Dedicado a todas aquellas personas que, a pesar de las vicisitudes de la vida, a pesar de las mayores dificultades que encuentren en su camino, siempre van.
A primera vista da la impresión de una soberana pedantería el pretender que sea el relato más corto jamás contado, pero en verdad, apenas es necesaria una breve reflexión para entender que nos encontramos ante el microrrelato con mayor capacidad significativa que pueda tener una composición de este tipo. En su interior, el vocablo -convertido en relato-, encierra todas las capacidades existentes, todas las historias que puedan relatarse, el cómputo global de cualquier acción humana, atesora toda una vida, no sólo la de una persona en singular sino la de la toda la humanidad.
Vamos.
Fue necesaria su acción verbal para que existiera el ser humano tal y como lo definimos ahora. Fue necesaria para tomar la decisión de descender del árbol y desplazarse sobre sus patas traseras -algo que ocurrió hace unos siete millones de años, aunque la discusión sobre el momento exacto, el cómo y el cuándo del bipedismo sigan en pie-, de ocupar nuevos espacios, de ir, en suma, de evolucionar como especie hasta donde se encuentra hoy y necesaria será la acción verbal de este microrrelato para que el transcurso de su periplo por el universo durante los próximos años, décadas, siglos, siendo tremendamente optimistas milenios, pueda proseguir y, por qué no, si la ciencia ficción es una posibilidad, millones de años más.
En su interior, en el profundo significado que encierran las cinco letras que componen el relato, se encuentra también el último viaje, la última acción que como seres humanos realizaremos sin necesidad alguna de escuchar la palabra verbalizada por otro ser humano.
Es este relato, el más corto jamás escuchado, el hacedor de vidas e historias, de aventuras y odiseas.
Fue este término quien nos puso siempre en movimiento, el que nos llevó a vivir cada momento de nuestro periplo, a disfrutar de múltiples andanzas, a avanzar y retroceder, a conjugar en nuestra experiencia diaria cada uno de los tiempos verbales del verbo ir.
No sé si un relato de tal dimensión es valedor de un Premio Nobel de Literatura, de un reconocimiento unánime de la humanidad hacia el escritor que lo ha creado, pero lo que sí sé es que es el relato de la vida, de una vida, de la vida de usted y de la mía. Un relato que, sin su existencia, sin su acción, sin su determinante verbo en movimiento, ni usted ni yo estaríamos aquí, en este preciso instante.
Busqué el significado de relato para saber si en verdad estaba hablando con un mínimo atisbo de coherencia y encontré en el diccionario de la Real Academia de la Lengua esta definición: “1. m. Conocimiento que se da, generalmente detallado, de un hecho.
Perfecto, me vale. La concreción de este relato es absoluta: “Vamos”. Es cierto que no detalla un hecho, pero implica en cada uno de nosotros, en el momento de interiorizarlo un conocimiento específico y diverso, una puesta en marcha capaz de justificar, relatar, promover, ejecutar no un hecho sino infinitos, tantos como lectores lean el relato.
¡Vamos! -anima el ginecólogo cuando los últimos esfuerzos, dolorosos e impacientes de una madre, provocan las postreras contracciones para que asome la cabeza de cada uno de nosotros a la vida.
¡Vamos! -pensó usted y yo, sin saber ambos que pensábamos, para deslizarnos por el túnel de la vida tras el tobogán de líquido amniótico que nos ayudaba a salir.
¡Vamos! -verbalizaron su padre y su madre, sus tíos y hermanos, los seres humanos que había a su alrededor para recibirle primero, alzarle luego, caminar después.
¡Vamos! -dijeron sus profesores, sus orientadores, sus amigos, también los que le rechazaban y los que le retaban, pero de un modo u otro, a través de estímulos, negativos algunos, positivos la mayoría de ellos, le animaban a ir, a crecer, a ser.
¡Vamos!
Y en la vida tal término forjó su personalidad, su forma de ser, su conducta, sus valores y fue trabajador o no lo fue y formó una pareja, una familia o no la formó, y los años fueron configurándole de un modo u otro, de una manera u otra, de una forma u otra, pero siempre iba, porque la vida que tenemos sólo se conjuga con el verbo ir, aunque en ese devenir haya pausas y carreras, cortas o rápidas, siempre hacia adelante, consciente de la finitud inexorable de la vida orgánica, de la limitación real del tiempo disponible.
¡Vamos!
Fue el término que tantas veces percibimos, tantas veces verbalizamos antes de iniciar nuestros periplos.
¡Vamos!, nos llevó a un grupo de amigos, desde hace muchos años, a realizar el Camino de Santiago en todas sus variantes posibles. Aún seguimos en ello.
¡Vamos!, nos ayudó a comprender la esencia del mismo Camino jacobeo aquí, entre volcanes y barrancos, recorriendo una pluralidad de paisajes en la isla de Gran Canaria.
Fue tan socorrido vocablo: ¡Vamos!, quien nos llevó a Roma a dos amigos del alma, haciendo realidad el dicho de que todos los caminos conducen al centro de la cristiandad, y quien nos reveló el corazón que late en cada esquina, en cada plaza, en cada calzada de la ciudad eterna y en cada puente del apacible Tíber.
¡Vamos!, me llevó a pasear cada domingo por este querido, defendido y deseado Paseo del litoral de Telde con entrañables amigos, compañeros de caminos y vivencias.
Por eso no puedo dejar de plasmar tan bello relato, tan dinámico y vital, en este recuerdo -uno más-, al escritor ausente, José Luis González Ruano, registrando cada palabra previa al relato, tal cual las escribió él, en su publicación: “Donde anidan los albatros”. La razón es muy clara, el microrrelato al que nos referimos lo compuso él.
Palabras que expresan, en un breve pero esclarecedor párrafo previo, la profundidad del relato escrito a continuación utilizando para ello, un solo término (de las veintitrés acepciones que dicho vocablo tiene, me quedo con la octava: palabra (unidad lingüística).
El eco del destino
(Relato corto -el más corto jamás escrito- para el que se han consultado las innumerables notas de viaje tomadas sobre las islas del Pacífico y la gran aventura de la expansión humana)
Vamos.
Muy profundo para mí, incitador a las más variadas acciones que uno pueda imaginar. Todos conocen el corto relato del escritor Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, un microrrelato que da alas a todo lo que nuestra imaginación y madurez pueda aventurar.
No era el afán minimalista, ni el rescate de formas breves de poesía, aunque su autor adoraba los haikus, ni el seguimiento de las vanguardias del pasado siglo con sus tendencias a condensar los textos buscando la brevedad y la calidad en lo escrito. Era él.
¡Vamos!, puso en camino al pequeño grupo de senderistas donde se encontraba nuestro amigo y compañero, justo hace un mes. Santiago, Elías y yo. En este periplo, completó el grupo nuestro común amigo Carlos, en otros lo habían hecho otros buenos amigos: Anselmo y Javier. La vida sigue y la ilusión continúa. Hemos ido a la búsqueda de paisajes perdidos, poco transitados. Galicia fue el lugar elegido esta vez como lo había sido Euskadi en nuestro último viaje. Al igual que entonces, ascendimos por las riberas de ríos escondidos para gozar plenamente de la comunión con la naturaleza y de los seres que la habitan. Paso a paso alcanzamos las cimas de las montañas sagradas de nuestros ancestros, entonces fue el Gorbea, ahora debería haber sido O Pindo, pero Breoghan y los dioses de la montaña no estaban por la labor de mostrarnos el Olimpo celta y ocultaron su perfil y las sendas que lo transitan bajo una tupida niebla, la más espesa que uno pueda imaginarse, al tiempo que una intensa lluvia, capaz de empapar al instante al montañero más avezado, daba al traste con cualquier empeño. Compartimos mesa con los lugareños, sus viandas y sus risas, sus palabras e inquietudes, sus recomendaciones para continuar el viaje. Mámoas -túmulos funerarios del Neolítico- y castros nos sumergieron en el mundo prerromano de los pueblos indígenas que habitaron Gallaecia, termas y murallas nos transportaron a la época augusta del Imperio romano, iglesias y catedrales convertidas en representaciones artísticas de muchos siglos -prerrománico, románico, gótico, barroco, neoclásico…-, nos mostraron la fugacidad del tiempo y la grandiosidad del espíritu creativo del ser humano.
Cada uno de nosotros -mujer, hombre en cualquier etapa de su vida-, a lo largo de su historia tuvo que verbalizar esa palabra: ¡Vamos!, para que todo lo existente se convirtiese realidad.
Ahora, en este preciso instante, en casa frente al ordenador, de regreso de este nuevo periplo, más que nunca verbalizo el microrrelato de José Luis y, en voz alta, con decisión y firmeza, manifiesto: ¡Vamos! y continúo de este modo el camino de la vida, camino que sólo puede conjugarse con el espíritu de la palabra.





























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