Pasan los años y la torre-reloj del parque de San Juan sigue sumida en el absoluto abandono. El 26 de mayo de 1999 -un miércoles- el Ayuntamiento de Telde inauguró ante la mirada de 4.000 personas un gigante parque de más de 135.000 metros cuadrados que tardó en construirse cerca de dos años y en el que se invirtieron 830 millones de las antiguas pesetas, lo que hoy en día serían casi cinco millones de euros.
Álvaro Monzón, concejal de Parques y Jardines, explica a Canarias7 que actualmente está en marcha un proyecto en el que se acometerá la recuperación del parque con 4 millones de euros. Entre una de sus prioridades estará la recuperación de la torre-reloj, tal y como informó TELDEACTUALIDAD.
Una obra faraónica para dar a la ciudad un espacio verde en el que respirar que fue perdiendo prestigio y encanto con los años. Muchos son los ciudadanos que continúan yendo a hacer deporte a este temático, pero hay que reconocer que al parque de San Juan le hace falta una buena lavada de cara.
Uno de sus puntos fuertes en un inicio, a donde querían ir la gran mayoría de los visitantes que empezaban a conocer este inmenso espacio de ocio, era la torre-reloj que se ubica en el lado sur del parque, entre el actual auditorio José Vélez y las canchas deportivas. Siempre fue un imán de miradas. Su gran altura y su forma piramidal sigue haciendo que sobresalte por encima de cualquier otro elemento. La diferencia entre ayer y hoy, es que en sus inicios fue admirable y se le presuponía con un potencial para llegar a ser una atracción diferencial y ahora se ha convertido en un desecho, provocado por la dejación de quienes la han tenido a su cargo.
Encadenada en un estado deplorable
Las losetas se siguen cayendo a cada año que pasa, sobre todo en las esquinas, donde se puede hasta ver el esqueleto de la estructura. El óxido se ha hecho dueño de la obra y su interior parece que seguirá siendo inquebrantable durante mucho más tiempo.
Se pretendía que tuviese dos funciones. Dar la hora y actuar como un pequeño mirador. A los pocos años de inaugurarse se clausuró la entrada debido a la peligrosidad que suponía para los usuarios -entre ellos muchos menores- subir por unas débiles escaleras de caracol que llevaban hasta su segunda planta. Al llegar arriba, el pequeño balcón situado a unos casi 10 metros del suelo no parecía muy estable. Además, sus cortas barandillas no generaban una gran confianza. Por todo ello, y antes de que ocurriese cualquier desgracia, el Ayuntamiento de aquellos años decidió sellar su entrada.
Y hasta el día de hoy ahí sigue. Nadie en estas largas dos décadas se ha atrevido a darle una segunda oportunidad. Las manecillas del reloj que reina en la cúspide marca el momento en el que se paró: fue a las 5.15 -o las 17.15- de un día, del cual nadie se acuerda, pero que fue fatídico para esta obra. Un monumento fantasma que yace sobre el parque de San Juan, la joya verde, y para muchos oxidada, del municipio.




























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