Nos ha pasado a todos. Te calientas, discutes y al final acabas mandando al alumno o a la alumna fuera del aula. Suele pasar cuando pierdes los estribos: tienes un mal día, no aguantas más y quieres acabar de una vez con la actitud desafiante de ese adolescente toca pelotas que tienes delante de ti. “Anda, date una vueltita por el aula de castigo”, le dices.
Entonces respiras hondo y continúas con la clase, pero sabes que el problema no se ha resuelto; al contrario, sabes que has perdido la batalla y acabas de dar tu clase con una sensación de desánimo y derrota de la que no te desembarazas en todo el día. Por eso, al día siguiente, ya más calmada, te sientas sola frente al muchacho y le preguntas qué le pasa, por qué se empeña en interrumpir constantemente las clases y mantiene contigo ese pugilato constante. Le explicas que también para ti es duro soportar esos desplantes, le prometes que esta vez no pasará pero que te gustaría ayudarle.
Con suerte y mucho de empatía, el alumno o la alumna te contará sus razones (siempre las hay). Quizá tan sólo desee destacar frente a los demás porque se siente despreciado y ninguneado por el resto, (¡es tan dura la vida de un adolescente!); tal vez arrastra un problema de abandono familiar, o hace tres meses que no ve a su padre y siente rabia contra el mundo y su injusticia.
Respiras hondo, entiendes que no puedes salvar a todo el mundo, que tienen gran parte de razón en hacer lo que hacen: arrastran situaciones familiares desesperadas y su única vía de escape es tomarla con el mundo del adulto que, en este caso y por seis horas, lo representa el profesor o la profesora. Pero debes continuar con tu trabajo y atender a la mayoría, y eso te obliga a un acuerdo de mínimos para la buena convivencia en el aula.
Nuestros políticos deberían pasar por el aula, convivir durante todo el día con adolescentes y aprender algo de diálogo y convivencia. Por cuestión logística, ellos son más y siempre tienen ganas de fiesta; por cuestiones metodológicas, si se sienten despreciados e injustamente tratados, seguirán los enfrentamientos; por razones de sentido común, no hay amores a la fuerza; por cuestión de lógica, la represión provoca mayor enfrentamiento.
Rajoy y su gobierno han encendido la pólvora en Cataluña: enviar a todo el gobierno catalán a la cárcel sólo es el reflejo de su propio fracaso. Debería haber dialogado, y continuar haciéndolo hasta el final. Apoyarse en el cumplimiento de la ley, como el profesor en su autoridad, no sirve de nada si no te avala la razón y el humanismo, que es sólo la comprensión de todos los motivos y las razones de las partes: comprender, empatizar, dialogar, humildad, no hay otro camino, porque otros vendrán y serán más fuertes.
Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura.

























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