Hace relativamente poco tiempo se exhibía en los cines de nuestro país una película interpretada por Leonardo di Caprio que narra la vida del explorador Hugh Glass, quien, con la fuerza de voluntad como su única arma, se enfrentó a un territorio hostil, a un invierno brutal y a la guerra constante entre las tribus de nativos americanos, en una búsqueda implacable para conseguir vengarse.
Salvando las distancias, a Pedro Sánchez le ha ocurrido algo similar porque hace unos meses se vio abocado a un territorio hostil dentro de su partido donde era evidente la batalla entre las distintas “tribus” que en el PSOE existen y a lo que se ha enfrentado con una gran fuerza de voluntad alimentada por su deseo de venganza hacia todos aquellos que lo defenestraron.
A Pedro Sánchez lo dieron por muerto y quizá por eso no le hicieron mucho caso cuando comenzó su particular cruzada para intentar recuperar el terreno perdido. Ha tenido a su disposición un tiempo precioso para exponer sus razonamientos sin que nadie los contrarrestara instalados en la comodidad de pensar que era un cadáver político complementado por la tibieza de Susana Díaz que estaba esperando entrar en Madrid “bajo palio”, dejándose querer, llevándose de las alabanzas que surgían de su entorno y perdiendo un tiempo precioso para presentar batalla y demostrar a las bases de su partido que era una candidata fiable y consistente más allá de su feudo andaluz.
A eso hay que añadir otras cuestiones tales como pensar que la militancia pasaría página al derrocamiento de Sánchez y lo que ha ocurrido es que le ha pasado factura. Además, su implicación personal en la maniobra del Comité Federal del 1 de Octubre fue tan directa que utilizó para la misma a tres dirigentes del PSOE andaluz de su máxima confianza. Por otro lado, estaba tan convencida de que arrasaría que convirtió la recogida de avales en una demostración de fuerza. Sin embargo, se equivocó en los cálculos y le dio a Pedro Sánchez el primer triunfo moral. Desde entonces, por primera vez, la militancia vio viable la alternativa de Sánchez, lo cual pudo contribuir a engrosar el volumen de los apoyos al ex secretario general.
Por si esto fuera poco, perdió la iniciativa en las propuestas porque primero dijo que no presentaría programa político. Que asumía el contenido de la ponencia política de la Gestora. Después, cuando se dio cuenta de que había perdido la iniciativa en el discurso, presentó un documento improvisado, con añadidos de última hora, transmitiendo la impresión de que su único ideario era su “PSOE ganador”.
También ha tenido inmovilismo frente al reto del separatismo ya que su empeño en ir a la contra de las propuestas de Pedro Sánchez le ha llevado a defender el inmovilismo que tanto se le ha criticado desde la oposición a Mariano Rajoy frente al problema del secesionismo catalán. Al final, se desconoce cuál sería su propuesta para frenar el proceso, más allá de ridiculizar o criminalizar por rupturistas las iniciativas ajenas. En definitiva, Susana Díaz ha resultado ser una líder con pies de barro que está viendo ahora peligrar su feudo en Andalucía y ya está preparando la anticipación del Congreso de aquella Comunidad.
Todas estas circunstancias han contribuido a que Pedro Sánchez haya podido lograr su objetivo que le puede permitir seguir adelante en su empeño de obtener la presidencia de gobierno y abriendo nuevas esperanzas a Pablo Iglesias para hacerse con el poder en la izquierda española apoyándose en los nacionalismos independentistas. Ése es el objetivo al que se dirige Podemos si pueden acceder al Gobierno de la mano de los socialistas. Cabe esperar por parte de Sánchez que, ante el peligro de perder el liderazgo de la izquierda, sepa cortar el paso al “iluminado” y provocador líder podemita que está intentando hacer valer su posición amparándose en el desconcierto que ahora mismo impera en las filas socialistas.
mi juicio, bueno sería que Pedro Sánchez deslumbrado por su afán de protagonismo y de querer a toda costa ocupar la Presidencia, se diera cuenta de lo que le esperaría si se le ocurre dar protagonismo al líder de Podemos que ha demostrado una vocación por el intervencionismo propio de los regímenes autoritarios. Si se fomenta el desconcierto podríamos vernos abocados a una sociedad en la que no se impongan las ideas lógicas sino las absurdas y contrarias a la convivencia que propugnan todos aquellos que no son capaces de tener el más mínimo sentido del respeto al orden establecido por una Constitución que votamos todos los españoles. Se estaría propiciando que nos gobierne la suma de unos grupos minoritarios que por sí mismos no tienen una significativa representatividad.
Si el líder socialista fuera capaz de comprender que por encima de su ambición personal está la estabilidad de todo un país y que su miedo por aparecer como perdedor le puede llevar a la sumisión a Pablo Iglesias, tal vez sería posible albergar la esperanza de que se pueda hacer frente con contundencia a esas alternativas que algunos quieren imponer para desequilibrar la unidad del Estado. Es una cuestión de convicción y voluntad y también de la actitud de Pedro Sánchez.
Segismundo Uriarte Domínguez es maestro y técnico en Radiodifusión.


























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