Bajo el epígrafe Una mirada sosegada al Medio Ambiente en Telde (1980-2022), el ecologista y profesor José Manuel Espiño Meilán ofrece un nuevo artículo de la serie de artículos de periodicidad quincenal.
Montaña de la Sima de Jinámar (y II)
Dedicado a todas aquellas personas que ven en una sima volcánica la belleza y originalidad de la naturaleza en sus procesos de creación, lamentando que algunos hayan visto en el abismo de su negrura una puerta abierta al horror, una invitación al asesinato y la muerte.
Una explicación previa. La rápida evolución y los cambios que se están dando en el entorno de la Sima me obligan a dividir el contenido de este artículo en dos partes. Tal razón se une a otra de no inferior valía: la necesidad de hacerles más ameno el contenido, evitando que el artículo se convierta en un pequeño libro. En esta segunda parte, retomo el artículo con el último párrafo de la entrega anterior. Gracias por su comprensión.
2ª Parte:
Así pues, disfrutando con la vegetación de la cima y siendo prudente y cuidadoso con el lugar donde pongo los pies, pues se trata de una cima mutilada donde los tajos verticales son evidentes, pero no cuentan con señalética ni valla alguna que alerte del peligro de caída, observo las panorámicas que se me ofertan y procedo a la lectura del paisaje circundante.
En dirección norte, justo frente a nosotros, dos conos volcánicos llaman nuestra atención, uno, de mayor altitud, es montaña Pelada que conserva su perfil al completo. El más bajo y que se encuentra delante de montaña Pelada, es el cono volcánico de montaña Rajada cuyo perfil ha desaparecido prácticamente debido a la industria extractiva y sólo conserva una pequeña parte del cráter, exactamente la que da sentido al registro toponímico de dicho edificio volcánico: montaña Rajada, aunque los vecinos de la zona la conocen como la Barqueta, por su forma de nave.
Desde la cima donde nos encontramos impresiona el aterrador desmonte que ha vaciado dicha montaña desde la base hasta tal punto que ha desaparecido la mayor parte de la misma. Impresionan las máquinas trabajando, enormes excavadoras que se ven minúsculas ante los elevados paredones generados por la extracción. Es tan grande el espacio alterado que existen amplias zonas definidas de la extracción observada, donde han iniciado su conversión en depósitos de residuos inertes. Mucho queda por rellenar, es posible que sea este cono -que trataremos pronto-, una nueva planta de tratamiento de escombros, una vez clausurada la que se encuentra aún en la ladera norte del cono donde me encuentro. Supongo que, pasado un tiempo, se llevará a cabo una restauración similar a la que observo en la cara noroeste de esta montaña.
Elevando la vista, la ladera norte del barranco de Las Goteras y la montaña de Jinámar imposibilitan cualquier observación de la costa y la zona urbana del cono sur de la ciudad de Las Palmas, sólo destacan sobre ellas las recortadas siluetas de los volcanes de la Isleta.
Si observo ahora frente a mí, aproximándonos de nuevo, llama la atención en la montaña Rajada un antiguo muro de piedra realizado con los mismos cascajos de la montaña y que, partiendo próximo al cráter, descendía hasta el barranco de los Cascajos. Así lo recordaba yo, hace cuatro décadas. Actualmente, las extracciones y la propiedad privada han cercenado su llegada al fondo del barranco.
No se nos escapa que, en este plano más cercano, la ladera de solana del barranco de los Cascajos ha desaparecido en buena parte, a la altura de la montaña Rajada, vacía a causa de la brutal extracción de materiales volcánicos del cono pues al ser un terreno de cenizas volcánicas, la extracción se prolonga barranco abajo hasta el inicio de la zona cultivada en el cauce. Olvidándose por un momento de tan demoledora imagen el escaso cauce del barranco sin sepultar con las sorribas de tierra para cultivar, permitiendo de tal modo la conservación de un excelente cardonal que desciende por el derrame lávico del cráter del cono volcánico donde me encuentro. Todas y cada una de las especies antes citadas se encuentran en el mismo. Es un placer visual caminar entre sus cardones, aunque la dificultad que entraña deambular sobre un material escoriáceo de medianas dimensiones no me anima a recomendárselo. Si lo hacen, recuerden que, el uso de las manos para afirmar el paso en algunos tramos de un recorrido sin senda señalada, es la diferencia entre salir indemne de un aventurado paseo a correr el riesgo de cortarse con los filos de las escorias.
Finalmente observo bajo mis pies. Una ladera cubierta de vegetación se descuelga sobre la Sima, ocultándomela por completo. Es esta pared la joya botánica del lugar. Su inaccesibilidad la hace muy valiosa. Desde aquí un paso en falso o una caída accidental significa despeñarse. Observo el filo de montaña que separa las vertientes norte y sur y sólo la vegetación es capaz de colonizar un espacio intransitable para el ser humano.
Una última mirada a la zona de recuperación de la montaña. Va en buen camino la repoblación en marcha. Hay interés en hacer bien las cosas, interés y ganas por parte del equipo de restauración. La persona con quien hablé me transmitió buenas vibraciones. Dejémosle trabajar. No podemos olvidar que en el campo de la restauración botánica y paisajística las mejoras son a medio plazo, no existen los milagros ni los efectos inmediatos. Habrá que hacerle un seguimiento pues, si es favorable, este tipo de tratamiento deberá exigirse en otras zonas expoliadas de conos volcánicos sin restaurar: montaña de Santidad, zonas de extracción de El Montañón en las Breñas… cuyos explotadores, propietarios o no, no han restaurado el paisaje destruido.
Giro para observar la cara sur de esta montaña. Mucha precaución en el presente pues a nuestros pies se encuentra una pendiente muy acusada, mejor dicho, un tajo vertical, aunque en su origen, cuando el volcán lucía en todo su esplendor ya que no existía intervención humana alguna, se tratara de una loma suave, consecuencia de los sucesivos y generosos en volumen, mantos de cenizas arrojadas por el volcán y depositadas en esta dirección, a espalda de los vientos alisios. Podemos constatar el volumen de los materiales emitidos tras el análisis visual de los tajos. Capas de cenizas, de diferente grosor y granulometría se suceden en el perfil cercenado a la montaña, socavones que manifiestan con desgarradora realidad la voracidad de la industria extractiva. Podríamos cruzar la carretera que disecciona este manto de cenizas, pero una observación detenida de la vegetación que pervive en esta pequeña llanura del cono nos permite de igual modo conocer cuáles son las especies que encontraremos más allá del campo de extracciones, en lo que supone la continuación de la ladera.
Mi curiosidad me lleva a aproximarme al borde y bajar la vista para identificar la vegetación de sustitución que está colonizando el fondo de los espacios agredidos. Mayoritariamente son vinagreras (Rumex lunaria), un endemismo canario presente en todas las islas. Se trata de espléndidos ejemplares que sin competencia alguna se desarrollan muy bien alcanzando tamaños considerables. Algunas tabaibas amagas, veroles y bejeques (Aeonium percarneum) colorean de verde el sustrato negruzco de la extracción. Desafortunadamente, pequeños depósitos de escombros y basuras varias salpican estos vacíos de la montaña afeando la vegetación presente, pues no siempre los desaprensivos vierten sus residuos al lado de la carretera, sino que, conscientes de la ilegalidad de sus actos, cargan los residuos un par de decenas de metros y los abandonan en estos espacios degradados por las extracciones, fuera de la vista, convirtiendo duchos lugares en improvisados vertederos sin control.
Desalienta comprobar cómo, ante la mayor vigilancia y afluencia de vehículos que tiene la carretera de subida desde las urbanizaciones industriales -por parte de los vecinos y posiblemente por la policía local-, un histórico vertedero ilegal consolidado durante varias décadas y de cuyos márgenes fueron retirados los residuos y tomado algunas medidas para dificultar nuevos vertidos (taludes de tierra que no permiten aparcar y salirse de la calzada y por consiguiente proceder al vaciado de nuevos vertidos), los nuevos focos, no son muchos pero sí muy impactantes por su volumen, se encuentran ahora en la carretera que une Caserones con Hoya Niebla. ¡Qué tristeza me dan las personas que no son capaces de amar a su tierra!
La lectura paisajística de la cara este del volcán la inicio buscando visualmente la continuidad del derrame lávico de la montaña. Diferentes cultivos a cielo abierto se suceden por las laderas y el cauce hasta detenerse repentinamente ante la ocupación y uso industrial del mismo. Hay agua en los estanques que observamos desde esta cima. Dos enormes depósitos de estructura cilíndrica se elevan a mis pies, llenos hasta el borde, uno cubierto con una malla negra para evitar la evaporación del preciado líquido y el segundo a cielo abierto. Éste, en un intento de mitigar el efecto de la evaporación, presenta una cubierta parcial de sus aguas embalsadas realizada por medio de varias decenas de bandejas de polietileno, del tipo a las utilizadas por los trabajadores de los viveros para obtener planta viva. Estas bandejas, con tierra en su interior, han sido colonizadas por las semillas de algunas plantas presentes en el lugar. Sin prismáticos y desde la distancia observada, creo que se trata de aulagas, pequeños verodes y algunas herbáceas que con su verdor cubren buena parte del embalse. Esa es la labor de los vilanos, esas estructuras pilosas capaces de permitir el vuelo de las semillas de muchas plantas para colonizar espacios muy alejados o, en este caso, inverosímiles.
Cuando salgo de la Sima a través de la senda que discurre junto a ellos, los observo desde su base para observar su estructura, alegrándome de que sigan activos en su función de depósito vital para los cultivos del fondo del barranco. Me entristece entonces las palabras recogidas en la pintada que observo, realizada en uno de ellos: “Como sigas con los rojos españoles, te verás en el hoyo. Únete”. Al lado de la pintada las iniciales de un partido y un conocido símbolo. Sobran comentarios. Cuando la ignorancia y el rencor se unen a la violencia y la sinrazón, los seres humanos dejan de serlo.
He abordado la parte de la ladera que hacia el Este hay bajo mis pies. Me sorprende la extensión del espacio ocupado por las cenizas volcánicas en esta dirección antes de las sistemáticas extracciones. Sobre la superficie resultante tras la extracción de la mayor parte de este manto de escorias, cornicales y balos presentan grandes ejemplares y una población en expansión. También destacan grandes ejemplares arbustivos de aulagas. Ha sido tan brutal el proceso extractivo en esta cara que es un lugar muy interesante para observar el discurrir de la recolonización botánica de la zona. Un hervidero de pequeñas vinagreras alfombra todo el espacio, pero es que esta especie es una de las primeras en colonizar. Entre ellas, abundantes ejemplares de bejeques rosados (Aeonium percarneum), la segunda especie en convertirse en habitual en estos terrenos alterados por las extracciones.
Descubro así, deambulando por esta cara tan desmantelada, una senda que recorre su zona alta y permite, entre escorias más o menos estables, llegar también a la cima, partiendo de este lugar. Por supuesto no lo recomiendo y lo considero totalmente inadecuada si se trata de personas que sufren de vértigo, son inseguras al caminar o no lo hacen habitualmente por espacios afines. Para los más atrevidos, la inestabilidad de gran parte de la senda y los taludes que se encuentran tras los estanques, me llevan a no recomendárselo.
Enorme es también el estanque que observo en la ladera de solana del barranco de los Cascajos, al nordeste del cono. De estructura prismática y base rectangular, presenta sus aguas cubiertas, posiblemente, por lentejas de agua (Lemna minor) una planta flotante, frecuente en este tipo de estanques. El aprovechamiento agrícola de esta zona es total. A la época de cultivos se suceden los períodos de descanso y, tras el verano, la roturación de las tierras, la reubicación de los diferentes sistemas de riego, tanto a pie de planta como aspersores preparan los terrenos para que, iniciado el otoño, vuelvan a plantarse todos los terrenos habilitados para ello. Lo cierto es que alegran la vista y el corazón, significando una esperanza verde en medio del paisaje negruzco y enrojecido por las cenizas de los volcanes.
Con las urbanizaciones industriales de Jinámar y Maipez se oculta el barranco y el paisaje se vuelve urbano. Es fácil analizar desde aquí el entramado urbano de cada una de las urbanizaciones que ocuparon el valle. A nuestra derecha la montaña del Rosso y montaña Quemada. Si giramos un poco más la vista, Caserones, las hoyas del Gallego y Aguedita estarían ya en dirección sureste. En esta misma dirección, alejando la vista en busca de la costa, observamos el roque y la península de Gando.
La lectura de la cara oeste la realizo separándome varios metros del borde. La razón ya la conocen, el peligroso e inestable talud que hay tras esta cúspide cercenada. Es muy interesante esta cara pues, a la realidad del desmantelamiento de todo el material volcánico, una observación pormenorizada de esta ladera visitando para ello la base de la misma, nos permite observar las diferentes capas de materiales emitidos. Así, hasta una decena de capas de diferente coloración, y granulometría heterogénea donde a las nubes ardientes de cenizas se le sucedieron vertidos de materiales escoriáceos más compactos, alternados con registros de materiales pulverulentos y períodos de descanso, hecho que delatan las franjas de tierras rubefactadas. Los colores de las diferentes capas delatan igualmente erupciones freatomagmáticas. Para mí, alejado del mundo de la geología y la interpretación vulcanológica, profano en un tema tan apasionante, solo describo lo que observo y lo cierto es que las imágenes de estos tajos de extracción que permiten observar las entrañas del volcán me cautivan, pues es innegable su espectacularidad y belleza. También constato el hecho de la recuperación botánica en estos impresionantes desmontes. El rabo de gato ocupa toda la superficie alterada. Se unen a la gramínea, vinagreras y aulagas, ejemplares aislados de estas dos especies arbustivas que aportan un toque de color a la amarillenta cubierta de los rabos de gato. Contados ejemplares de mamitas (Allagopappus dichotumus o Allagopappus canariensis) sorprenden con su lujurioso verdor. Los cantos de las perdices no dejan de escucharse por Hoya Niebla y las laderas de estos conos volcánicos.
Más allá de estos taludes, Hoya Niebla se presenta en toda su extensión. Una bella hoya que, según los habitantes de la misma, debe su nombre a la niebla que surge procedente del interior de la tierra y no del exterior. Así me lo hace ver el agricultor y buen amigo Pepe Santana, persona que admiro por su reflexión y sabiduría, interesante aportación que registro y aquel que quiera indagar más sobre esta curiosidad, que es muy probable tenga que ver con la evaporación y un diferencial térmico entre el suelo y la atmósfera situada sobre el mismo, ahí tiene el campo de investigación abierto. Cultivado su suelo en general, son los olivos y cítricos los árboles más abundantes. Algunas plantaciones de vides y pequeños huertos dotan a la zona de una entrañable esencia agrícola.
Elevando la vista y dirigiéndola a lontananza, tras las estribaciones que cierra Hoya Niebla, las cumbres de Gran Canaria, ahora bajo un manto de nubes bajas que no permiten identificar las cresterías más altas.
A mi izquierda, en dirección noroeste, destaca la montaña de la Atalaya.
Regreso sobre mis pasos por el camino de la ascensión. La razón es que donde no observamos un talud a primera vista, la cara naciente del edificio volcánico y lugar donde se encuentran los dos estanques construidos sobre antiguas zonas de extracción, sendos taludes imposibilitan el camino de descenso, justo antes de abordar los depósitos cilíndricos, volviendo inaccesible cualquier sendero. Así pues, queda bajar por donde subimos, pero no es necesario realizar la misma senda por el llano. Déjense llevar. Ante la ausencia de una senda clara pues sólo los cazadores suben aquí en busca de conejos, el desarrollo de las plantas nos indicará por dónde se puede y por dónde no se puede pasar.
Debemos tener paciencia pues ahora sí es fácil resbalar con los picones. Sugiero no agarrarse a las plantas que encontramos en nuestro descenso: veroles, bejeques, tabaibas amargas, balillos, salvias, pues nos proporcionan una idea de falsa seguridad ya que sus tallos no aguantan peso alguno y se quiebran con enorme facilidad. Misma recomendación les hago con los cerrajones. Ahora en noviembre en pleno crecimiento de tallo y masa foliar, aún lejana su época de floración, sus raíces son incapaces de ejercer de anclaje si nos sujetamos a sus tallos. Por eso les recomiendo, si no me han hecho caso y han subido a la cima, no bajar de frente sino hacer el descenso de lado y que sean las botas quienes en caso de necesidad frenen nuestra marcha.
Una vez en el pequeño calvero donde se asienta la Sima, dirijo la mirada a la ladera que se descuelga sobre la sima. Una mancha continua formada por cientos de bejeques (Aeonium manriqueorum) alfombra toda el risco irradiando luz con sus inflorescencias amarillas. -¡Es increíble! ¡Es cómo si el sol estuviese en la pared! -verbalizo involuntariamente.
Una enorme cantidad de insectos voladores liban las flores de los Aeonium y de los balillos, los cornicales y los azaigos de risco pues todas estas especies están en plena floración. El zumbido de sus alas define el paisaje sonoro del lugar. Me siento, cierro los ojos y respiro hondo. Luego, con el corazón rebosante de satisfacción y la belleza de los bejeques en mi retina, inicio una senda muy transitada que se encuentra en dirección Este y discurre sobre una vieja canalización de agua, una vieja y abandonada tubería de fibrocemento. Es esta la vía más cómoda para llegar a la Sima sin peligro alguno. Si accedemos por esta senda a la Sima, a primera hora de la mañana, la sinfonía de los pájaros que pueblan esta ladera que desciende hasta el barranco de los Cascajos es cautivadora. Sin consideración de tipo alguno, sentirán la necesidad de sentarse y escuchar. Observarán las bandadas de canarios saliendo de los arbustos de la ladera y bajando hasta la zona próxima a ser cultivada y como suben luego en busca del cardonal que hay al comienzo del barranco. Descubrirán los machos de mirlo marcando sonoramente su territorio, con cortos vuelos, de cardón en cardón, siempre situados en el brazo más elevado de cada planta.
Esta senda conduce directamente a la carretera de subida del polígono industrial y permite agrupar a los alumnos o grupos, justo antes de abandonar la montaña, al lado de los embalses de agua antes señalados.
En nuestro camino de regreso, encontraremos un par de sendas que discurren en la misma dirección, pero se desvían un poco entre cardones y flora asociada. No les llevará a otro lado que no sea la salida pero les permite observar viejas canalizaciones y distribuidores de agua, así como un pequeño arco volcánico, una especie de ventana de escasa entidad situada cerca de los estanques, todos ellos fieles testigos de la importancia del agua, su distribución y uso en tiempos muy recientes y de la riqueza en la variedad de formas de la lava emitida.
manto de incienso cubre esta zona de entrada, la más degradada. No olvidemos que, para obtener el suelo necesario para situar aquí dos estanques, fue necesario extraer materiales volcánicos y buscar la horizontalidad del terreno. Pues bien, el material no aprovechable fue arrojado ladera abajo, sepultando la vegetación original, la propia de un cardonal tabaibal que sigue perviviendo a ambos lados de esta zona de derrubios. Es triste constatar como esta práctica que desprecia el medio y destroza el paisaje sigue siendo una práctica habitual en los movimientos de tierras llevados a cabo en laderas. Afortunadamente, poco a poco, la vegetación de sustitución, especialmente las vinagreras y algunos inciensos (Artemisia canariensis, ahora Artemisia thuscula) han ido cubriendo el talud artificial generado, aunque es notorio el salto botánico entre una y otra zona. Creemos que con el tiempo será la zona bien conservada, la que presenta mayor diversidad, la encargada de enriquecer con nuevas especies, de un modo paulatino, la vida vegetal en la zona degradada.
A mi mente acude una y otra vez el cuerpo de una denuncia, pues la realidad de lo que voy a exponer exige una respuesta inmediata. Ahora que abandono el cono volcánico, soy consciente del enorme riesgo de caída para senderistas y personas en general que visitan esta montaña, y no me refiero a la boca de la sima, sino a todos los taludes que, en sus caras oeste, sur y este se encuentran sin vallado ni señalización alguna, a pesar de que algunos de estos taludes superan la decena de metros de caída libre. Pido a las instituciones responsables que tomen cartas en el asunto. Si se trata de una propiedad privada, son sus representantes los responsables de alertar sobre el peligro existente y tomar las medidas necesarias. No es una medida extraordinaria pues en la montaña del Rosso se encuentra un vallado destinado precisamente a eso: evitar los derriscamientos involuntarios.
Permítanme hacer un poco de historia sobre la lucha orquestada desde hace varias décadas por preservar tan singular edificio volcánico. Es importante pues, una vez más, demuestra que la ciudadanía, los grupos sociales y el periodismo de investigación denuncian, una y otra vez, los atentados que se están perpetrando en el territorio y es siempre la tardanza política, la tibieza judicial, la total ausencia de fuertes sanciones -cierre de las industrias extractoras cuando carecen de permiso y multas multimillonarias pues si extraen sin permiso alguno son verdaderos delincuentes ambientales-, lo que propicia con tanta ineptitud que espacios como éste se encuentren en el estado que observamos en la actualidad.
Y es que la Sima de Jinámar aunó movimientos vecinales, ecologistas y hasta políticos en aras a su conservación. No obstante, con el paso del tiempo no dejo de reconocer que no hubo victoria alguna y si consideramos los restos que quedan como una gran victoria, yo la considero pírrica pues la mayor parte del edificio volcánico no existe, ha sido desmantelado.
Mi buen amigo y luchador en la defensa del medio ambiente Honorio Galindo Rocha me ha remitido la historia de esta lucha y, los documentos más antiguos que conserva están fechados el 5 de junio de 1989, curiosamente el Día Mundial del Medioambiente. Ya en esa fecha, hace 33 años se denunciaba la brutal extracción que ponía en riesgo la supervivencia de la montaña. Era Carmelo Ojeda, periodista y docente entonces, director de este periódico digital ahora, quien solicitaba protección para la montaña. Casi al mismo tiempo, la asociación Sima de Jinámar denunciaba la explotación y destrozo del espacio. Y con Sima de Jinámar, los colectivos ecologistas Turcón y Mega. Eran tiempos de denuncias en prensa y en otros medios informativos, pero de poco recorrido en los juzgados. Desde aquel entonces, cientos de denuncias, de encuentros, de charlas informativas, manifestaciones en la Sima, sentencias en los tribunales, acusaciones de explotar los áridos de los conos sin los pertinentes permisos, de promesas políticas incumplidas, de absoluta impunidad de los explotadores… se continuaron hasta la actualidad. Ningún momento sin lucha por parte del movimiento ecologista. Mes tras mes, año tras año. Es posible que ningún otro cono volcánico haya hecho correr tantos ríos de tinta y generado tanta lucha. ¿Resultado? A la vista se encuentra.
Es cierto que el tubo volcánico de la Sima sigue ahí, pero es todo lo que queda del edificio volcánico. Lo cierto es que cuando se ralentizan tanto las acciones políticas y sociales, llegan tarde las medidas de protección, curiosamente cuando queda poco o nada para proteger. Lo mismo pasa con las sentencias judiciales cuando no se aplican sobre la marcha.
Cuando analizamos, varias décadas después, el devenir de estas luchas y sus efectos, preocupa el presente y el futuro de todo nuestro patrimonio natural. Mientras no se plantee con valentía qué modelo de islas queremos, las luchas contra la especulación y la depredación del territorio serán enconadas y la mayoría de ellas, estériles. Sólo hace falta asomarse en estos días, mes de noviembre del año veintidós del siglo veintiuno, al empecinamiento continuo por ocupar y transformar los últimos territorios vírgenes en el litoral, los últimos espacios sin urbanizar en las costas de todas las islas, la insistencia en nuevos emplazamientos turísticos o residenciales, da igual que sean de lujo o no, comprometidos con el medioambiente o no, ecológicamente permisibles o no, la implantación se quiera o no -en eso consiste la estrategia de considerar algo de interés general-, de decenas de aerogeneradores sobre conos volcánicos, suelos agrícolas y espacios protegidos El problema se encuentra en la ocupación del suelo, en arrasar con el poco litoral que queda libre de una antropización extrema. No son necesarios nuevos puertos pues, muchos de ellos, acaban infrautilizados como es el caso del puerto de Arinaga, pero siguen insistiendo en ello los que ven en las islas un mero solar urbanizable.
Falta definir qué futuro queremos y a partir de vertebrar unas líneas indiscutibles de respeto y protección al poco medio natural que nos queda y a los seres que lo habitan, poner freno a tanto compadreo y especulación. Mientras no suceda, seguiremos luchado para obtener migajas del territorio defendido. Este cono volcánico es uno de los casos más notables del despropósito del ser humano.
Mi granito de arena para poner en valor dicho espacio vino de la mano de la educación ambiental. Decenas de visitas previas durante dos décadas, con alumnos de centros educativos de Telde, me llevaron a la elaboración de un material pedagógico diseñado para interpretar y vivir los espacios naturales teldenses. Así, el 28 de mayo de 2001 se presentó en Telde una carpeta de material didáctico. Constaba de cinco cuadernillos que trabajaban algunos de los espacios naturales más relevantes de la naturaleza teldense.
Uno de los cuadernillos se titulaba: “La sima de Jinámar y la montaña Rajada”. Lleno de actividades ilustradas, motivadoras para el alumnado o el visitante ocasional que se aproximase a la Sima con ganas de observar y aprender, nos acercaba su geología, su historia, su fauna, su flora, así como la complejidad de las adaptaciones de las plantas a la realidad geológica del ecosistema. Es posible que se encuentre en buena parte de los centros educativos teldenses, pues hacia ellos iba dirigida su edición, y también en las bibliotecas públicas. Si lo encuentran, les invito a tomarlo prestado y recorrer la Sima con el cuaderno de actividades en sus manos. Fue realizada por mi amigo y compañero en la docencia Calixto Herrera Rodríguez. Un extraordinario trabajo de ilustración e investigación en el que ambos nos sentíamos naturalistas del pasado siglo disfrutando y describiendo espacios y especies de increíble belleza. Si pueden realizar la ruta con el cuadernillo ilustrado, les garantizo que disfrutarán de un modo diferente.
Aquel estudio me sirvió para analizar la Sima y su entorno, para convertir ambos elementos en innegables recursos didácticos, para disfrutar de su conocimiento y descubrimiento, para motivar la imaginación de las alumnas y alumnos y despertar su interés por aprender. No observo ahora en este espacio dos décadas después, cambios sustanciales -si los encontraré, pues las extracciones continuaron desde aquel entonces, en el discurrir de la montaña Rajada-, tras el paso del tiempo. Si acaso el relleno con escombros y otros materiales inertes del inmenso socavón consecuencia del enorme desmantelamiento que el cono recibió durante décadas de extracciones en su cara norte. En aquel entonces un pavoroso talud se encontraba en su cara norte, semejante a los que observamos hoy en día en las caras oeste y sur de la montaña. Al igual que éstos, tampoco estaba señalizado como zona de peligro. El resto del paisaje era similar. Observo las mismas especies de aves que frecuentaban dicho espacio, si acaso en menor número.
No es difícil corroborar este aserto hablando con los habitantes de la zona. En general observo pérdida en la densidad de plantas y eso justifica la merma en los sonidos habituales de las aves que pueblan la zona: canarios de monte, chirreras, alpispas, mosquitas, mirlos… La población de palomas bravías se mantiene estable y es posible que la de los cernícalos. Son más las especies cuyos trinos y gorjeos escucho en la zona, pero si no veo el ave en cuestión, soy incapaz de identificarla. Cuestiones propias de no ser ornitólogo. Sólo encuentro como novedad la valla que ciñe por completo la boca de la sima. Para mí carece de sentido pues ningún accidente dictaminó su presencia. Quiero pensar que sólo el frío despacho de un burócrata o un político prudente en exceso -imagínense ustedes una valla en el Nublo para evitar que la gente se alongue y pueda caerse al vacío (utilizo el término alongarse como canarismo pues no me sirve para esta ocasión los significados reconocidos en la RAE sino el registrado en el Diccionario Básico de Canarismos de la Academia Canaria de la Lengua).
Tal vez nunca llegue a ponerse en valor la posibilidad arriba expresada y verbalizada por una mente calenturienta, pero todo es posible. El caso es que el hecho de que llegara a plantearse la idoneidad de poner un cierre metálico a la mismísima boca de la Sima, pues sólo así, justificaba el autor de la propuesta, desaparecería el riego de caerse o precipitarse en su interior -aplicándose con tal medida un tratamiento similar al que se exige a los pozos abiertos en cualquier propiedad-, aterra. Es lo mismo que si cementamos los riscos de acceso para aproximarnos con una escalera de hormigón a la Sima. Si alguno de estos disparates se hiciera realidad, si la naturaleza fuera domeñada hasta tal modo, pensando en la falsa seguridad de una de sus especies, el ser humano, no sólo el encanto de la Sima desaparecería, estaríamos sellando nuestra propia historia, nuestro libre albedrío, sepultaríamos las emociones y las vivencias propias de una naturaleza salvaje.





























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.222