TELDEACTUALIDAD ofrece una profunda y sosegada reflexión del que fuera fundador y actual socio de Turcón, José Manuel Espiño Meilán , sobre la reciente asamblea del colectivo en la que se decidió de forma mayoritaria el relevo de su presidente Honorio Galindo.
Siempre Turcón
Sus estridentes ladridos son señal de que cabalgamos Respeto es una bella palabra. Respeto a toda persona, idea, convicción. Si la lucha es necesaria, hagámoslo desde la palabra. Pero una palabra amable, amiga, capaz de convencer al prójimo, a la compañera, compañero, amiga, amigo de que está equivocado. Es posible que, con este talante de encuentro, también nosotros reconozcamos que no siempre la razón nos asiste.
He estado reflexionando tras la celebración de la última asamblea de Turcón, celebrada el pasado viernes, día quince de julio. He intentado sustraerme a las diferentes capas de cebolla que podrían viciar mi análisis. Así eliminé el tiempo dedicado a las actividades presentadas en los primeros puntos del orden del día, eliminé las supuestas mediaciones de agentes externos políticos y económicos que, al parecer, mentes calenturientas observan sin explicitar ni demostrar quién, cómo y dónde, eliminé las muestras de afectividad que siempre acompañan al colectivo al inicio de cualquier acto propio, ya sea una reunión, un encuentro, una celebración. Mi objetivo era quedarme sólo con la secuencia del punto 10, aquel que en el Orden del día rezaba así: “Renovación de un tercio de la Junta Directiva”.
Un punto que debería celebrarse como siempre se había celebrado. Con el agradecimiento a los compañeros salientes de la Junta por tanto esfuerzo, tanta pasión y dedicación, tanta entrega altruista y dar la bienvenida a los entrantes que en este caso serían las entrantes pues, en busca de la paridad de género que toda asociación debería pretender, tres mujeres activistas cubrirían las vacantes que correspondían a los compañeros que llevaban más antigüedad en el cargo.
Por eso me sorprendió la defensa a ultranza del puesto de la Presidencia. Jamás había sucedido con presidentes anteriores en toda la historia del Colectivo. Ni con presidentes ni con ningún otro cargo. Sabía de las conversaciones y encuentros previos llevados a cabo las últimas semanas por diferentes miembros del colectivo, con el entonces Presidente, para que entendiera y facilitara el cambio. Era necesario. Fui yo la última persona que el día anterior jueves día catorce, a las nueve de la mañana, me reuní con él. Imposible el diálogo, no estaba dispuesto a abandonar la Presidencia a pesar de la petición unánime de la mayoría de compañeros asamblearios que le hacían ver que nada cambiaría, que seguiría con sus luchas con absoluta libertad, que el Colectivo no abandonaba lucha alguna, pero que era el momento de delegar en otra persona la portavocía del colectivo, la presidencia del grupo
tras once años en un cargo, fijado en los estatutos en cuatro, pero que su labor, dedicación y entrega había permitido prorrogarlo, año tras año, hasta siete años más.
Cuando la asamblea considera que vas por libre en tus declaraciones, que tomas decisiones sin haber pasado previamente por el acuerdo de la asamblea, cuando justificas como indiscutible que hay que actuar muchas veces desde el impulso y la premura del momento, corres el riesgo de equivocarte y lo que es más grave, abandonas el carácter e identidad de un Colectivo asambleario para convertirte en un activista presidencialista. Esa manera de actuar no es acorde con la identidad del grupo.
Deseaba seguir hablando con él, tras la reunión, durante la Asamblea intenté devolver al expresidente al foro asambleario varias veces, pero la ceguera impulsada por el aparente victimismo y la tergiversación intencionada de otros, no lo permitió.
No es lógica la reacción impulsiva de abandonar la reunión de una asociación en la que todos sus miembros participan, actúan, debaten y deciden voluntariamente como tampoco lo es permitir que persona alguna difame, calumnie, insulte a miembros del colectivo o asociación sin prueba alguna sobre las calumnias vertidas.
Nadie te echó, estimado amigo Honorio, del Colectivo. Cuando leí textualmente: “Me han echado de Turcón por no ser un corrupto ni dejarme corromper, me echan por hacer bien mi trabajo” ¿Cómo? ¿En qué reunión estabas, Honorio? ¿Dónde aparece escrito en el Orden del día: “Expulsión de Honorio Galindo Rocha del Colectivo Turcón”? ¿A qué hora se te expulsó? Lo desconozco porque ni aparece tal expulsión en el Acta registrada, ni estás dado de baja en el colectivo. Hasta este momento sigues como miembro del Colectivo...claro está, hasta que tú personalmente, por decisión propia, solicites tu renuncia. Entonces ¿cómo se puede mentir de esta manera?
Pues de un modo claro, escuchando los ladridos de los vociferadores. Aquellas personas que sí desean romper la unidad de Turcón, su armonía, su buen hacer, su compromiso con el medioambiente y con la amistad de sus miembros. En verdad que, sabiendo de tu valía en la lucha, es una pena esta forma de actuar.
Todas las personas que estábamos en la Reunión queríamos que siguieras con tu labor de denuncia y defensa del medio, como lo has hecho siempre en el Colectivo, antes y durante tu presidencia. Pero no lo deseábamos desde la presidencia, no desde la portavocía del colectivo. Y eso tú no lo admitías. Reconociste, una y otra vez, la necesidad de tener patente de corso para iniciar o desarrollar las acciones jurídicas del Colectivo y esa especie de “inviolabilidad pretendida” pone en riesgo la credibilidad y el buen hacer de un Colectivo cuando tales acciones no son aprobadas o se solicita más tiempo para su discusión, por la Asamblea que se reúne periódicamente, con carácter ordinario o extraordinario.
Elimino también, a modo de la última capa de cebolla, las formas, modos y palabras, tan dañinas como groseras, meditadas, verbalizadas y vertidas por acólitos extraños que vociferan mentiras. Para mi análisis me remito en exclusiva al Acta de la reunión elaborada por el secretario vigente, a mi presencia en la Asamblea y al reencuentro agradable y placentero con amigas y amigos, activistas todos, que portan en su mochila similar bagaje al que pueda mostrar el ex-presidente o yo.
Como reflexión final -saben que me gusta bucear en la literatura de maestros y genios literarios pues leyendo se aprende mucho, sobre todo a ser humilde, pues poco es lo que aprende uno y mucho lo que ignora-, les traigo los primeros versos del poema “Ladrador” de Johann Wolfgang von Goethe, uno de los más grandes poetas, novelista y dramaturgo alemán. Sin duda alguna un gran pensador.
Cabalgamos en todas direcciones
en pos de alegrías y trabajo;
pero siempre ladran cuando
ya hemos pasado.
Y ladran y ladran a destajo.
“Ladran, señal de que cabalgamos”. “Ladran, luego cabalgamos” -son frases sentenciosas utilizadas habitualmente cuando alguien quiere explicar que, si estamos en camino, las críticas, las piedras y los palos, los intentos de detener tu marcha o ralentizarla serán
habituales.
El uso de este tiempo verbal no me produce satisfacción alguna, pues sé que estoy agraviando a un animal tan noble como entregado como es un perro. ¡Qué lejos está un ladrido de un insulto, de una difamación, de inventar historias inexistentes, de disparar con las palabras a personas íntegras que jamás utilizaron -y repito este adverbio de tiempo: jamás-, la falta de respeto, la denigración personal, el falso testimonio, la mentira y el agravio para dañar a otra persona que, sea donde sea, en cualquier circunstancia debe dársele la misma consideración que a nosotros nos tenemos! Tal vez esta última frase sea la que justifica sus exabruptos verbales, su escasa calidad humana y su falta de consideración hacia los demás.
El caso es que seguimos caminando y eso aporta satisfacción y ánimo. Seguimos caminando como hemos hecho siempre, desde el acuerdo asambleario, desde la palabra, desde la humildad de nuestra gestión y el entendimiento con todos.
No podemos arrogarnos en exclusiva la voz de un grupo, de una asociación. Todo debe pasar por la asamblea donde muchas otras personas debaten las circunstancias, favorables o no, para iniciar o continuar una acción, una lucha, un proyecto. Es luego cuando se perfilan acuerdos, es entonces cuando se redactan notas a los medios, notas consensuadas, notas aprobadas por la asamblea.
Llevamos cuatro décadas realizando de forma voluntaria una labor ingente. Sabe de ella la ciudadanía teldense, la isla de Gran Canaria y el archipiélago. Hemos crecido junto a asociaciones que durante todo este tiempo han nacido, se han desarrollado y al final desaparecido en el campo de la defensa el medio ambiente en las islas. Saben de ello las fuerzas vivas municipales, las insulares, tanto políticas como económicas y sus ciudadanos.
Fuerzas representadas por personas que han visto con orgullo como este colectivo ha mantenido estrictamente la defensa del medio ambiente siempre. Desde la erradicación d las aguas residuales por los barrancos, la extracción indiscriminada de arena por toda la costa insular o la petición de parques y papeleras en Telde cuando no existían, iniciándose los años ochenta, hasta las luchas más recientes y en las que estamos inmersos en pleno dos mil veintidós.
No nos tiene que enseñar nadie como deben hacerse bien las cosas. Mucho menos desde la premura y el insulto. El talante de este colectivo siempre fue otro. Tratamos de escuchar todas las partes, tratamos de que la iniciativa la tome la gente, las personas afectadas y tras su implicación en la lucha, el colectivo se pone donde ellos decidan qué es lo más conveniente: al lado o al frente.
La inquina, el enconamiento la animadversión de algunas personas, que sobran para contarlos los dedos de ambas manos, hacia decenas de personas que demuestran cada día su validez en la vida y en el trabajo, su esfuerzo en ejercer su compromiso con el medioambiente, con el patrimonio de la mejor manera posible, es injustificable y retrata lamentablemente el talante y calidad humana de las personas que así se definen.
Si no he realizado descalificación alguna, ni lo ha hecho ningún miembro del colectivo durante la asamblea, tampoco lo haré en un futuro. No habrá respuesta alguna a quienes desde la soberbia, odio o ignorancia, mancillen el respeto debido a un escrito, éste, realizado desde el derecho que me asiste de la libertad de expresión. Gracias.
José Manuel Espiño Meilán es miembro fundador del Grupo Naturalista Turcón y en la actualidad Presidente Honorífico del colectivo.





























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