Son muchos en el mundo los que creen que el viernes 20 de enero se escenificó, ante el Capitolio de los Estados Unidos de América, el triunfo global del poder del Dinero.
Mientras la socialdemocracia va en retirada en todas partes y la tropa derrotada se retira atacándose entre sí, como si quisieran facilitar al vencedor su aniquilación total, el súbdito, indefenso, se encierra en su casa esperando lo peor; resignado a lo peor. Parece que se tratara del panorama de una batalla decimonónica de cualquiera de esas guerras que sacudían a determinadas poblaciones, hasta que la tecnología permitió los bombardeos masivos que no dejan casa donde guarecerse. Pero la similitud engaña. Hoy son los súbditos los que, afectados por un frenesí autodestructivo, ponen las armas en manos de quienes les atacan. Hoy es la mayoría la que entrega el garrote a los esbirros para que a todos nos muelan a palos sin compasión.
Colocados en el poder por los votos de los infelices, lo primero que hacen los servidores del Dinero es cortar el flujo de dinero hacia todo lo que sea bienestar social. El bienestar de las personas no les reporta beneficios. Lo sabemos todos. Como sabemos todos que no hay nadie que, teniendo sano el entendimiento, no pueda entender las cifras que dibujan el panorama de pobreza y desigualdad en el que todos malvivimos desde que los servidores del Dinero nos gobiernan. Entonces, ¿por qué siguen los votantes entregando el poder a quienes instauran la miseria moral y económica como el ambiente adecuado para las masas?
Ayer se convirtió en viral, con más de un millón de visitas, un vídeo en el que un descerebrado regala a un mendigo unas galletas rellenas con pasta de dientes. Justificó la ocurrencia diciendo que con la pasta, el pobre se podría lavar los dientes, porque los pobres, supone, solo se los lavan cada dos días. Esto significa que convive con nosotros en esta sociedad un individuo que a los diecinueve años no ha logrado comprender el valor de un ser humano. Ha habido una oleada de condenas a ese acto brutal, pero con toda la publicidad que ha recibido el asunto en todos los medios, es muy posible que el vídeo siga recibiendo visitas a millones. El individuo cobra según las visitas que reciba y de eso vive. Los beneficios que le reportará su última hazaña cinematográfica seguramente le harán olvidar las críticas. El dinero lo justifica todo. Pues bien, este individuo y los millones de personas que disfrutan viendo su vídeo y otros vídeos igualmente bestias, tienen derecho al voto; es decir, tienen derecho a imponer a la sociedad su visión del ser humano y del mundo.
Dicen las estadísticas que el Partido Popular obtiene el grueso de sus votos entre los mayores de sesenta años. Los comentaristas lo explican diciendo que los ancianos tienen como primera prioridad conservar sus pensiones. El PP les dice que conservar sus pensiones es la primera prioridad del gobierno, y los ancianos se lo creen porque saben que el PP no va a renunciar a la captura que obtiene en su mayor caladero. Hasta aquí, se comprende. La perplejidad surge cuando uno empieza a preguntarse. ¿Es que esos ancianos no tienen hijos y nietos en paro?
Si tienen hijos o nietos trabajando, ¿es que no ven la angustia diaria con la que sus hijos y sus nietos van a trabajar contando los días que faltan para que se les venza el contrato; anticipando el horror de volver a enviar currículos y patear calles buscando otro trabajo que necesariamente será temporal porque no hay otra? ¿Es que no ven cómo la lucha por la supervivencia devora el tiempo de sus hijos y sus nietos negándoles el derecho a planear su futuro; el derecho a esperar que un día, en vez de centrar todos sus esfuerzos en sobrevivir, como los animales, puedan disfrutar de las facultades que Dios o la naturaleza otorgaron al ser humano para vivir como personas; el derecho a soñar en el momento en que el tiempo sea suyo para llenarlo como quieran cuando la pensión les garantice el derecho a vivir plenamente hasta el final? ¿Es posible que tantos ancianos vivan como tortugas, metidos en sus caparazones sin que les importe otra cosa que defender el caparazón que les protege? Por lo visto, sí, porque siguen votando por quienes les garantizan el caparazón aunque los mismos impidan el derecho a vivir como personas al resto del mundo, incluyendo a su familia. Porque esos ancianos con mentalidad de quelonios tienen derecho al voto; tienen derecho a imponer a la sociedad su visión del ser humano y del mundo.
Resulta que la extrema derecha, en Estados Unidos y en Europa, está arrasando entre los obreros blancos pobres. Esos infelices, a los que hay que suponerles la madurez suficiente para darse cuenta de su fracaso, caen presa del resentimiento contra cualquier circunstancia o persona sobre la que puedan descargar la culpa por haber fracasado. La extrema derecha les ofrece a los culpables. El culpable es el emigrante, el refugiado, esos entes marrones y negros que se meten en sus casas a robarles lo poco que tienen. El obrero blanco pobre se empina por encima de su fracaso y de su miseria cuando los populistas le arañan las glándulas hasta hacerlas sangrar y desvían su furia hacia otros que aún tienen menos porque no tienen nada, y la comparación les permite sentirse superiores. La culpa de su fracaso no es suya, es de los gobiernos de izquierdas que ayudan a quienes no tendrían que ayudar. Pues bien, estos pobres miserables que niegan el derecho a la vida a otros por ser más pobres que ellos, tienen derecho al voto; es decir, tienen derecho a imponer a la sociedad su visión del ser humano y del mundo.
La crisis ha hecho mucho daño a la clase media, pero no ha conseguido hacerla desaparecer del todo. La mayoría tiene aún trabajo con nómina y un sueldo que le permite cubrir las necesidades y, gracias a las tarjetas de crédito, concederse algún lujo. Es a ellos a quienes van dedicados los anuncios y es a ellos a los que toman en cuenta los directores de programación de los medios para asegurarse la audiencia. El hombre, macho y hembra, de clase media, alta o baja, no suele interesarse por la política y sí suele manifestar, con cierto aire de superioridad, que la política no le interesa.
El empleado y el empresario de clase media suele llegar a casa cansado sin ganas de hacer otra cosa que mirar la televisión. Cuando sale con sus amigos, habla de ropa, de deportes, de viajes, de series de moda. La política y la religión son temas tabú que nunca saca en las conversaciones quien aprecia su vida social. ¿Qué criterio determina el voto de esta clase de personas? Cabe deducir que les mueve cualquier cosa menos la ponderación sobre la figura del candidato que encabeza una lista y, menos aún, la reflexión profunda sobre el programa electoral de los partidos.
Eso sí, aunque por algún motivo caracterológico o familiar se consideren de derechas o progresistas, suelen ser conservadores por la cuenta que les tiene. Conservar su nómina y su estilo de vida es su máxima prioridad, lo que les hace huir de los extremos. Razón por la cual todos los políticos que aspiran a conseguir mayoría de votos se proclaman de centro, de centro derecha o de centro izquierda, pero de centro. Pues bien, estas personas, con un negocito o un trabajo fijo bien o medianamente bien remunerado que les permite habitar en el dorado territorio medio de la sociedad, aislados de otros segmentos de menor fortuna, tienen derecho al voto; es decir, tienen derecho a imponer a toda la sociedad su visión del ser humano y del mundo.
Esto es lo que explica que en España se haya vuelto a elegir a Rajoy y que se haya elegido en los Estados Unidos a un bufón de dudosa cordura que tiene a medio mundo aterrorizado. Esto es lo que explica que medio mundo esté conteniendo la respiración ante la amenaza de la extrema de derecha de llegar al poder en países claves de la Unión Europea. Entonces, ¿la democracia es un peligro? Menor que la dictadura en todo caso. Al menos permite hablar y escribir de lo que se quiera sin parar en la cárcel; bueno, hasta cierto punto. La verdad es que ese nombre sacrosanto que a todos exige respeto es solo un nombre, un concepto respetable que no representa a la realidad. Todos los ciudadanos de los países llamados democráticos, estamos gobernados, en realidad por oligarquías.
Mandan, en primer lugar, la oligarquía financiera, y en segundo, los políticos, en todo dependientes de la oligarquía financiera. Los políticos proceden de partidos gobernados también por oligarquías. El ciudadano que no pertenezca a ninguna de estas élites no tiene nada que hacer fuera de cumplir su responsabilidad votando. Y ya vemos cómo vota la mayoría de este país y de parte del extranjero.
¿Tiene esto remedio? Sí lo tiene, pero las oligarquías se han propuesto hasta ahora y se seguirán proponiendo evitar que el remedio se aplique. El único remedio que puede evitar que los colectivos mencionados nos joroben a todos es la educación; educar a niños y adolescentes enseñando e inculcando los valores auténticamente democráticos; la necesidad de cumplir con la responsabilidad que todos tenemos como ciudadanos votando en conciencia por los candidatos y los programas de los que cabe esperar un auténtico compromiso de trabajar por el bien común.
¡Cuántos se llevarían las manos a la cabeza si se impusiera un test para otorgar carnet de votante¡ Eso es elitismo antidemocrático, clamarían políticos, opinantes y plebe a la que no interesa la política.
Ante el panorama que nos amenaza, con la extrema derecha recortando derechos y libertades como sastres enloquecidos, es muy posible que muy pronto, los que nos joroban a todos con su voto irresponsable se vean tan jorobados como todos los demás.
María Mir-Rocafort es analista sociopolítica y columnista.


























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