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La débil línea

Cojeda1 Martes, 26 de Enero de 2016 Tiempo de lectura:

En ocasiones la débil línea que separa la civilización de la barbarie parece tambalearse. Inmersos como estamos en la “modernidad líquida” como la denomina  el filósofo Bautman, donde lo único estable es el constante cambio, no estaría de más recordar cuáles son los fundamentos morales de una sociedad civilizada y lo que nos separa precisamente de la barbarie.

 

En estos días observamos en el juicio a las asesinas de la concejala Isabel Carrasco todo el amarillismo periodístico que surge al derredor. Es cuando menos paradójico observar como no sólo la defensa sino incluso algunos periodistas tratan con cierta condescendencia este caso, dejando entrever que el “asesinato justo” como lo quieren tildar algunos,  está justificado a causa del abuso de poder ejercido por parte de la concejal sobre la asesinas. La exposición de la “maldad” de la política, su acoso lésbico a la acusada, se aportan como razones para validar un acto reprobable. Incluso en algunos medios y redes se aplaude su muerte, justificando, de esta manera,  unos hechos difícilmente justificables.

 

El crimen es el máximo exponente de la barbarie, de la corrupción moral de los seres humanos. Pero en menor medida, lo es también las muchas variantes de la corrupción: el engaño, la estafa, la deshonestidad, el latrocinio, el robo, no son más que el reflejo de valores sociales subvertidos que aceptamos diariamente como válidos.

 

 Ya el escritor franco- marroquí Tajar Been Jeelloun en su novela “el hombre roto” describe al hombre que se ve tentado por la corrupción reinante en el  sistema económico marroquí, y  que todos aceptan como necesario. El protagonista es alguien incómodo precisamente por su integridad, “la arenilla ” que dificulta el engranaje. Si fuese más “flexible”, como denominan eufemísticamente a quiénes se dejan corromper, sería un hombre mejor mirado por su jefe, sus compañeros de trabajo, e incluso su propia mujer. Paradojas de un estado corrupto y enfermo. 

 

Situaciones como esta, no sólo sucede en Marruecos, donde sitúa el autor su novela.   No pocos casos vemos en España cada día, Aquamed, es sólo un ejemplo más de esto. La corrupción es sólo la forma civilizada de la barbarie, como bien dice su autor  “la fealdad de la raza humana, la fealdad  de la muerte” .

 

Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura.

 

 

 

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