Cada vez que tomo el avión reniego de mi nacionalidad, de mi patria, de mi condición de insular. Quisiera entonces ser de Albacete o de Cuenca o de algún lugar común, continental y terrestre. Vivir en una isla me obliga a volar cada dos por tres y detesto volar. Aborrezco descalzarme, quitarme el cinturón, la chaqueta, desvestirme como quien va a prisión, delante de un guardia de seguridad que me mira impertérrito y que fulmino con mi mirada.
Odio el desasosiego frente al mostrador de facturación con mi mejor sonrisa por si la auxiliar de vuelo me pide el certificado de residencia que no llevo, o que está hace meses caducado. Sí, soy canaria. ¿Es que no se nota?
Detesto las esperas en el aeropuerto, los infalibles retrasos en los peores momentos, vacaciones, navidad, carnavales y fiestas de guardar. Odio turbulencias en el avión y pensar que puedo morir en un instante de la forma más absurda.
No encuentro ninguna razón positiva al hecho de volar más que el de salir de la isla. Aún así vuelo, anda volando siempre, como cualquier canario, de una isla a otra y tiro porque me toca, para salir de la ínsula de Barataria, para trabajar, para visitar a la familia, para ir a la península. Y aún así agradezco no vivir en una isla menor y tener que volar doblemente, para ir a un médico especialista, o para estudiar en la universidad.
No. No es lo mismo, vivir en una isla que vivir en la península, no moverse más que en tierra a estar surcando el cielo incierto cada dos por tres. Volar forma nuestro carácter, nuestra mala leche, nuestro deseo de vivir el momento, no vaya a ser que sea el último. El canario, la canaria no sabe si va o si viene, si aterrizamos o despegamos.
Somos el eterno pasajero en tránsito. No formamos parte de nada, territorio fragmentado y ajeno, estamos en medio del desierto y de la nada. Nuestra insignia debería ser un avión, nuestro himno el rugir de sus motores. Nos dejamos el sueldo en pasajes, sin embargo, a pesar de esto, a algunos políticos en la península hablando desde la ignorancia sugieren eliminar los descuentos por residencia. Como si uno volara por placer, como si volar fuera un plato de buen gusto, como si se eligiera vivir donde vive. Mientras, ellos construyen ferrocarriles, AVES y autopistas de peaje que todos pagamos, aunque no los usemos, mientras fabrican aeropuertos que deben cerrarse porque se mueren de vacío.
Aquí, sin embargo, estamos abarrotados, porque no hay metros ni trenes ni otro medio de transporte más que el avión. El volar para el canario, como para el pájaro que nos da el nombre, nos guste o no, es parte de nuestra idiosincrasia. En estas fecha, de Lanzarote a la Palma, más de la mitad de los canarios andamos volando.
Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura.


























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