Eran cinco amigos. Uno arquitecto, dos ingenieros y un empresario. Su tarea diaria empezaba a eso de las doce de la mañana, cuando iniciaban las risas para decidir en qué lugar de la isla se ponían ciegos. Estaban en los 55 años y los excesos causaron dos bajas. A uno un infarto se lo llevó por delante y a otro una hemiplejia lo sentó de culo.
Eran padres de familia que no asumían otra obligación que buscar dónde bebérselo todo. Entre esas joyas había uno que de joven se dedicó a organizar fiestas e hizo dinero. Era el ocurrente, el chistoso, el artista. No tenían secretos; sus miserias las conocían al dedillo. Unos cafres. Pero la sociedad funciona como funciona de manera que sus juergas tenían prestigio de forma que cuando maltrechos atracaban en un bar de madrugada la caja se multiplicaba por tres y eran tratados como reyes.
Pero no lo sabían todo de todos. Ocurrió que una amiga celebró la primera comunión de uno de sus hijos y los invitó a una finca. En ese almuerzo se enteraron de que los niños eran hijos del amigo divertido, fruto de una re-lación extramatrimonial con la mujer de la casa de cuya situa-ción su esposa no tenía ni idea. Durante unos 25 años le mintió. La infeliz vivía en Las Palmas, trabajaba y estaba en sus cosas. No tenían hijos.
Pasó que uno de los amigotes llegó a casa y se lo contó a su esposa que indignada no daba crédito a semejante inmoralidad y estuvo tentada a enviarle un anónimo, pero no lo hizo. El fulano no solo tenía reconocidos a los hijos, sino que la finca en la que vivían estaba a nombre de esas criaturas.
Alguien pensó qué ocurriría cuando ella se conociera el engaño en el que había vivido y el enredo administrativo que se le vendría encima pero no la advirtieron. Amigos. A los tres años una enfermedad puso plazo a su vida y ella, ajena a todo, lo cuidó con mimo. Un día en el hospital el machote le contó la verdad. Que tenía otra familia y que las deudas le apremiaban. Imaginen. Su futura viuda le hizo frente porque era la avalista del crédito con el que el golfo compró la finca de su amante. Ella pensó que eran apuros de negocios. Pero no. Estudiosa, profesional, vivía metida en sus investigaciones, en otro mundo.
Nunca pensó en esa jauría que arrasa la vida de cualquiera.
Marisol Ayala es periodista. Artículo publicado en su blog.


























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