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Risco caído y Tindaya

Dojeda Jueves, 30 de Marzo de 2017 Tiempo de lectura:

Para los que hemos pasado parte de la infancia y adolescencia en Artenara partimos de  una clara visión de la inmensa embestida de la piedra que no duerme, de la luz que no es ya luz sino su fulgor, de la claridad de lo escondido, del estallido de una llamarada que cada día hace que se invente la geografía.

 

Desde este espacio aislado en la memoria -porque es único-, el tiempo se podía detener, con solo recorrer el camino de vuelta asistido por los pasos que recordaban andenes que sin saberlo, para nosotros, era ya algo extraordinario. Para los que hemos dormido en cuevas donde al salir el sol o al poniente no sabias donde meterte de tanta belleza caída, rodando montaña abajo, hasta una desplome de mil metros donde se atisbaba un hilo de agua al fondo del barranco o te hacías pequeño para inventarte hueco en el Sao, donde la bóveda dejaba caer migajas de agua, en un bebedero que aún podía con la impiedad del sol de agosto.

 

Para los que caminamos de mano  y referencia de pastores la Cueva de los Candiles, la  Cueva del Diablo, el Pico de la Macha, donde por un cuarto de tabaco el que tenia las piernas más firmes subía, se ponía en pie, alzaba los brazos y parecía que iba a volar como los guirres, suavemente, planeando con unas alas que hacían sombra;  o en Cueva Caballero la oscuridad y la estela de color que reptando por el piso dejaba a cualquiera pensando en la grandeza y el esfuerzo colectivo de un pueblo que amaba  sus montes y caideros.  Cuando asistíamos incrédulos a la escena antediluviana donde un pastor amarrado trasponía entre retamas risco  arriba, hasta una alacena negra de humedad y  recuperaba la cabra que se había entaliscado con balidos de apremio Cuando hemos visto estrellas colgadas del basalto, como hechuras de un celaje  que te caían encima pero que no podías dejar que siguieran cayendo. Cuando te has parado embelesado ante unas formas geométricas  requiriendo maternidad o buenos pastos.

 

Cuando nos hemos alongado al abismo de la belleza, a una conspiración eterna del volcán con el mar, del fuego con el agua que quebró el enorme centro de Gran Canaria, no sabíamos nada de la UNESCO pero si de la magia, del sortilegio de unas piedras, de unos solapones huyendo vacío más hacia adentro, en la tahona alimentada con el mineral deshecho, hurtándose al desconocido, de una verticalidad difícil de aprehender, veíamos a los antiguos rastrear las huellas del pasado como si ellos hubieran estado allí, tan conocedores de sus propias tradiciones, y encelados con su cotidiana hermosura.


Y voy por un llano de color indescriptible, con lomas lisas, como joroba de camello, acercándome a un pasado que era presente, cuando las molinas no daban avío para triturar con sus muelas de piedra la sementera que alimentaba a las gentes de toda la isla, de valles , de montañas, de agujeros en la lava. Aquí me sale al paso Tindaya, alzándose madura, un poco lejana por su soberbia magnitud y llena de augurios indescifrables que solo unos pocos pudieron entender como un todo destinado a perdurar en el tuétano de sus descendientes.

 

Y este impresionante volcán quiere se vaciado para destruir una parte imprescindible de la prehistoria, con sueños vesánicos de catedral cúbica, sin entender que todo es todo y que castigar la piedra horadando su centro es horadar un lugar, que llamado sagrado, lo sigue siendo para que los que no ven más allá de sus posibilidades mineras: que se queden en lugar profano.

 

Y lo que es más difícil de creer: muerto el chamán del arte contemporáneo que imaginó su obra en un lugar lejano y extraño ¿quién es el que va a seguir con un proyecto que no tiene al sacerdote para que haga ablaciones, totalice y escarbe en un espacio que tiene una de las manifestaciones más importantes del mundo en podomorfos? La Unesco ya pasó por Fuerteventura  para reconocerla como Reserva de la Biósfera pero no reparó en la Alcogida, Tefía, Tindaya, Cofete,…creo que es hora de terminar con los expolios que han llenado siglos de caciquismo intelectual y de una vez dejar que la naturaleza siga asombrándonos con sus sinrazones. Porque la razón, en esta cuestión,  conduce a violentar la maltratada horma de una montaña que te dice que entras en lugar sagrado.

 

Sergio Domínguez-Jaén es poeta y escritor.

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