Dedicado a todos los miembros de esa gran familia que se apiña alrededor de un colectivo ecologista: Turcón. Socios, simpatizantes, asiduos amantes de las caminatas, comprometido activistas que apoyan cada campaña. Gracias, muchas gracias.
El pasado sábado, 7 de mayo, justo el día después del homenaje realizado al atardecer junto al Bufadero de la Garita, inaugurando el monolito y mirador dedicado a José Luis González Ruano, la familia del Colectivo Ecologista Turcón se encontraba de celebración en la Finca Ecológica Los Olivos, sita en las Medianías de Telde.
El viernes seis habíamos vivido un momento inolvidable. Varias decenas de personas disfrutando del encuentro, de la cita, del recuerdo de José Luis bajo la música suave de una guitarra acústica. Era un encuentro festivo, alegre, agradecido por el reconocimiento merecido. Había ganas de mitigar el dolor de la ausencia, de seguir el camino y supo a desahogo, a enorme satisfacción, a poesía.
Sus versos volaron al aire y aquel que llevaba dos años esperando un lugar para recrearnos con su lectura, encontró su lugar sobre una soberbia roca de volcán. La encarnada roca, manteniendo aún el color de la roca fundida, amainó su ánimo y cual miliario romano se mantuvo estática, aportando serenidad al espacio circundante. Tras ella, descansaban un grupo de rocas basálticas, serias e impertérritas, sin hosquedad alguna en su mirada a pesar de sus sombrías tonalidades grises. A sus pies se saludaban un grupo de siemprevivas que iluminaban el paseo con sus floraciones malvas.
Y allí quedó, orgullosa y satisfecha, la estrofa viajera.
Sobre la costa hundida
arde una estatua de salitre
para los pájaros pacíficos
que me piden palabras
con su aleteo humilde.
Tan bella en sus palabras que la rosa y el helecho, que ayer mis manos depositaron a los pies del monolito pétreo, subieron poco a poco por la roca escoriácea hasta, agotadas del esfuerzo, quedarse sumidas en un plácido sueño, adormecidas bajo el aleteo humilde del último verso.
Allí las encontró al siguiente día Jesús Ruiz Mesa, entrañable amigo que cada imagen que cautiva con su cámara la convierte en sentimiento, belleza y poesía. ¡Qué te aprecio Jesús, amigo mío! Tras las fotos, se marchó en silencio, respetando el profundo sueño de las flores.
Pero regresemos al Encuentro del Colectivo. A mi llegada, Gilberto y Pedro ultimaban los preparativos para un buen desarrollo de la Reunión que iba a celebrarse. Saludé a Guillermo y a Esther, a Conchi y a Juan Elitio. Llegaron Paco y Manuel Sánchez y luego Paqui y Álvaro. Poco a poco iban llegando muchas compañeras y compañeros, Juan Francisco, Manolo, Paqui, Benjamín, Ruth, Jose, Anselmo, Carmen, Rosario, Isidoro, Eugenio, Mario… Pido perdón a quienes no he nombrado, pero éramos muchos y todos saben que mi reconocimiento es para cada uno de ellos.
Tras los saludos iniciales de personas que, a veces, sus circunstancias no les permiten verse con mayor frecuencia, se realizó una semblanza del inicio del Colectivo y una rápida visión de las fortalezas que le permitieron alcanzar cuatro décadas en primera línea. Con logros y satisfacciones unas veces, incredulidad y pena en muchas otras, jamás tuvo cabida el desánimo y el abandono. Se respira mucha resistencia en este Colectivo, enorme fe en los Proyectos iniciados e inquebrantable determinación en las luchas planteadas.
A eso de las 12 del mediodía, mientras los benjamines del Colectivo visitaban las aves, mamíferos y otros animales que se encuentran en la finca, durante dos horas más o menos tratamos de las vivencias y de las emociones, del porqué de la llegada y de la permanencia en el Colectivo, de las fortalezas y las debilidades, de las líneas futuras de gestión, de compromiso y otros valores.
No estaban todos los que son, pues razones de diversa índole imposibilitaron su presencia, pero sí eran todos los que estaban. Eran más, pues había representantes de la Federación Ecologista Ben Magec y del Colectivo Ecologista La Vinca, todos con el corazón puesto en el Colectivo teldense.
Antes del almuerzo y los consiguientes brindis, daba igual que fueran con agua, refresco, cerveza o vino, las técnicas utilizadas por Pedro Unamunzaga y Gilberto Martel permitieron la generación de un material valioso destinado a su análisis para recabar nuevas estrategias que mejoren la gestión del Colectivo.
Había satisfacción en las caras de los asistentes, muchos que, como yo, han pasado de los veinticinco años a esta curiosa década que cada vez nos aproxima más a los setenta. Las observo desde la serenidad y la alegría que transmite mi rostro, desde la satisfacción de un trabajo altruista que siempre mereció la pena, desde el reconocimiento de amistades profundas, de apoyos inquebrantables y observo serenidades similares en sus rostros, mucha satisfacción, mayor honestidad y extraordinaria belleza.
En el imaginario de todos está el lograr medio siglo de existencia. Más allá de conseguirlo o no, él ánimo observado en cada una de ellas, cada uno de ellos, cubren todas mis expectativas, la alocada ilusión de un soñador, huérfano ahora de otro soñador que se fue tras sus queridas tortugas marinas y sus viajeros albatros, que sonríe satisfecho mientras abraza, uno a uno, tantas ilusiones andantes, mientras les susurra al oído: ¡Por el medio siglo, compañeros!



























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