuestra Madre, cumplimos nuestras promesas, bailamos y saltamos, y alegres y emocionados lloramos, temblamos, y con las manos llenas de fervor hacemos nuestras ofrendas.

 

Recorremos ese camino sin fin, nos arrodillamos y rezamos por los enfermos y los menos desfavorecidos a aquella misma Virgen que redimió en su día a los cautivos sarracenos, Sí, a la misma Virgen que sobrevive a los siglos, a la que protege nuestras vidas y nos espera en la otra orilla con ese Amor grande, grande que solo una Madre sabe dar.

 

Por eso hoy, como cuando era pequeñita, grito: -¡Viva la Madre de Dios, Viva la Inmaculada Concepción y La Caña Dulce.

 

Rosario Valcárcel es escritora y poeta.

Blog-rosariovalcarcel.blogspot.com

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