Que dos niñas se den una paliza una a otra no es extraño, es la consecuencia lógica de lo que nuestro tiempo ha cosechado. Mientras la gran política se ocupa de fondos, de inversión y de luchas de poder, la masa obrera ausente se mata entre sí.
Lo primero que matamos fue la creencia de que no somos una clase, de que hay arriba y abajo, depredadores y sumisos. Lo peor de todo fue cuando dejamos de lado la idea de que un mundo mejor es posible.
La globalización nos ha dejado un mayor conocimiento de las injusticias terrenales y quizás un medio nuevo de combatirlas, pero también nos ha enseñado lo peor del ser humano. Consumistas, individualistas e infantilizados hemos abandonado a nuestros menores al cuidado del “Gran Hermano” bailando a ritmo de regatón.
No hay moral ni regla para estos adolescentes, desamparados y consumidores del abismo bajo la tutela de una sociedad machista y descerebrada. No es de extrañar que los adolescentes se suiciden, ni que los niños se acosen en un mundo perdido y salvaje donde la dominación del otro y la injusticia es la razón cotidiana.
Que las adolescentes se lancen al juego, nunca inmune, del resorte creyendo que la satisfacción del otro y el sexo sin protección es signo de la liberación femenina es sólo una muestra más de lo errados que andamos en el camino.
Poco podemos hacer los docentes cuando las familias no dan la importancia que se merece a las redes sociales en la educación de los hijos. Si los medios audiovisuales nos agrandan las posibilidades de conocer lo que no está cerca, también nos atrapa en la pérdida de la intimidad y valores.
Nada hay que hacer cuando la afición principal de los adolescentes es subir fotos de contenido sexual a Instagram, o si el wasap es casi el único medio de comunicación más generalizado entre los jóvenes, y los no tan jóvenes. A fin de cuentas, ellos sólo hacen lo que ven hacer. Adultos devorados por un mundo virtual, viviendo en un burbuja, celebrando el desnudo de la presentadora en las campanadas y las primeras muertas por violencia machista del año. El gran monstruo ha entrado en nuestra casas para no irse y todos nosotros le hemos abierto las puertas.
Nieves Rodríguez Rivera es profesor de Lengua y Literatura.


























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