En estos próximos días (por no decir desde ya) estaremos de fiesta y, si me apuran más, diría que estaremos de un jolgorio o verdadera bacanal de automovilismo del bueno con la celebración, sumando también los actos previos, del 40º Rally Islas Canarias – El Corte Ingles. Al menos los que somos aficionados a este deporte desde siempre lo sentimos así.
Pero toda esta fiesta ha tenido un punto oscuro, el adiós para siempre de nuestro querido y admirado amigo Pedro Estévez Castellano.
Piscis como yo, el pasado día 27 de febrero cumplió 82 años y seguía activo. No tenía ningún padecimiento que se supiera e, incluso, este último viernes acudió a Arguineguín, a su empresa, después de doce días sin hacerlo, a interesarse por el personal y por el estado de las maquinarias. Por la tarde-noche de ese mismo día un infarto le dijo “hasta aquí”. Conociendo como era, Pedro habría elegido esta forma de decir adiós.
Muchísimos amigos nos concertamos para acudir al tanatorio de Las Torres (Las Palmas de Gran Canaria) y compartir estos últimos momentos con su esposa e hijos. Es cierto que para todos fue un duro mazazo. A pesar de ello, como no podía ser de otra forma tratándose de Pedro, todos los que le tratamos en vida teníamos muchas anécdotas que contarnos de él unos a otros. Algunas las conocía ya por referencias, otras me las contaron ahora y otras las viví personal y directamente con él.
Nací y viví hasta los siete años en Lomo Apolinario, un barrio de Las Palmas de Gran Canaria, pegado a lo que hoy se conoce como Miller Bajo. Cuando aún vivíamos ahí (después mi familia se mudó a Arguineguín), en los años 60 se hacían carreras en una especie de circuito urbano en la zona de Miller Bajo. Allí corrían Fermín Monzón y Pepe Monzón, abuelo y padre respectivamente de Luis Monzón; José Ponce (padre de José Mª y Toñi Ponce); Pedro Estévez; Robert Waid; Chicho Reyes; Jesús Benjumea; Diego Suárez, y un largo etcétera. Recuerdo que también fuimos espectadores en las Subidas de Tafira y de Arucas, en las que corrió Pedro Estévez. Una de las anécdotas de esa época, que me contó mi hermano Jerónimo, fue la de una salida de carretera de Pedro Estévez en una Subida de Arucas, quien, al salirse de la carretera, acabó entrando en un alpendre y casi mata a las vacas que estaban dentro. A esa carrera fuimos desde Arguineguín porque ya conocíamos a Pedro Estévez, que corría con su Sunbeam Tiger V8. Mis padres nos hicieron seguidores o fans de Pedro Estévez y nos aficionamos todos a las carreras a partir de esos momentos.
De esa época pasada, y con la vaguedad que provoca el paso del tiempo, recuerdo estar con toda la familia, como espectadores, en el improvisado circuito urbano de la Avenida de las Escaleritas, donde se celebró el 12 de octubre de 1967 las “12 Horas de Resistencia Islas Afortunadas”, que acabó en tragedia, al producirse un terrible accidente que ocasionaba seis muertos y una veintena de heridos, algunos muy graves.
Cinco años más tarde, tras una prohibición radical del entonces Gobernador Civil de Las Palmas (en tiempos de Franco), se consiguió por fin celebrar la “I Subida a Juncalillo”, concretamente el 20 de febrero de 1972, y allí estábamos todos.
En los años siguientes viví mis anécdotas personales con Pedro Estévez. Empiezo confesando que pude ser el primer copiloto profesional de Canarias si hubiese dicho que si a la propuesta que me hizo Pedro Estévez.
Yo ya corría de copiloto con mi hermano mayor Jerónimo desde 1973 y Pedro Estévez me invitó a ir una tarde a su casa de Santa Brígida para hablar conmigo. Por esas fechas había comprado un Seat 124/2000 preparado por Burgueño. Después de hablar de la familia y del trabajo me propuso que fuera su copiloto para correr rallyes. En esa fecha yo trabajaba en la fábrica de cementos de Arguineguín y su empresa prestaba, y continúa prestando, los servicios de transportes de puzolana desde la cantera (que está a la entrada del barranco de Arguineguín en dirección a Soria) hasta dicha industria cementera.
Pedro Estévez me preguntó que cuánto ganaba yo en la fábrica de cementos. Le contesté y me propuso contratarme él y pagarme el doble para que nos dedicáramos a correr rallyes por la península y en el extranjero. Me comentó que había comprado una autocaravana grande en Estados Unidos y que podríamos viajar y vivir en ella cuando saliéramos a correr rallyes. Yo me había casado hacía poco tiempo y tenía un hijo muy pequeño y le dije que me lo pensaría. Él estaba completamente convencido de que quería vivir esa aventura, pero yo tenía dudas.
Días más tarde corrí con él, como copiloto, el Rallye Gran Canaria (creo recordar). Pedro ya usaba lentillas porque tenía problemas de visión. Recuerdo que el primer tramo de velocidad que realizamos fue el de Tejeda, desde el Parador hasta el pueblo (del pk.35 al pk.43). A medida que descendíamos por la pendiente, Pedro se animaba más y en la última curva de izquierda pasada la meta, acabamos subidos a una valla y no llegamos a la azotea de alguna de las viviendas allí situadas bajo la rasante de la carretera, porque la valla nos paró. El público nos ayudó a colocar el coche en la carretera y seguimos corriendo.
A poco de empezar el siguiente tramo, que nos llevaba del Cruce de Ayacata a los Llanos de la Pez, se quedó con la palanca de cambio en la mano. Hicimos un apaño y seguimos corriendo, con los problemas de visión de Pedro cuando el sol nos daba de frente por las dichosas lentillas.
En el siguiente bucle y en ese mismo tramo, ya de noche, las cosas mejoraron porque ya no había sol de frente y, a medida que ascendíamos hacia los Llanos de la Pez, comprobábamos que íbamos alcanzando al coche que había salido un minuto antes que nosotros. Pedro se animó tanto que en la última curva de derechas entramos tan fuerte que el coche se le fue completamente de atrás (pienso que pisamos algo de aceite) y comenzamos a hacer trompos chocando contra el muro del lado derecho de la calzada durante más de cien metros que, cuando el coche paró y comprobamos que ambos estábamos bien, Pedro tuvo una de sus ocurrencias: me dijo que por qué no empujábamos el coche hasta pasar la meta (que estaba unos cincuenta metros más arriba) y pedíamos que nos prestaran unos faros para seguir corriendo. Le contesté que era imposible porque el coche se había quedado como un ovni. Y ahí acabó nuestro rallye pero nuestra amistad se consolidó para siempre.
Ayer sábado, en el tanatorio, me contaron mil anécdotas de Pedro Estévez. Todas emanaban su carácter abierto y generoso, su gran humanidad y acreditaban que Pedro fue amigo de todos los que tuvimos la suerte de cruzarnos con él mientras estuvo entre nosotros.
Ahora que nos dejó, seguirá haciéndonos sonreír cuando hablemos de él. Descansa en paz amigo Pedro. Te dedicaré la retransmisión del Rally Islas Canarias porque te lo mereces más que nadie. Un abrazo desde mi corazón.
Ismael Rodríguez es abogado y articulista de TELDEACTUALIDAD.

























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.122