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Una radiografía social

cojeda Lunes, 22 de Febrero de 2016 Tiempo de lectura:

En el libro de Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo; se hace una descripción de la sociedad en cuanto a algunos males que nos afectan. He de confesar, que admiro a personas como él, sabias, honestas y valientes. Esto último, porque escribir un libro haciendo una crítica tan acertada de lo que hay en la sociedad actual, es una labor a la que no estamos acostumbrados. Y es que, lo que nos gusta es más la murmuración, la queja y el reproche hacia los demás, sin mirarnos a nosotros mismos.

 

Los valores que predominan o que incluso, en algunos casos, nos quieren imponer desde un totalitarismo feroz, están haciendo que en muchas ocasiones, lo normal, se convierta en anormal. Y es cierto que, todos los días asistimos a un “espectáculo” en el que uno de los principales valores es el pasarlo bien, el entretenimiento. Y cuando esto se convierte en el fin casi único, ocurre lo que el autor explica, que convertir lo que es algo natural, querer pasarlo bien, en un valor supremo tiene consecuencias imprevistas: la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad y hasta en el ámbito de la información, que prolifere la irresponsable chismografía y el escándalo.

 

Pues de forma acertada, Mario Vargas Llosa, describe uno de los males actuales. La superficialidad y la frivolidad en casi todo. Parece que hemos echado por la borda toda esperanza de resurgir como una sociedad dispuesta a afrontar los grandes retos pendientes y que afectan a muchas personas y sobre todo, que en algún momento nos pueden llegar a cualquiera de nosotros. El “sálvese quien pueda” no debe ser una práctica habitual. Tampoco el que cada uno vaya a lo suyo. Porque una sociedad fracasa, cuando, como decía Churchill, uno se tropieza con la verdad, pero en la mayor parte de las ocasiones se levanta y sigue su camino.

 

Hay que afrontar los problemas, ser capaces de mirar por el bien colectivo, pensar en futuro y no en la inmediatez del resultado. Esta es una responsabilidad ineludible de los que nos gobiernan y de las propias organizaciones políticas. Velar de forma sensata por su propio interés y no pensar sólo en la imagen. Es esto, precisamente, las apariencias, lo que ha conducido a la frivolidad política y que ha hecho que nos olvidemos de las realidades, dejando de mirar a la misma altura que están todos los demás ciudadanos.

 

Así, ya la cultura no es lo que era, a cualquier cosa se le llama cultura. La política no es lo que era, solo es bronca y beneficio propio, bien para mantenerse en el poder a toda costa o desgraciadamente, para beneficiarse económicamente, como auténticos golfos que han desacreditado al noble oficio que era la política, servir al pueblo.

 

Ya casi nada era lo que era. La simpleza ha hecho que el debate intelectual desaparezca y que con el escueto argumento de “mis ideales” o “mis principios” o “mis valores”, nos despachemos a gusto y sin que haya relación entre la palabras y lo hechos. Sólo que nos hemos olvidado de una cosa y es que al final, la realidad nos invade, aunque tampoco queramos reconocerlo porque todo vale, como dándole al balón una patada a seguir.

 

José Miguel Álamo Mendoza es concejal del PP en el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria y profesor titular de la ULPGC.

 

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