Hemos perdido para siempre nuestra capacidad de asombro. No hay nada que nos haga desperar de nuestro habitual estado de pragmatismo moderno y letargo. La capacidad de espanto ha desaparecido para siempre de nuestras vidas. ¿Será la causa la avalancha de información que nos bombardea? ¿Los continuos desmanes sin castigo? ¿Las atrocidades permanentes? ¿La impunidad cotidiana de los poderosos?
Lo cierto es que esta capacidad de asombro, fuente de la que se embebía la filosofía, el manantial que despertaba la curiosidad por el conocimiento en el ser humano, parece haber desaparecido de nuestras vidas.
En las islas, instalados como estamos entre la apatía insular y el estupor cotidiano, esta incapacidad se multiplica. El canario, el que vive fuera de la jaula, anda porque tiene pies y vive porque tiene días. Entre el sopor y la calima nos dejamos llevar porque el siroco nos empuja y la desidia nos aplasta.
No era de extrañar que en mi ciudad, el día de los trabajadores, cuyo lema de los sindicatos fuera precisamente tomar la calle, pasase sin pena ni gloria. Andaban los tranquilos lugareños de resaca porque la víspera fue día de comuniones o se habían ido a la playa; lo cierto es que no hubo manifestación ni persona que apareciese, ni reivindicación que sonara por ninguna parte.
En las Palmas fueron un par de cientos los que salieron a manifestarse. Al parecer entendieron los miles de explotados trabajadores que no había nada de lo que quejarse. “¿Para qué?” -parece decir el isleño entornando los ojos. “Siempre ha sido así y siempre será, los hilos los manejan los de arriba, la trama, el clan o la mafia, todo está atado y bien atado”. La mafia política, un puñado de empresarios controlan a los políticos, estos a los jueces, la televisión a la masas y la postverdad sigue en alza-
Lo dicho: cuando la barbarie se pasea delante de nuestros ojos cada día y perdemos la capacidad de asombro, mejor nos vamos a la playa. La esclavitud es lo que tienes. Acabas besando al perro que te muerde la mano.
Esta y no otra es la razón por la que no hubo mujeres explotadas ni obreros reivindicando, ni parados sin esperaza, ni jóvenes reclamando su parte, ni suficientes ciudadanos indignados.
Paseé por la calles de mi tierra como por un profundo desierto árabe.
Hasta anoche. La tensión se palpaba en el aire. El Atlético de Madrid y el Real Madrid jugaban. Emoción, victoria, retumbe de tambores, golpes de pecho del rey Ronaldo y adrenalina macha.
El pueblo despertó por un instante. Alzó las copas al cielo, bramó cual fiera salvaje durante esta noche y volvió de nuevo a su letargo.
Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura.


























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