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El Polvorín, primer techo

cojeda Lunes, 22 de Febrero de 2016 Tiempo de lectura:

En todas las ciudades hay barrios estigmatizados. Núcleos vecinales que han vivido en el ojo del huracán como referentes de zona conflictiva, habitados por maleantes y por cuyas calles transita el riesgo, donde sobrevivir puede costar la vida. Un estigma que ha ido de generación en generación sin que nadie haya mostrado interés en decir otra cosa que no fuera lo que decían otros.

 

En Las Palmas de Gran Canaria hay uno, El Polvorín, que desde su construcción, a finales de los cincuenta, alojó a familias que hasta entonces vivían en cuevas, en casas familiares con 20 personas en tres habitaciones. Hay documentales que avalan lo que escribo. La España mísera y la Canarias más mísera aún. Familias numerosas que se hacían hueco bajo un mismo techo sin importarles otra cosa que sobrevivir.

 

Hace unas semanas un amable lector me envió una imagen de El Polvorín en plena construcción. Una reseña a mano precisaba “fue el primer techo para muchas familias”. Me pareció un documento curioso y la colgué en las redes. No tardaron en aparecer hombres y mujeres que se criaron en esas casas. Les invité a contar la experiencia de vivir en 45 metros cuadrados que eran lo que medían.

 

Los testimonios fueron entrañables; de una infancia feliz, de compartir literas, dos y dos en cada cama, de escuchar la radio en la ventana, de aprender lo que no era bueno, de compartir boliches o vivir el placer que para muchos supuso la instalación de agua caliente en la casa: “Nunca olvidaré el placer de aquella ducha con el jabón de fregar”, contaba alguien. Médicos, enfermeros, periodistas, sacerdotes, putas y toxicómanos compartieron bloques y escaleras. Todos guardan recuerdos entrañables de El Polvorín, tan estigmatizado y tan querido. “Yo era tonta. Le ocultaba a los amigos que vivía aquí y eso que era feliz”.

 

Y allí sigue viviendo.

 

Ya ven.

 

Marisol Ayala es periodista.

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