Estar absoluta e irremediablemente mirándonos nuestro propio ombligo es, sin lugar a dudas, el origen del más puro egoísmo arraigado en el ser humano. Ciertamente debemos trabajar, ansiar, sentirnos cómodos en nuestras vidas pero la primera lección que debería darse en cualquier colegio es que seas lo que seas, alcances lo que alcances, finalmente morirás y para desgracia de muchos, bajo tierra no hay bancos.
La ambición no es antagónica a la dación, se puede ser ambicioso e, igualmente ser consciente que formamos parte de un todo que, indiscutiblemente, necesita ayuda; esa ayuda no sólo tiene que venir del Estado, sino de la propia humanidad que de manera altruista ayude, en la medida de las posibilidades de cada uno, hacer un mundo, cuando menos, más solidario.
Es muy complicado entender esta gran realidad, no así filosofía, de la exteriorización de buena fe que hemos de facilitar a nuestros semejantes no sólo predicando con la palabra, de esos sobran, sino con hechos tangibles, fehacientes, emocionales.
La Orden de Damas y Caballeros del Temple, profesa, inexorablemente, el dar a cambio de nada, el permitirse pasar alguna hora de su día a día en reflexionar como poder ayudar a terceros y esto no sólo se consigue desde un punto de vista de recaudación sino más importante, con calidad humana.
Todas las personas que conozco que están en esta Orden, en sus respectivas profesiones, el tratamiento que dan a los que les rodean es exquisita, la preocupación es extrema, el ser humano no es sólo dinero y lo que se pueda obtener con él, en muchas ocasiones, un trato amable y desinteresado supera, con creces, cualquier percepción económica.
El templario es, ante todo, caballero y, por ende, siempre debe cumplir; personalmente detento una profesión de muy dudosa reputación en alguno fueros, algo ciertamente irritante para el vocacional y aférrimo defensor del derecho que soy pero entendible por el enorme caos que se vive en la Sociedad moderna en materia judicial y otras lides.
También hemos de ofrecer nuestro grano de arena no solo al ya de por sí desasistido, sino al propio sistema en el que nos encontramos inmersos, esta Orden intenta, en su fuero interno, y por las personas que conforman la misma, impulsar mejoras sociales que afectan tanto a la política Legislativa, Ejecutiva y Judicial.
No es una cuestión profética ni mucho menos pero cualquier persona que asiduamente lea las noticias o las escuche entenderá que la Sociedad está enrarecida, carente de valores, todos son Derechos pero muy pocas obligaciones.
Lo más sorprendente del mentado carácter altruista citado y dimanante de la Orden es que, sorprendentemente hacer o intentar hacer el bien produce una satisfacción personal extraordinaria, una recompensa emotiva sin parangón, hasta tal punto que puede convertirse en puro egoísmo hacer cosas buenas para, análogamente sentir ese sentimiento tan puro.
Humildemente creo que el ser humano debe avanzar, todos tenemos o hemos cometido crasos errores pero no debemos olvidar que en esta vida estamos de prestados, con un periodo de tiempo del que ni siquiera somos conocedores, aprovechémoslo.
Ibán Uriarte Rivero es abogado.






























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