Una mano que se desliza, una mirada turbia, una insinuación velada, una consideración especial a cambio de ciertos favores, una alusión a nuestras bondades: si tu quisieras…. Es el acoso sexual en el trabajo. Un secreto a voces que pocas nos hemos atrevido a contar y que sigue vigente e impune. El paradójico delito que ellos cometen y nosotras cargamos, como una cruz, como un estigma de nuestro sexo, una marca de nacimiento que viene inscrita en nuestro ADN por el hecho de ser mujer.
El acoso sexual se alimenta de la desigualdad de género, de la vergüenza, de la humillación de la mujer que asume el delito como un sentimiento de culpa, porque no nos tapamos demasiado, porque fuimos demasiado risueñas, o porque tal vez le dimos pie sin quererlo. Y así sigue creciendo amparado en el silencio, alimentado por las consignas que nos dijeron desde niña: callar y aguantar; soterrado y oculto en todos los estamentos, en todas las edades.
Es el gran secreto a voces del que nadie se atreve a hablar, salvo ahora que algunas actrices de Hollywood, tras el caso de Harvey Weinstein, han decidido hablar y denunciar el acoso sufrido por los directores de cine. Y ha sido como una bola de nieve que ha ido creciendo hasta llegar al parlamento europeo, donde las eurodiputadas también se han sumado al yo también, y han comenzado a relatar su propia experiencia. “Soy una mujer, claro que lo he vivido”, responde una eurodiputada a la pregunta de un periodista. “Pero no me siento muy orgullosa al decir que hice lo que hace la mayoría de las mujeres hasta ahora, poner buena cara e ignorar que ocurrió. “
Pero ocurre y sigue ocurriendo, alimentado por nuestro silencio y la complicidad de muchos hombres. El ministro francés de Economía, Bruno Le Maire, dio la clave de este asunto: “No denunciaría a un colega si supiera que es un acosador activo”. He ahí el quid de la cuestión. Mientras ellos se protegen a sí mismos por si un día les puede sobrevenir esta necesidad, ese impulso irrefrenable de acosar a una mujer en el trabajo, nosotras callamos.
Mientras ellos creen saber mejor que nosotras lo que una mujer necesita (así lo manifestó sin inmutarse el eurodiputado húngaro que dijo que a “algunas mujeres les gusta que les acosen y a otras no, un hombre normal sabe a qué mujeres les gusta que se aproximen y cuales no”), nosotras toleramos y callamos. Porque una mujer sabe que debe callar, es lo que ha aprendido: que es normal sufrir insinuaciones o acoso. No es a la única a la que le ha pasado ni será la última, y seguirá mientras el mundo sea mundo. Mientras, los acosadores se atrincheran en la complicidad de nuestro silencio.
Ahora, los eurodiputados han aprobado un acuerdo para que se examinen de forma urgente los casos de acoso sexual en el parlamento. Pero hará falta algo más que leyes para cambiar toda una mentalidad patriarcal y machista. Hará falta que todas denunciemos. Algunas ya hemos comenzado a hacerlo .
Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura.

























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.148