Lo que van a leer si lo desean es una cursilada como un piano pero ya se sabe; tener un blog personal permite escribir lo que te apetezca en cada momento. Si no quieren leerlo lo entenderé. Pero bueno, tenía ganas de contar algo de los veranos familiares y aquí me tienen. Realmente lo que cuento a nadie importa pero tenía ganas de echarme fuera del plato y ya está.
Empezamos. Mi padre no era playero. Para él el verano era complicado como lo era permanecer un mes con siete hijos revoloteando a su alrededor, una mujer, unas hermanas y algún sobrino. Vivíamos en una casa terrera de Alcaravaneras que esos días era un tsunami. En su espléndido patio organizábamos campeonatos de fútbol; arrimábamos los muebles para que nada limitara la destreza de los balonazos y ¡piiiiii! comienza el partido. De aquellos veranos todos mis hermanos tenemos recuerdos que personalmente huelen a salitre, natillas y arroz con leche.
Papá estaba en casa y ese era el mejor regalo. Esos días mi madre le compraba camisas de manga corta, con un bolsillo para que el periodista que era tuviera a mano bolígrafo y papel. Fresquito. A él no le gustaba la playa, ya lo dije, pero a mi madre le chiflaba; sus escapadas para darse un chapuzón eran sagradas. En esos días de asueto familiar había tres destinos recurrentes, Playa del Inglés, Agaete y a media tarde, visita a una heladora, para él de turrón y vainilla, para mi madre nata y fresa. De esos veranos hay unas escenas que los hijos de Antonio y Solita, nosotros, guardamos como una curiosidad digna de Almodóvar a pesar de que cuando la vivimos Pedro debía estar todavía trabajando en Telefónica, me parece. La contaré como algo exótico. Resulta que mis padres eran muy amigos de la cantante Mary Sánchez y de su marido, Maso, con quienes hicieron negocios en el mundo de la noche. Lo que antes se llamaba pomposamente una Sala de Fiestas la abrieron los tres en el puerto, “La casa de Mari Sánchez”. Éramos como familia. Viajaban juntos y compartieron lo bueno y lo malo que les fue deparando la vida. Hablaba de una imagen, pues bien, allá va.
La familia pasamos unas semanas de un verano indeterminado en el Playa del Inglés, en unos apartamentos que si mal no recuerdo se llamaban Los Porches, apartamento grande teniendo en cuenta que solo con los fijos éramos nueve. Pero claro siempre venía alguien, algún primo, alguna tía o algún amigo. Nada. Un día mi padre anunció que “mañana viene Mari Sánchez, a ver como se portan”. Encima avisando; mala estrategia porque si éramos unos mataperros sin mucho esfuerzo, si teniamos tiempo para maquinar, nos salíamos.
Enseguida uno dijo “¡joder, Mary Sánchez! ¿Cantará, paaa?”. A mi madre los ojos se le salían del casco porque sabía las cabras que guardaba. Recogimos el bungaló, tendimos toallas, todo ordenado y mis hermanos mayores al día siguiente cogieron el Taunus verde, -el verde mar más lindo que he visto en mi vida- y se fueron a un asadero de San Fernando a comprar pollos, papas y ensalada. Lo típico. Mi madre era muy práctica.
El día que por el jardín del bungaló apareció Mary Sánchez, Maso y una de sus hijas de 7 u 8 años casi nos da algo. No entendíamos mucho pero habíamos escuchado su nombre y estábamos impresionados. Venían a pasar el día y eso era una fiesta. ¿Saben qué traía Maso, el marido de Mary al hombro?, ¡Un racimo de plátanos que colgó en la cocina! Siempre me ha dado rabia no tener fotos de esos momentos. Parece que estoy viendo a toda a la chiquillería alrededor del racimo, dándole buena cuenta a las manillas. En fin. Como no podía ser de otra manera Maso sacó el timple y nosotros, sentados en el suelo, no cerrábamos la boca; y no les quiero ni contar cuando la voz de Mari arrancó a cantar. Aquello fue lo máximo. Mi padre seguía el ritmo con las piernas y mi madre tarareaba las canciones feliz y orgullosa. Es otra de esas escenas inolvidables que vinculo al verano.
Más cosas. Cuando mis padres anunciaban excursión a Agaete estrenábamos bañadores que mi madre compraba sin consultar. Siempre encontraba los más bonitos. Era llegar, bañarnos y era empezar a pelear dentro y fuera del agua. Mi padre montaba su cuartel general en una terraza a la sombra y allí leía prensa y anotaba cosas. Lo veíamos desde el agua.
Pero la que más gozaba del verano era mi madre porque estar a su lado era un premio. Mi padre se pasaba la vida en el periódico; de ahí la alegría cuando estaba en casa. Como gran cosa a veces los dos iban a dar un paseo con los hijos más pequeños. Treinta días de fiesta. Bueno, fiesta hasta que el jefe anunciaba que tenía que escribir. Entonces se metía en su despacho mientras nosotros desde el patio escuchábamos el teclear frenético de su Underwood. Es verdad que todos heredamos gestos de los padres. Yo tengo gestos suyos que he descubierto con el tiempo. Por ejemplo, mi padre escribía y movía la silla, especialmente sí se “ausentaba” y le apasionaba lo que redactaba. De vez cuando paraba y se acariciaba las manos. Yo no. Yo no muevo la silla pero coloco las manos como él, aporreo el teclado con los cuatro dedos de las dos manos, igual que padre y el dedo gordo lo uso poco, como él. Y ya puesto un curiosidad más; mi padre titulaba un texto y desde ahí lo desarrollaba. Yo no, al revés. Lo escribo y el título sale solo.
En días de verano mi padre escribía en zapatillas. Yo, no. Yo con chanclas, más o menos como él.
¿A qué es una cursilada? Bueno, todos los días no son días de fiesta y bobiar con las letras tiene su gracia. Le gustaba escribir el silencio.
Yo, no.
Marisol Ayala es periodista. Artículo publicado en su blog.






























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