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La esclavitud que permitimos

dojeda Martes, 28 de Noviembre de 2017 Tiempo de lectura:

Desde que existen registros históricos, los seres humanos han sido comercializados, vendidos, comprados, muertos a latigazos, colgados, ahogados y comidos. Así, aunque se pase de puntillas sobre algunos aspectos de nuestra mutante naturaleza, considerados políticamente incorrectos, como el incesto o la antropofagia, ya sea del carácter que sea lo se ocupe, no nos hemos quitado de encima la lacra de la esclavitud. Ya la etimología de la palabra nos da una pista: los griegos llamaron a pueblos del norte de Europa esclavos, pues estos pueblos se daban a sí mismos el nombre de eslavos, a los que evidentemente aherrojaban, al tiempo que les impedían poseer los derechos que tenían los ciudadanos libres.

 

Quizás por ello, sabemos que siempre ha existido, aunque callemos por la demasía en la denuncia. Y no hablo de esclavos fruto del neoliberalismo salvaje, de las condiciones inhumanas en las que trabajan millones de seres humanos para empresas que después anuncian donaciones para cualquier fin que tape un poco la deshumanización del trabajo; tampoco  de los niños revolviendo basura, llevándose a la boca lo que desechamos, erguidos sobre montañas de escombro y mierda, muriendo infectados desnutridos, llorando como vinieron al mundo. Y de las millones de mujeres aterrorizadas, donde este término adquiere una dimensión incalculable.

 

Pero con todo, creo que el comercio de seres humanos tocó techo entre los siglos XVI –XIX, siglos abundantemente estudiados, analizados y convertidos en libros donde las páginas sudan sangre. Y sabemos los canarios algo de esto: Lisboa, Sevilla, Dakar, Las Palmas de Gran Canaria, Cabo Verde…fueron plazas importantes en el trafico de esclavos africanos.

 

Desde mi punto de vista no hay datos que superen la cantidad y la intensidad de esta mercaduría en la historia humana. De entre 12 a 16 millones de negros africanos fueron llegando a las nuevas tierras pisoteadas por españoles, holandeses, ingleses, portugueses, belgas, franceses, alemanes… ningún pueblo del viejo mundo, con posibilidades de expansión, se negó a negociar con estos seres en el mayor genocidio de la historia; estoy empleando el término como lo recoge Naciones Unidas, lo digo por si algún lector cree que me olvido de la primera mitad del siglo XX: la cuestión judía, pero ésta necesita un acercamiento más especifico, -porque se da en plena sostificación filosófica, artística, literaria, industrial - aunque creo que la sistemática era semejante, cada uno con sus mibres.

 

La esclavitud en la America precolombina era moneda corriente, así como en África pero no fue hasta que las mentes enfermas de los antropocentristas europeos pusieron la maquinaria en marcha con una eficacia poco común. Y tampoco olvidemos que por el lado de Oriente los árabes y luego los musulmanes esclavizaron también a millones de personas, tal es así que en un momento determinado sobre África se cerraba una tenaza: por el Índico los musulmanes y por el Atlántico los europeos y en enmedio los negros atados de pies y manos rumbo a la muerte.

 

Ahora, en estos momentos, no se esconden los traficantes, a plena luz del día en algunos puertos de África, se vuelve a exhibir –como en los zoológicos humanos que tanta diversión dieron hasta los años cincuenta del pasado siglo-  la mercancía humana para su venta en subasta. Algunos hasta se acercan a mirar la dentadura de los miserables para descartar enfermedades y otras dolencias. Evidentemente no estamos dando la talla como seres humanos razonadores, ni siquiera llegamos a la medianía de la responsabilidad y el deber de denuncia. ¿Cómo es posible que estemos buscando a dónde ir en la nebulosa del espacio y permitamos el mayor acto de violencia contra un ser humano?

 

Sergio Domínguez-Jaén es poeta y escritor.

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