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Inolvidable desayuno

Direojed Domingo, 12 de Noviembre de 2017 Tiempo de lectura:

Esta columna va por ellos, por esos amigos de la adolescencia a los que perdí de vista con las mudanzas de la vida, las mías y de la de ellos hasta que hace seis años entró en una fiesta. Ella. Llegó con amigas comunes; abrazos, risas, recuerdos y cariño. Su compañero, ayer amigo de juegos, luego novio y más tarde marido, estaba entre el barullo de los saludos.

 

Siempre guapos, de miradas francas, limpias. Rubia, menuda y risueña. Sabía de su sentido del humor y en aquella fiesta descubrí a una mujer generosa, perfecta dinamizadora de un festín en el que conocía a la mitad de los invitados; yo a la otra mitad. Hacia quince años que no nos veíamos pero el reencuentro no supo de tiempo.

 

Como si fuera ayer. En aquel escenario estaba claro que cantaríamos y que nos entregaríamos a la causa de animar hasta rompernos la garganta. Así fue. Los amigos saben que la mejor que se lo pasa en ese ambiente soy yo y sí el resto se apunta, bienvenidos. Esa estrategia nunca falla, así que al poco nos metimos en faena. Yo empuñando la guitarra, ella envuelta en una pañoleta española, dejando la poca vergüenza que le queda en un cajón, como hacen las buenas animadoras.

 

Finalmente siempre es la segunda que mejor se lo pasa cantando coplas a las que le echa sal y pimienta. Su marido es prudente y la mira desde la distancia con un amor que se le escapa por los ojos. Desde ese día decidimos reencontrarnos, que valía la pena hacer el esfuerzo de vernos más, que nos unen muchas cosas. Conocemos todos los entresijos de los vecinos del barrio que nos vio crecer. Sus miserias y sus pocas grandezas. Así lo hicimos.

 

Hace poco tocó fiesta en su casa y en la cocina, el mejor sitio para las confidencias, mientras llegaban los invitados me mostró un vídeo. “Míralo y te cuento…”. Eso hice. Concierto de Roberto Carlos. No entendía nada. “Fue un regalo de mi marido. Hace un par de años junto al desayuno había un sobre. Lo abrí y tenía dos pasajes, dos entradas y reserva de hotel. ¿Qué es eso?, pregunté”. Y él respondió risueño. “Que nos vamos a ver a tu ídolo, Roberto Carlos. Canta en Oporto. Lo supe anoche y lo arreglé todo, salimos mañana”. El vídeo mostraba a los dos en las primeras filas. Juntos, emocionados, felices.

 

Hoy quería contarles una historia de amor y ésta lo es.

 

Marisol Ayala es periodista. Artículo publicado en su blog.

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